OpiniónInternacional

Occidente entre la demolición y la defensa de su renacimiento: ¿y Chile?

La Conferencia de Múnich nos deja una doble advertencia: ser arrastrados por la tentación de la demolición y la necesidad de un renacimiento basado en defensa multidimensional o fijar las prioridades de acuerdo a un nuevo eje.

Loreto Correa Vera

Doctora en Historia de las Relaciones Internacionales. Analista y consultora.

Escucha la noticia

Este fin de semana, se realizó la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2026, instancia político internacional que quedará marcada por dos hitos complementarios: el discurso del Secretario de Estado Marco Rubio y la publicación del Munich Security Report 2026, titulado con el inquietante lema Under DestructionAmbos textos convergen en un mismo diagnóstico: Occidente atraviesa una crisis de confianza en sí mismo y está atrapado entre la tentación de la demolición y la necesidad urgente de un renacimiento. Y en el centro de esa encrucijada está la defensa, entendida no solo como capacidad militar, sino como protección de la identidad, la soberanía y la cohesión interna.

Lo interesante es que mientras Europa y Estados Unidos discuten estas cuestiones con dramatismo y sentido de urgencia, en Chile apenas se mencionan. Nuestra agenda pública parece girar en torno a debates internos —constitucionales, económicos, sociales— sin conectar con el trasfondo estratégico que define el futuro de las democracias occidentales.

En su discurso, Marco Rubio recordó que la fortaleza de Occidente siempre dependió de reconocerse como civilización común. Pero también advirtió que la ilusión del “fin de la historia” debilitó a las democracias, generando desindustrialización, dependencia externa y pérdida de cohesión social.

En Chile, esa advertencia parece lejana. La discusión sobre soberanía productiva, cadenas de suministro críticas o resiliencia energética apenas ocupa espacio en los medios. Seguimos atrapados en la lógica de que el comercio global y el hecho que los tratados bastarían para garantizar estabilidad, sin preguntarnos qué ocurre si ese orden se desmorona.

Un segundo problema tratado en el  Munich Security Report es la descripción de la política contemporánea como una “wrecking ball politics”, lo que traducido sería las pelotas demoledoras. El informe señala que en Occidente existiría una fascinación por demoler instituciones en vez de reformarlas. En Europa y EE.UU. esto se traduce en tensiones sobre la OTAN, la ONU y la arquitectura de defensa global, pero también en una especie de abandono de las fuerzas regionales en todo el mundo; ciertamente una parálisis preocupante con los más de 60 conflictos mundiales abiertos hoy en el planeta.

En Chile, la demolición adopta otra forma: la erosión de confianza en nuestras propias instituciones democráticas. Pero rara vez se conecta con el debate internacional. Chile no aquilata la fragilidad institucional interna y que debilita nuestra capacidad de proyectar defensa y seguridad en un mundo más hostil. Hoy, ¿qué es lo que defiende o debería defender Chile?

El informe publicado en Múnich subraya que Europa enfrenta una crisis de seguridad inédita: guerra activa en Ucrania, ataques híbridos, presión sobre la OTAN. Sin embargo, apunta en la línea que lo ha hecho Giorgia Meloni, que la defensa ya no es solo militar, sino también cultural, institucional y tecnológica. Civilizacional.

Es asombroso observar que, en Chile, la defensa sigue reducida a un tema presupuestario o a la modernización de equipos. No discutimos seriamente la dimensión híbrida: ciberseguridad, desinformación, sabotaje energético. Tampoco hay un debate público sobre cómo proteger la cohesión cultural frente a migraciones mayores o cuál será la posición del país frente a los minerales críticos, —como el litio— en un contexto de competencia global.

Mientras en Múnich se habla de defensa multidimensional, en Santiago seguimos pensando que basta con mantener las Fuerzas Armadas en segundo plano, sin integrarlas a una estrategia nacional de seguridad.

Por eso es que resulta coherente lo que Rubio plantea en un contexto de crisis generalizada: esto es la renovación de una agenda de reindustrialización, abordar el control de fronteras e innovación tecnológica. La invitación a Europa fue clara: sumarse a un renacimiento occidental.

Chile, en cambio, el gobierno saliente obvió un proyecto de reindustrialización serio, tampoco desarrolló ni una política de defensa tecnológica que nos preparase para competir en inteligencia artificial, automatización o espacio comercial. El litio, que podría ser nuestro “mineral crítico” para el siglo XXI, se discute más en clave de royalties y concesiones que de estrategia nacional de defensa.

Si Europa debe decidir si se une a EE.UU. o si se resigna a la fragmentación, Chile, en cambio, ni siquiera se reconoce en esa encrucijada. Nuestra política exterior sigue siendo reactiva, más preocupada de gestos diplomáticos que de definir cómo nos insertamos en un mundo donde la defensa y la seguridad son el nuevo eje de poder.

La pregunta incómoda es: ¿qué lugar ocupará Chile en un escenario donde las potencias reorganizan sus alianzas en torno a defensa, soberanía y civilización? Hasta ahora, no parece haber respuesta.

Rubio mostró pragmatismo al hablar de Ucrania y China. Reconoció que las negociaciones son difíciles y que el diálogo con Pekín es inevitable. Chile, por su parte, mantiene una relación económica intensa con China, pero sin un debate público sobre las implicancias estratégicas. En la ambigüedad del no alineamiento activo defendido por el progresismo ¿Qué significa depender de Pekín para nuestras exportaciones mientras Occidente discute cómo contener su influencia? La defensa, en este caso, no es solo militar: es también económica y diplomática.

Los últimos temas de un debate ausente

El informe advierte que la demolición es popular pero efímera. Rubio propone un péndulo hacia la reconstrucción. Chile parece atrapado en un péndulo distinto: entre reformas inconclusas y crisis políticas recurrentes. Pero no hemos dado el salto hacia una agenda de reconstrucción estratégica. Seguimos discutiendo el día a día, sin mirar el horizonte de defensa y seguridad que ya define el futuro de Occidente.

Rubio insistió en que Occidente es una civilización común. El informe de Múnich coincide: la erosión de esa identidad compartida alimenta la demolición. Chile rara vez se piensa como parte de esa civilización. Nuestra política exterior oscila entre el pragmatismo comercial y la retórica latinoamericanista, sin reconocer que nuestra democracia, nuestras instituciones y nuestra cultura forman parte de Occidente. Esa falta de conciencia nos deja fuera del debate sobre cómo defender y revitalizar esa herencia.

Así, la Conferencia de Múnich nos deja una doble advertencia: ser arrastrados por la tentación de la demolición y la necesidad de un renacimiento basado en defensa multidimensional o fijar las prioridades de acuerdo a un nuevo eje: los intereses nacionales actuales del país.

Chile tendrá que dejar la indiferencia. La defensa no puede seguir reducida a la influencia de un partido político, ni a los cargos. Por cierto, que debe conversarse respecto de la seguridad híbrida, y la soberanía tecnológica, por cómo proteger nuestra identidad cultural frente a presiones externas. Pero, sobre todo, debe dejar de eludir la importancia estratégica del litio. Occidente, hoy, se encuentra entre la demolición y el renacimiento. Chile, en cambio, parece cómodo en la indiferencia. Y esa indiferencia, tarde o temprano, también se paga.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


Cuentanos si te gustó la nota

50% LikesVS
50% Dislikes

Loreto Correa Vera

Doctora en Historia de las Relaciones Internacionales. Analista y consultora.

Publicaciones relacionadas