OpiniónPolítica

Autonomía de la sociedad civil frente al Estado

Emilio Martinez

Escritor y analista político

Escucha la noticia

Una definición posible del liberalismo es la de una fuerte autonomía de la sociedad civil frente al Estado. La autonomía de la sociedad civil es el pulmón de una democracia sana. Representa la capacidad de los ciudadanos para organizarse, resolver problemas y crear valor sin esperar la intervención, el permiso o el financiamiento del aparato estatal.

Cuando hablamos de sociedad civil, nos referimos a organizaciones formadas voluntariamente, que pueden ir desde federaciones de estudiantes, de empresarios, cooperativas, asociaciones religiosas, de ayuda social, centros de investigación no estatales y un largo etcétera.

¿Por qué es importante esta autonomía? Primero, porque representa innovación: las soluciones civiles suelen ser más ágiles y adaptadas a la realidad local. Segundo, por ser un límite al poder: una sociedad organizada es menos susceptible a ser manipulada por gobiernos autoritarios. Y tercero, por resiliencia: si el Estado colapsa o entra en crisis, la sociedad sigue funcionando.

La autonomía no siempre significa oposición al Estado. Una sociedad civil fuerte puede colaborar con el Estado desde una posición de igualdad, no de dependencia.

Para profundizar en la primacía de la sociedad civil, es fundamental acudir a pensadores que vieron en la auto-organización algo muy superior a la maquinaria burocrática. Alexis de Tocqueville hablaba de “la ciencia de la asociación” y afirmaba que la salud de una sociedad se mide por su “densidad asociativa”. En su análisis de la democracia, advirtió que si los ciudadanos no se unen para resolver sus problemas, el Estado se convertirá en un “tutor” de apariencia amable pero absoluto.

Decía que “en los países democráticos, la ciencia de la asociación es la ciencia madre; el progreso de todas las demás depende del progreso de ésta”.

En su libro “Confianza: las virtudes sociales y la creación de prosperidad” (1995), Francis Fukuyama da un giro fascinante a esta idea: argumenta que el éxito de una nación no depende sólo de sus leyes o de su economía de mercado, sino de algo invisible llamado capital social. Para Fukuyama, el capital social es la capacidad de los ciudadanos para trabajar juntos en grupos y organizaciones por objetivos comunes, basada en la confianza.

El filósofo sostiene que las sociedades más exitosas son aquellas que tienen una alta capacidad de “sociabilidad espontánea”. Esto significa que la gente se organiza por su cuenta (crea clubes, asociaciones, cooperativas) sin que el Estado tenga que obligarlos o incentivarlos.

Una de las advertencias más fuertes de Fukuyama es que el Estado puede dañar la autonomía de la sociedad civil. Si se hace cargo de todo (educación, salud, bienestar, seguridad), los ciudadanos dejan de asociarse entre sí porque “el Estado ya lo hace”. Esto atrofia el capital social.

El tema es amplio y podría  continuarse largamente. Pero lo importante es reflexionar sobre cómo, incluso en los momentos más difíciles, la capacidad de los ciudadanos para organizarse libremente y confiar los unos en los otros sigue siendo la base de cualquier prosperidad real.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


Cuentanos si te gustó la nota

50% LikesVS
50% Dislikes

Emilio Martinez

Escritor y analista político

Publicaciones relacionadas