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En la discusión económica boliviana, el tipo de cambio —principalmente el paralelo minorista— se ha convertido en una variable casi fetiche. Su cotización diaria viene operando como indicador sintético de estabilidad, aun cuando no es más que un precio relativo que equilibra en el tiempo, la oferta y demanda de divisas, ajustado por riesgo y expectativas.
La reciente corrección del tipo de cambio paralelo, desde niveles extremadamente estresados hacia valores sustancialmente inferiores, refleja una combinación de factores: mejora de percepciones respecto al enfoque económico futuro, cambios en la percepción devaluatoria y positivas señales de política económica. En términos técnicos, puede interpretarse como una reducción de la prima de riesgo cambiaria y del peso asignado por los agentes al escenario de salida desordenada del régimen aún vigente.
El problema no radica en la apreciación del paralelo per se, sino en la hiperconcentración del debate público en esa única variable. Si el tipo de cambio (nominal) se mira como el principal criterio de éxito, se corre el peligro de invisibilizar otras dimensiones clave: la posición fiscal intertemporal, la consistencia del balance externo, la dinámica de la inversión y la capacidad estructural de generación de divisas. Esto exacerba el clásico fear of floating hacia una variante local: fear of any depreciation, donde la estabilidad nominal de corto plazo domina sobre la corrección gradual de desequilibrios reales.
Adicionalmente, en una economía parcialmente dolarizada, con pass-through cambiario nada despreciable, la formación de expectativas en torno al tipo de cambio es central. Un relato colectivo que induzca a creer que solo la apreciación de este indicador es lo correcto, genera decisiones sesgadas de portafolio y endeudamiento: menores coberturas, desequilibrio hacia posiciones en moneda local sin adecuada gestión de riesgo y subestimación de shocks adversos, externos o domésticos. Cuando el entorno fundamental no ha cambiado en la misma magnitud que el precio, la probabilidad de correcciones abruptas aumenta.
Concentrar el foco en la baja del dólar también puede conducir a desalineamientos del tipo de cambio real. Un nivel nominal relativamente apreciado, combinado con una inflación doméstica superior a la externa (y tasas de interés reales negativas), ya implica una apreciación real, con efectos contractivos sobre el sector transable (exportaciones y sustitución de importaciones) justo cuando se requieren más divisas genuinas y no sólo variaciones de portafolio. La literatura sobre desalineamientos muestra que episodios de apreciación prolongada financiados con reservas o deuda suelen anteceder fases de corrección brusca.
En este contexto, la prudencia sugiere desplazar el foco desde la obsesión por el valor puntual del tipo de cambio hacia la consistencia intertemporal del régimen cambiario y del marco macroeconómico. Es decir, menos atención al “número del día” y más al diseño y ejecución de una trayectoria de consolidación fiscal, reconstrucción de reservas, mejora del clima de inversión y diversificación exportadora. El tipo de cambio debe ser la consecuencia observable, no un objetivo simbólico central.
En suma, el desafío ahora no es tener un tipo de cambio paralelo más bajo, sino evitar sobredimensionar su significado. En economías abiertas y frágiles, la estabilidad cambiaria sostenible no se logra a través de episodios de apreciación celebrados socialmente, sino mediante un régimen coherente, transparente y respaldado por fundamentos que resistan el test de las expectativas y de los embates que vengan.


