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Los presidentes Paz y Kast se reunieron en dos ocasiones; una tercera no tuvo lugar por restricciones de tiempo en los días de la posesión del nuevo mandatario chileno. En las declaraciones posteriores a sus dos encuentros, ambos ensayaron palabras afables, de circunstancia. Seguramente ayudó que los dos pertenecieran al estrenado entorno latinoamericano de Estados Unidos. Además, una buena parte de la región respira aliviada porque Bolivia esté de nuevo más próxima a la fe católica -que comparten Marco Rubio, José Antonio Kast y Rodrigo Paz- que al islamismo de los ayatolas.
Los meses precedentes hechizaron a los optimistas. La oportunidad de reanudar relaciones con embajadores era genuina, después de más de 60 años, con el breve interín de Charaña. Pero el excanciller Javier Murillo enfrió el entusiasmo: no seamos ingenuos. Además, falta ver el talante del nuevo gobierno de Chile, advertía. No fuera a ser que un embajador boliviano tardara más en ir que en regresar, con su contraparte santiaguina haciendo el periplo inverso. De La Paz a Santiago se llega en pocas horas por avión, pero el tránsito histórico tiene otro tipo de correo.
Para ningún observador es secreto que Kast atesora una prioridad en la frontera con Bolivia: la seguridad, vulnerada por la delincuencia y la migración irregular. Su éxito electoral se debió en parte a esa oferta; sin la estridencia de Kaiser y más creíble. Sus primeras decisiones lo corroboraron. Entre ellas, reforzar la guardia fronteriza, encargarla a las fuerzas militares y cavar zanjas, levantar barreras.
Seguro que el muro de Trump está en su mente y con el mismo propósito simbólico. No es que Kast crea que las zanjas y los uniformes resuelvan todo de un saque; busca que su electorado lo vea cumpliendo con don de mando. Cuestiones de política interna, amigos.
Como en otras decisiones en las que no parlamentó con nadie, lo de las zanjas se supo en Bolivia por las noticias. No es un canal diplomático, pero fue eficiente para que nos enteráramos de la estudiada gestualidad del nuevo presidente. Un verdadero Escudo Fronterizo, como la espada de Arturo en la película Excalibur de 1981. Allí era la espada, aquí el escudo.
Algunas autoridades, como el canciller Aramayo y un viceministro de Gobierno, se apuraron en justificar al presidente Kast. El primero apelando a la soberanía chilena y a que los bolivianos no fuéramos victimistas, como solemos. El segundo, casi suplicante, pidiendo que nos pongamos en los zapatos del presidente de Chile.
Tanta buena voluntad fue insuficiente, empero, para que las medidas de Kast no se vieran en Bolivia como bruscas y ásperas. José Antonio ni siquiera pensó en una puesta en escena coordinada. Es que al nuevo gobierno de Chile le interesa su audiencia. Y en esta, Bolivia no ocupa un sitio, menos de importancia, pese a las frases de urbana cortesía.
El 23 de marzo el presidente Paz preparó una variante para el Día del Mar. No ya el escenario habitual de la plaza Abaroa de La Paz, sino el canal Tamengo, la salida de Bolivia al río Paraguay y al Atlántico. Ya que estamos en los símbolos, esa decisión portó un mensaje. Pero a Rodrigo no lo persuadieron la desbordada fraternidad de su canciller ni la del viceministro. Buen político, Paz afirmó que Bolivia prefiere los puentes, no las zanjas. Y remató con un áspero “Chile nos hizo daño”.
Es improbable que las relaciones se congelen porque cada mandatario vea por su lado lo que dice y hace. Al final, no los han elegido para contemporizar. Pero que el excanciller Javier Murillo sabe más por viejo que por diablo, eso ya no he de dudar.



