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¡Viva la clase obrera! ¡Muera la revolución!

Renzo Abruzzese

Sociólogo

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Si algo contribuyó a la difusión planetaria de las doctrinas marxistas y de las izquierdas en general fue sin duda el aval moral que las acompañaba. Se daba por sobrentendido que un hombre de izquierda era intachable, y en consecuencia una garantía por encima de cualquier sospecha. Así fue prácticamente en toda la izquierda latina, hombres entregados a sus ideales hasta la muerte. Pensar que un socialista se llenara los bolsillos a propósito de su posición dirigencial, merecía sin la menor duda el paredón, empero, los tiempos han cambiado

Hoy en día, el discurso de la izquierda clásica, esa que adora al Che, sostiene que sus luchas obedecen a la urgencia de lograr una sociedad en que prime la igualdad, la justicia social, la equidad en todos los órdenes de la existencia inscritas en principios morales y éticos innegociables. Nos dicen que una sociedad sin obreros ni burgueses, sin explotados ni explotadores, es, en última instancia, el objetivo central de la lucha y el ideario epocal de la clase obrera. Construir una sociedad sin ricos ni pobres, sin clases, sin distinciones, sin exclusión y sin explotación es el óptimo posible de sus luchas. Ante este objetivo todo ciudadano con dos dedos de frente no tiene mas que exclamar ¡Viva la clase obrera! Hagamos la Revolución

Resulta, sin embargo, que el máximo dirigente de la COB, por ejemplo, percibe salarios 24 veces mas altos que el salario mínimo nacional, entre 10 y 13 veces mayores al salario de un medico, o entre 10 y 14 veces el sueldo de un funcionario público de base. En el peor de los casos 10 veces mas que un profesor universitario a tiempo completo. Lenin debe estar espantado, los revolucionarios bolivianos agazapados en la Central Obrera Boliviana resultan ganando 18 millones de dólares al año a través de sus jugosos sueldos directivos, bonos, etc.  Reciben más que 313 municipios, más que cuatro universidades públicas, (que suponen entre 300 a 400 mil alumnos) y más de 49 entidades descentralizadas del gobierno central. Si esta clase obrera hiciera la Revolución socialista lo único que lograríamos es una plutocracia en el poder.  ¡Muera la Revolución!

Se suponía que la dirigencia obrera encarnaba la reserva moral de la humanidad encriptada en la sencillez de la clase obrera. Un dirigente, un revolucionario, ya sea en un sindicato, en una Central Obrera o en su vida cotidiana debiera ser un ejemplo de moralidad y de ética revolucionaria. Un paladín de la transparencia, un hombre cuya vida sea un libro abierto. Así son en general los pobres del mundo. Hombres simples, humildes, transparentes.  ¡Viva la Clase obrera!

Este, empero, no parece ser el comportamiento de los dirigentes sindicales bolivianos. Se muestran como las inmaculadas víctimas de la explotación implacable de los poderosos, de los lacayos del imperio, de los intereses de la burguesía, de los banqueros y los comerciantes aburguesados, etc. etc. Lo cierto es que, entre gallos y media noche son los mas beneficiados del modo de producción que fustigan, ganan más que el 95% de la fuerza laboral del país, trabajan muchísimo menos, gozan de odiosos privilegios, y, además, se dan el tupé de declararse victimas.  Si las cosas fueran como quisieran los camaradas Marx y Lenin se desharían de ellos en las primeras 24 horas. Con estos sería un error histórico pretender cambiar la sociedad. ¡Muera la Revolución!

Todo parece indicar que la dirigencia obrera nacional ha perdido el horizonte ético que conlleva su rol sindical. La dirigencia obrera no busca la emancipación de la clase obrera y de los pobres en general, simplemente “lucha” por la conservación de su estatus y sus ingresos. Difícilmente podríamos definir la actual aristocracia obrera como representante del proletariado y los pobres en Bolivia, se trata de un tropel de aprovechados.

La Retórica de la Victimización ya no engrana con su nivel de ingresos y el capital que poseen. No se oponen a todo lo que complota contra un incremento del nivel económico y de vida de los pobres, se oponen a todo lo que de forma directa o indirecta suprimiría sus prebendas, sus beneficios y su poder. El discurso a favor de los pobres es la nueva narrativa del meretricio moral que los acompaña

Asistimos pues al fin de la clase obrera como la concebíamos hace 20 años atrás. No debiéramos extrañarnos, vivimos tiempos de cambio; ya no vemos la figura del obrero clásico, ya no vemos la estructura de participación y representación propia del proletariado: el partido obrero, ya no hay una estructura argumentativa que le de contenido creíble y justificaciones válidas frente a su comportamiento; murieron las ideologías del siglo XX. El resultado; un tropel de aprovechados que se hacen ricos en nombre de los pobres y una inmensa cantidad de pobres que todavía les creen.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Renzo Abruzzese

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