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En medio de la efervescencia política que vivimos, he estado reflexionando sobre el rol de las encuestas, las votaciones ciudadanas y, en general, sobre el debate público que nos envuelve. Y aunque estas ideas puedan parecer desordenadas, todas apuntan hacia una misma dirección: estamos discutiendo en el lugar equivocado.
Hoy vemos a dos frentes enfrentarse en redes sociales y medios, cada uno defendiendo con uñas y dientes la validez de su “termómetro electoral”. Unos aseguran que sus encuestas son más valiosas porque son probabilísticas, científicas y costosas. Los otros, con la misma vehemencia, defienden una votación abierta en la que participaron más de 300.000 personas como un acto de ciudadanía y voluntad popular.
Ambas cosas, sin embargo, son fundamentalmente distintas. Una encuesta, bien hecha, con 5.000 personas seleccionadas al azar, puede ofrecer un reflejo razonable del escenario electoral. Personas comunes, seleccionadas al azar, responden a una pregunta hipotética: “¿por quién votaría si las elecciones fueran este domingo?”. Y los resultados nos hablan de tendencias, con márgenes de error y con sus propias limitaciones.
Del otro lado, tenemos una votación ciudadana voluntaria, en la que cientos de miles de personas eligieron participar activamente. Personas que detuvieron lo que estaban haciendo para levantar la voz, para expresar con nombre y apellido a quién consideran el mejor líder de la oposición. ¿Es esto representativo del país entero? No. ¿Es legítimo como manifestación de voluntad? Por supuesto que sí.
Lo que molesta profundamente es la pelea por imponer cuál de estos instrumentos es “el verdadero”. La discusión no debería centrarse en quién tiene la encuesta más grande o la votación más numerosa. El centro del debate debería estar en qué piensan hacer con ese respaldo una vez que estén sentados en el poder. Y sobre eso, lamentablemente, se habla poco.
A todo esto, hay datos que también vale la pena mirar con cuidado. Nadie parece considerar que el 4% del padrón electoral —los bolivianos en el exterior— no está siendo encuestado y si tienen mucho que decir, incluso, probablemente, añoran con volver. Tampoco se dice con claridad que el partido de gobierno está dividido, que su principal líder histórico está en contra de la actual dirigencia, y que la famosa “boleta corta” ni siquiera existe todavía. Entonces, ¿por qué insistir en construir un relato de segunda vuelta entre dos bloques, como si no existiera un desgaste evidente del MAS? ¿Por qué posicionar a un candidato que ni siquiera ha dicho que será candidato?
En el fondo, lo que debería preocuparnos no es tanto si hay uno o dos candidatos fuertes de la oposición, sino qué van a proponer para el país. Porque si algo nos ha demostrado este proceso, es que el ciudadano quiere propuestas, no solo nombres, quiere que le digan la verdad, no solo un slogan pegajoso. Y quizás, solo quizás, la unidad en este momento ya no sea tan trascendental como fue en otras elecciones, porque ambas figuras están razonablemente bien posicionadas.
¿Y si, en lugar de obsesionarnos con la unidad detrás de un solo nombre, nos preocupamos por exigir acuerdos? El próximo gobierno, gane quien gane, va a tener que negociar, conciliar y construir consensos. Y ese músculo, el de hacer acuerdos, es el que deberíamos estar entrenando. Y ojo, no hablo necesariamente de hacer acuerdos con el MAS, eso para mi no es viable, pero cuidado que ellos si lo estén entrenando y vuelvan a ganarnos la tuja en la lectura de la realidad.
Después de 20 años de hegemonía política, el boliviano tiene el derecho de elegir sin miedo, sin presiones, sin chantajes emocionales. La democracia real no necesita que una mayoría silencie al resto, necesita espacios donde disentir sea legítimo, donde el debate sea posible y donde el poder no vuelva a ser rehén de un solo grupo.
Y por si no lo hemos notado, hay cambios urgentes que deben hacerse: eliminar la subvención a los hidrocarburos, sincerar el tipo de cambio, abrirnos al comercio mundial, aliviar la presión impositiva sobre quienes emprenden, reducir la injerencia del Estado en los espacios privados y cortar con el despilfarro. Seis medidas concretas que pueden transformar el rumbo del país, pero que requieren de algo más importante que la unidad: voluntad política, madurez y valentía.
La pregunta, entonces, no es si tu encuesta es mejor que la mía. Es si realmente estás listo para gobernar.
*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo