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La falacia de que “los programas no importan”

Emilio Martinez

Escritor y analista político

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De cara a las cercanas elecciones autonómicas, surgen como siempre las voces cínicas repitiendo que “los planes de gobierno no importan”, una falacia que reduce la política a carisma o populismo, ignorando que los programas estructurados son hojas de ruta esenciales para la administración, la rendición de cuentas y la previsión de recursos. Sostener que no importan suele basarse en falsos dilemas (ideología vs. gestión) o en el optimismo ciego, facilitando la improvisación.

Es común escuchar en las calles, e incluso en debates televisados, que los planes de gobierno son sólo “papeles llenos de promesas” que terminan en un cajón. Sin embargo, sobre todo en el ámbito municipal, creer que el plan no importa es el primer paso hacia una gestión fallida.

La falacia se basa en la creencia de que la personalidad del candidato o las emociones superan a la planificación, pero los planes de gobierno tienen una importancia real: establecen metas, costos y tiempos necesarios para políticas públicas, reduciendo la incertidumbre.

Desestimar el plan de gobierno lleva a su vez a “falacias de planificación”, donde se subestiman esos costos y tiempos, provocando ineficiencia en la gestión.

Lo cierto es que un plan detallado permite a los ciudadanos evaluar la viabilidad de las promesas y contrastarlas con la realidad. La planificación es fundamental para el ejercicio responsable del poder y afirmar lo contrario suele ser un mecanismo para evitar la rendición de cuentas.

Por supuesto, leer un plan de gobierno de 80 páginas es tedioso, pero no hace falta revisarlo todo para saber si es serio. Muchos candidatos suelen llenar los documentos con lirismo sobre el amor a la ciudad, pero lo que realmente importa es la viabilidad técnica.

Hay tres puntos clave para auditar un plan de gobierno municipal y detectar si es una propuesta real o puro relleno: 1) Diagnóstico con datos (¿saben dónde están parados?). Un plan serio no empieza con promesas, sino con estadísticas actuales. Si el plan dice “mejoraremos la seguridad” pero no menciona el índice de criminalidad por distritos, es pura improvisación.

2) Presupuesto y financiamiento (¿con qué dinero?). Esta es la pregunta que incomoda a los candidatos. El plan debe explicar de dónde saldrán los fondos. ¿Aumento de recaudación? ¿Convenios con el gobierno central? ¿Asociaciones público-privadas?

3) Metas cuantitativas (cuándo y cuánto). Hay que huir de verbos infinitivos como promover, fomentar o fortalecer, verbos que no se pueden medir. En cambio, busquemos indicadores de desempeño (por ejemplo: “reducir el tiempo de recojo de basura de 48 a 24 horas en el primer año”).

Para cada propuesta, hay que hacer la pregunta: “¿me están explicando el cómo o sólo me están vendiendo el qué?”. Si el programa sólo tiene el “qué”, es un folleto publicitario, no un plan de gobierno.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Emilio Martinez

Escritor y analista político

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