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¿De espejismo a realidad? El litio boliviano

Pablo Mendieta Ossio

Economista en el campo de políticas públicas

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El litio es un tema candente, sensible y plagado de intereses (buenos y malos). Lo sé porque como potosino estuve en las movilizaciones contra la Lithco en los noventa. Reconozco mis limitaciones entonces y ahora; pero no puedo estar en silencio. Por eso, comparto algunas reflexiones meramente personales y con un enfoque lo más técnico posible.

Estamos frente a una disyuntiva crucial: mantener un esquema que ha mostrado sus limitaciones o adoptar estrategias exitosas en otros países. La explotación eficiente de recursos naturales requiere inversión, tecnología y reglas claras, factores que aún no hemos logrado consolidar.
Mientras nuestros vecinos avanzan con modelos de asociación público-privada, el país sigue atrapado en una estructura rígida que frena su potencial. Sin ajustes serios, la posibilidad de que el litio transforme la economía boliviana seguirá siendo un espejismo.

La falta de industrialización es una traba, pero la debemos enfrentar sin centrarnos sólo en el litio. Producir carbonato de litio sin integrarlo en una cadena de valor más sofisticada reduce el impacto económico; pero hacerlo requiere condiciones y capacidades que, desafortunadamente, están ausentes del país.

Noruega convirtió su riqueza petrolera en una fuente de innovación y diversificación, mientras Finlandia y Suecia transformaron su industria forestal en un sector tecnológico de primer nivel. Bolivia debe seguir un camino similar, destinando recursos al desarrollo de capacidades productivas y tecnológicas que permitan generar mayor valor agregado, no necesariamente en el mismo sector, sino en los que son más intensivos en empleo y en ideas.

El riesgo ambiental también es clave porque la actual extracción demanda grandes volúmenes de agua, un recurso cada vez más escaso. Chile, por ejemplo, ha tomado medidas para reducir el impacto de la extracción, mientras que en Bolivia los avances han sido mínimos y la explotación sin planificación podría afectar la biodiversidad. Además, el turismo, una fuente clave de ingresos en la región, también podría verse afectado.

Desde una perspectiva geopolítica, no podemos ignorar la dinámica global del mercado del litio. China, Estados Unidos y Australia dominan la producción y comercialización con estrategias que combinan control de mercado, desarrollo tecnológico y acuerdos estratégicos.
Es curioso que Chile y Argentina hayan logrado atraer inversión sin perder soberanía sobre sus recursos, asegurando beneficios compartidos con las empresas del sector. Sus impuestos y regalías implican beneficios para esos países como para las empresas.

En cambio, el país ha mantenido una política que ha desincentivado la llegada de capital constructivo desde el extranjero al sector. Si no revisamos nuestra estrategia y mejoramos el marco legal, quedaremos rezagados en una industria clave para el futuro energético mundial.

La experiencia internacional demuestra que la riqueza en recursos naturales puede convertirse o en una oportunidad o en una trampa. Venezuela desperdició su renta petrolera en políticas insostenibles, mientras que Noruega creó un fondo soberano que le ha permitido estabilidad económica a largo plazo. Debemos aprender de estos casos y diseñar un esquema que combine inversión privada con impuestos razonables, transparencia y planificación estratégica.

La incertidumbre política y la falta de estabilidad jurídica también juegan en contra. La inseguridad en las reglas del juego y la tendencia a renegociar contratos con condiciones poco atractivas generan desconfianza y susceptibilidad. Un modelo más claro, con normas previsibles y contratos transparentes facilitaría la llegada de capital constructivo y tecnología sin comprometer la soberanía nacional. Además, es necesario mejorar la coordinación entre el gobierno central y las regiones productoras para evitar conflictos por la distribución de beneficios.

El futuro del litio depende de decisiones estratégicas que tomemos hoy: de neuronas, no hormonas.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Pablo Mendieta Ossio

Economista en el campo de políticas públicas

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