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El poder: ¿Corrompe o revela?

Enrique Gonzales

Escritor, Coordinador Regional para los Andes de EsLibertad Latinoamérica

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La misma pregunta parte de la idea equivocada de que el poder es un objeto externo que se posee o se otorga, ya sea como bien moral o como tentación psicológica. Yo planteo el poder como una configuración estructural de las relaciones y como un medio de reducción de la complejidad del sistema/entorno. No depende de nadie sino del sistema que habilita o bloquea ciertas formas de decisión.

Entonces, el poder ni corrompe ni revela. Simplemente funciona. Lo que aparece cuando alguien «tiene poder» no es su verdadera esencia ni su degeneración, sino una forma de articularse con una estructura social que lo vuelve relevante. No tiene nada que ver con la moralidad individual, sino con operatividad estructural. Maquiavelo, por ejemplo, comprendía muy bien este punto. En «El Príncipe» el poder no corrompe o revela al gobernante como persona. Solo lo obliga a operar según las necesidades del sistema para mantener la estabilidad, priorizando la efectividad sobre la virtud personal. Si alguien se corrompe con el poder no es porque el poder lo haya transformado, sino porque el sistema lo colocó en una posición donde ciertas decisiones, antes impensables para él, se volvieron posibles e incluso necesarias.

¿Qué hace el sistema con una persona cuando la habilita a decidir por otros? Esa es la pregunta que yo me hago, porque el poder no revela la verdad psicológica de nadie sino la configuración de las decisiones en las que está implicado. Si el poder «corrompe» es porque el sistema exige decisiones corruptas para seguir funcionando. Y si «revela» algo, es la posición que el actor ocupa, no su verdad interior, porque el poder no solo transforma la ética del individuo sino también su espacio de lo posible.

Pero la pregunta inicial es un clásico de las discusiones sobre el tema en donde se insiste en tomar una postura en el falso dilema. Hay una insistencia en creer que «el poder revela lo que la gente realmente es», y se rezan clichés como «dale poder a alguien y lo conocerás realmente». Es algo parecido a la analogía con el trago: ¿El borracho muestra su verdadero yo?

Hay una sabiduría popular que dice que el alcohol revela lo que la gente realmente es porque los suelta, los hace ponerse cómodos y les quita la máscara que llevan puesta a diario. Por eso —dicen algunos— no se debe confiar en alguien que no consume bebidas alcohólicas, porque esa persona estaría llevando una máscara muy fuerte que teme perder y mostrar su verdadero yo al emborracharse.

Eso es un error. El alcohol no revela nada, altera todo. Un borracho no es una persona que se muestra como realmente es, sino alguien que tiene los sentidos alterados. Su sistema nervioso está errático e incluso tiene problemas para equilibrarse físicamente. Un borracho es un hombre modificado por una causa externa, está corrupto. Su yo verdadero no es su yo ebrio, sino su yo sobrio.

Pienso el poder como si fuera alcohol. Los dos introducen una distorsión en la autopercepción y en la relación con el entorno. Ambos producen una expansión ilusoria de las facultades y una sensación de invulnerabilidad que no proviene de un cambio interno verdadero, sino de un desequilibrio inducido.

Hay evidencia acumulada en psicología social sobre las alteraciones fisiológicas y la sensación de invulnerabilidad que produce el poder. Este paper es muy bueno al respecto: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC10461512/ y como ese hay varios.
Decir que el poder revela sería asumir que hay una verdad esencial en la gente esperando ser liberada por el contexto adecuado. Pero lo que el poder hace —como el trago— es romper el equilibrio, desinhibir sin transformar y permitir que ciertos impulsos que no eran funcionales ni operativos antes ahora se expresen. Esa expresión no es una revelación, es una desfiguración. Lo que emerge es completamente alterado, no es auténtico.
Y precisamente por esa alteración es que se comprende que el poder no afecta a todos por igual, como también el alcohol. En «Las Leyes» de Platón, se habla de la prueba del vino para determinar el carácter de la gente. Y era básicamente ver cómo manejaba cada uno su borrachera porque estar borracho da una idea de poder en uno mismo e inspira plena seguridad para hablar y hacer todo lo que se le dé la gana. Me gusta pensar en esta prueba como un método barato —muy barato— para saber qué efectos tiene esta corrupción del carácter. Según Platón, es muy fácil saber que no se le puede confiar poder a alguien que maneja mal su borrachera.

Entonces, si tuviera que elegir una respuesta en el dilema sería que el poder corrompe. No porque invente la maldad, sino porque rompe las barreras estructurales que limitaban la acción arbitraria. Un hombre sin poder está condicionado por la necesidad de convivir, de negociar y de medir las consecuencias de sus actos. En cambio un hombre con poder no necesita esas mediaciones. Y esa supresión del límite altera la estructura misma de su juicio. Como el borracho que cree que está diciendo verdades profundas mientras arrastra las palabras sin sentido.

Si, tiene razón Lord Acton con su famosa expresión de que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Sirve como respuesta cuando alguien insiste en el dilema de si corrompe o revela, pero siempre es mejor pensar más allá. El poder no revela ni corrompe una esencia, porque no hay tal esencia individual relevante porque el poder no es algo que toca al individuo desde afuera o desde adentro. En realidad el individuo es atravesado por estructuras que le permiten o le bloquean ciertas conductas. El poder puede generar condiciones estructurales de desinhibición funcional. El hombre poderoso no es más libre en términos morales, sino más desinhibido por el desplazamiento de las resistencias internas y externas. Por eso el poder se debe limitar, porque con poder la gente no actúa «como realmente es», sino como le permite actuar una configuración del sistema que ya no la obliga a negociar ni a contenerse.

De ahí que le tenga tanto aprecio y simpatía a las organizaciones juveniles. Son espacios controlados donde se puede observar cómo los jóvenes manejan sus simulaciones de estructuras de poder. Veo a varios chicos de 20 años en promedio y que presiden sus grupos creyéndose los hombres y mujeres más importantes del mundo y cayendo en el abuso irracional. Para eso sirven esos grupos. Para que ellos aprendan a manejar la borrachera y uno mismo ver cómo lo van haciendo. Es la prueba del vino de Platón. Con eso uno se hace una idea de qué efectos corruptores les generan esas pequeñas e insignificantes dosis de poder a los muchachos y ya uno sabe con quién contar y con quién no para cosas realmente importantes cuando crezcan.

La pintura adjunta es «El triunfo de Baco» de Diego Velazquez de 1629. Baco, el dios del vino, corona a un grupo de hombres comunes mostrando cómo una fuerza externa expande ilusoriamente sus facultades.
Dicho todo esto, pensar el poder de forma estructural disuelve el dilema, pero si tanto se insiste en él, entonces el poder corrompe al romper equilibrios y habilitar desinhibiciones que no existían antes. Es una herramienta operativa del sistema, no un juez moral del individuo.

El poder modifica la cognición, las emociones y la fisiología, a veces para bien con mayor confianza y creatividad; y con más frecuencia para el mal, tendiendo al abuso. Pero siempre, si hay que elegir una, sepan que el poder corrompe y por eso se asienta en sistemas y no en personas.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Enrique Gonzales

Escritor, Coordinador Regional para los Andes de EsLibertad Latinoamérica

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