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El escritor Manfredo Kempff Suárez ha presentado su novela sobre José Manuel Mercado, el “Colorao”, héroe de la independencia cruceña. Y es que el 14 de febrero de 1825, en el cabildo realizado en la plaza “La Concordia”, Santa Cruz proclama su independencia. José Manuel Mercado fue uno de los principales artífices de esta gesta emancipadora que llegaba a su fin tras 15 años de guerra contra la Corona española. El acta fue escrita con sangre de los combatientes que vinieron desde los cuatro puntos cardinales de la región. Todos ellos con el mismo espíritu fuerte, combativo y libertario, que ha caracterizado al hombre de esta tierra.
Los intensos amores de José Manuel y su esposa hicieron que Josefa se embarazara, justamente por los días en que se proclamó la República Bolívar. El “Colorao” tuvo que dejar a Josefa embarazada al cuidado de su suegra y doña Rosa, durante un mes, porque debió partir hacia Charcas para sumarse a las festividades de la victoria. Él no sabía nada acerca de la República Bolívar y solo allí se enteraría que en esa república altoperuana iba a estar incluida Santa Cru. ¿Quiénes lo habían decidido? Seguramente fue Sucre con la autorización de Bolívar, así como con el beneplácito de los doctores de Chuquisaca. En cuanto a los cruceños Seoane y Salvatierra, uno de los representantes llegó tarde el 6 de agosto y el otro arribó a Charcas el 8 siguiente. No hicieron más que suscribir el Acta de la Independencia, sin poder agregar ni una coma ni opinar sobre nada. Santa Cruz estaba incorporada, como un departamento más a la República Bolívar.
La narrativa de Kempff Suárez está centrada en Santa Cruz y el combativo coronel José Manuel Mercado, el “Colorao”. Sin embargo, tiene un fuerte componente nacional y sus personajes han transitado y vivido intensamente por muchos lugares de América y Europa en épocas de paz y de guerra. Las mujeres siempre han sido protagonistas estelares en sus numerosas novelas. La historia está muy bien subrayada en la fascinante narración, escenarios y tiempos superpuestos que se van alternando en el relato.
La novela nos mantiene sobre todo en la superficie de lo real, haciéndonos ver el escenario y lo que hacen sus personajes, y oír lo que dicen, pero de tanto en tanto también nos introduce en la vida íntima de sus pensamientos, de sus fantasías, de sus sueños y visiones. Estas breves incursiones de la subjetividad son bienvenidas, pues ponen unos toques de delicadeza y poesía, incluso de locura, en sus textos realistas que a veces nos dejan sin aliento.
El contrastar entre ambas realidades ‒la de la ficción y la real‒ es prescindible en términos artísticos, pues para saber si una novela es buena o mala, genial o mediocre, no hace falta saber si fue fiel o infiel al mundo verdadero, si lo reprodujo o lo mintió. En su intrínseco poder de persuasión, no es su interés documental lo que determina el valor artístico de una ficción. Y como sostenía Mario Vargas Llosa, la recomposición del pasado que opera la literatura es casi siempre falaz. La verdad literaria es una y otra la verdad histórica. Pero, aunque esté repleta de mentiras (o, más bien, por ello mismo) la literatura cuenta la historia que la historia que escriben los historiadores no sabe ni puede contar. Porque los fraudes, embaucos y exageraciones de la literatura narrativa sirven para expresar verdades profundas e inquietantes que sólo de esta manera sesgada ven la luz.
En la verdad de las mentiras, Vargas Llosa aclaraba que los hombres no viven sólo de verdades; también les hacen falta las mentiras: las que inventan libremente, no las que les imponen; las que se presentan como lo que son, no las contrabandeadas con el ropaje de la historia. La ficción enriquece su existencia, la completa, y, transitoriamente, los compensa de esa trágica condición que es la nuestra: La de desear y soñar siempre más de lo que podemos alcanzar. Gracias a la ficción somos más y somos otros sin dejar de ser los mismos.
Todos estos elementos y recursos artísticos, Manfredo Kempff Suárez, los domina y utiliza magistralmente. El autor busca perpetuar no solo la vocación independentista que ha tenido y tiene Santa Cruz sino también la frustración de no haberse conformado la Nación de Los Llanos Orientales o la república del Gran Grigotá.



