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Lo bailado nadie me lo quita

Carlos Toranzo

Economista,UNAM México. Maestrías Economía: Escolatina Chile y UNAM-México. Autor de varios libros.

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​El jueves por la tarde de la semana pasada, las calles se llenaron de niños, jóvenes, mujeres, viejos, todos unidos festejando la victoria de nuestro equipo frente a Surinam. Así pasó en todo el país, en La Paz, Cochabamba, Oruro, Santa Cruz, Tarija, Chuquisaca y en las provincias más pequeñas de Bolivia.

​Hace tiempo que no veíamos miles de miles de banderas bolivianas agitándose por la alegría de un pueblo que está necesitado de triunfos. Hace 32 años que fuimos al mundial de Estados Unidos. Pasan más de tres décadas que no clasificamos ni nos acercamos a la clasificación; eso quiere decir que las personas entre 32 y casi 36 años no han tenido la alegría de ver a la Verde cerca de un Mundial; lo único que han mirado son derrotas tras derrotas.

​Parece que estamos acostumbrados a perder y a sufrir por nuestra Selección Nacional. Hay millones de personas que no conocieron a Azkargorta, que no vieron el brillo de los jugadores que nos llevaron al mundial de 1994; millones que no miraron el juego de Etcheverry, Platiní Sánchez, Cristaldo, Truco, Ramallo, Borja y de otros.

​En 1994 abrimos el mundial en Chicago. Nos ganó Alemania 1 a 0. Etcheverry fue expulsado ni bien entró a jugar, lo hacía después de una larga lesión. Truco, nuestro arquero, tuvo un resbalón y llegó el gol de los alemanes. En fin, nos tocó perder. Pero, lo que los jóvenes no saben es que en el estadio de Chicago había miles de miles de bolivianos, muy pocos eran los que viajaron desde Bolivia; la mayoría de los compatriotas eran migrantes que fueron hace años a Estados Unidos a probar suerte con el sueño americano.

​Con certeza que miles de miles de ellos eran ilegales, gente que no tenía Visa, pero fueron a Chicago desde todos los rincones de Estados Unidos. Por primera vez, en ese país, ellos se sintieron los protagonistas de la apertura del Mundial, del espectáculo. Con Visa o sin Visa cantaron a rabiar el Himno Nacional.

​En Bolivia eran tiempos de cambio de la Constitución, del reconocimiento del país como pluri-multi, plurilingüe y multiétnico; eran momentos de reconocimiento de la diversidad social y étnica del país. Por eso mismo, algunos llevamos wiphalas, en homenaje a la diversidad; eran otros tiempos, antes de que la wiphala fuera apropiada indebidamente por el MAS.

​En el entretiempo, en los pasillos del estadio de Chicago, miles de miles de bolivianos bailaban caporal; al final del encuentro, momento en que no importaba tanto el resultado del partido, esos miles de miles de compatriotas salieron a las calles haciendo grandes caravanas de gente que bailaba caporal.

​Es que todos ellos se sentían todavía protagonistas, personas de primera en un evento internacional, en un lugar, Estados Unidos, en el cual probablemente no tenían Visa, pero tenían el derecho de ser bolivianos, llevar la Verde y bailar las músicas de nuestro país.

​Creo que en ese momento de la historia, en Estados Unidos no sólo había fútbol; había algo más que la sociología o la ciencia política nacional. Todavía no se entendió.

​El jueves pasado estábamos en el país normal; es decir, lleno de bloqueos, acosados por la ineficiencia del gobierno en el tema de la mala gasolina, y acosados por la torpeza y autoritarismo de los choferes.

​En La Paz estábamos en medio de un paro muy duro que, probablemente, se habría levantado con el triunfo boliviano en México, pero, por suerte el gobierno mandó a sus pesos pesados a negociar con los choferes y logró levantar el paro.

​Pero ya antes de eso, los paceños estaban movilizándose, yendo a lugares donde había pantalla grande, a restaurantes que ofrecían un buen lugar para ver el partido o yendo a la casa de amigos.

​El fútbol es muy democrático porque todos se creen el DT. Se enojan con quienes fueron elegidos para el 11 inicial, putean al unísono a los jugadores. Si viene un gol contrario, como pasó el jueves, se hunden –o nos hundimos– en el pesimismo histórico que caracteriza a los bolivianos, y si ganamos dicen que somos un equipazo, lleno de jugadorazos.

​Eso también pasó ese día, gracias a que tenemos un buen equipo, lleno de jóvenes que fueron bien guiados por Villegas; chicos de 18 años, como Paniagua o Miguelito, de 21 que nos generan muchas sonrisas.

​Pero, lo mejor vino al acabar el partido, en México los bolivianos lloraron, bailaron y seguro que acabaron con el tequila que les ofrecían. En el país, salimos a las calles en caravana, alegres, agitando nuestras banderas, gritamos de alegría hasta quedar roncos. ¡Santo Dios, cómo nos hacen falta algunas alegrías!

​Pasan pocos días y seguimos alegres, recordando los goles. A mí no me preocupa todavía el partido de hoy martes, porque sigo rumiando la alegría del jueves. Por eso digo: lo bailado nadie me lo quita.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Carlos Toranzo

Economista,UNAM México. Maestrías Economía: Escolatina Chile y UNAM-México. Autor de varios libros.

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