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El conejo que saca un mago del sombrero

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Me di a la tarea de escuchar canciones del reguetonero y trapero puertorriqueño, Bad Bunny. No soy quién para criticar música alguna: escucho con oídos de bronce, pero bailo con pies de gelatina (lo que suene). Aunque algún melómano muy cercano me alertó de que el último “es un discazo”, debo coincidir con Juan Manuel de Prada, si no en el tono, en la idea, en que el cantante, como tantos otros, “es un subproducto ínfimo del mercado que envilece la lengua española y la cultura hispánica y cuyas canciones homínidas no hacen sino exaltar el hedonismo bajuno… rebozadas de una misoginia que alcanza cúspides (o sótanos) de abyección…”.

No obstante, estos días las letras machistas de este cantante han pasado inadvertidas, incluso para el colectivo feminista (el de los códigos volátiles y selectivos; que se volcó a las redes a alabar al artista). Y es que Benito Martínez pasó en trece minutos de ser solo un artista famoso a un líder político de envergadura mundial (…). En el medio tiempo del Super Bowl lanzó un espectáculo de gran connotación ideológica en la tarima más vista de Estados Unidos. Repleto de simbolismos con potentes efectos estéticos, el show emocionó a los latinos locales y del resto del mundo.

Aquello me movió el cuerpo y el corazón, pero no la mente. Me pareció que la mira del rifle estaba extraviada y la trinchera mal situada (el Super Bowl es la final de la liga de fútbol americano, en la que juegan equipos estadounidenses y la audiencia disfruta mientras come pollo frito y pie de manzana). Nada más “americano” que eso.

Un inmigrante cubano escribía: el artista “apuntó al mismo enemigo cómodo, y evitó mirar donde realmente está el origen del desastre latinoamericano (…). Criticar a Estados Unidos vende aplausos rápidos, pero criticar dictaduras, narcotráfico, corrupción estructural y décadas de ingeniería social de izquierda no. Sin embargo, son precisamente esas realidades las que expulsan a millones de personas de sus países. La emigración masiva no nace en la frontera estadounidense”.

Si bien uno pensaría que, por compartir fe, gastronomía o arte, los norteamericanos no deberían ver en los latinos una amenaza de reemplazo o de simple transculturación, no sabemos con certeza si los gringos -no solo Trump- habrían preferido algo que maridara mejor con su idioma, cultura y tradiciones.

No podría pensar en una final de rugby en París (el deporte de los franceses), en la que el medio tiempo fuera amenizado por una banda de músicos musulmanes cantando letras reivindicativas y citando todos los países árabes, como para que le quedara claro el mensaje a Macron. Y pese a la afinidad, tampoco imagino (que no significa que no lo deseara) un clásico Boca Juniors – River Plate ocupado por un conjunto folclórico de bolivianos residentes en Buenos Aires, bailando una diablada con osos aludiendo a las pachotadas migratorias mileistas.

Luego de la entrevista a una norteamericana que se quejaba de que, en el evento más representativo “de lo americano” se hablara y cantara en español, cuando “310 millones de ellos no lo entienden”, el periodista británico Piers Morgan bromeó con que los ingleses deberían recuperar nuevamente Estados Unidos, a lo que le respondieron que primero los ingleses deberían recuperar Londres…

Hace unas semanas, el partido político español Podemos perdió, en unas elecciones autonómicas, el único escaño que le quedaba. Días antes, su líder nacional había propuesto leyes que otorgaran el derecho a votar a todos los inmigrantes (a los que por supuesto regularizarían).

Quizás los votantes se asustaron frente a lo que pudieron considerar una amenaza más concreta de la que ya sufren los ibéricos. De modo que el reproche en forma de canción hecho por Bad Bunny pudo haber tenido un efecto contrario al deseado. No me refiero al económico, pues él, Apple Music, las marcas publicitadas y los organizadores de la NFL, se llenaron de guita; sino al político.

Para justificar a Benito, muchos trajeron a Kendrick Lamar. Este, en el mismo escenario, había lanzado, un año antes, un mensaje duro contra la injusticia racial. Solo que Lamar era un hijo increpando al padre por el maltrato a sus hermanos de sangre. Bad Bunny, otro de los hijos, reclama por el desdén a los hermanos adoptivos.  Aun sabiendo que, con eso, las reglas de ese hogar podrían endurecerse para ellos, incluso por la simple terquedad del rubio narciso.

El conejo hizo magia con su sombrero, causando una ilusión óptica. La misma que provocan los magos populistas: crean un personaje malo al que revisten de todos los vicios (con Trump esto ya no era necesario), construyen sobre él un relato emocional y un eslogan victimista y usan eso como sostén para erigirse en ídolos.

Pero, además, la puesta en escena del conejo, mal que nos pese, era una reivindicación boricua: referencias a los apagones persistentes (consecuencia del devastador huracán María el 2017) no atendidos por la anterior gestión de Trump; la bandera puertorriqueña con azul clarito o la estrofa interpretada por Ricky Martin, que representan el deseo independentista -o al menos el rechazo a la gentrificación-, aunque históricamente la mayoría de los puertorriqueños haya expresado su preferencia por la estatidad (convertirse en el estado 51).

Si algo tenemos los latinos es alma. La misma que nos permite ser felices con poco y conmovernos con facilidad. Por minutos sentimos que nuestra América conquistaba esa America. El show de Bad Bunny en el Super Bowl fue una maravillosa representación caribeña que no conseguirá la independencia de Puerto Rico, ni que el ICE cese sus injustas y abusivas detenciones. Pero por lo menos nos dejó con un son sabroso en la cabeza. No, no te puedo olvidar / No, no te puedo borrar…


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