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Se le preguntó al filósofo conservador Roger Scruton si el mundo necesitaba más idealismo, a lo que el contundente británico respondió que no, que el mundo necesita menos idealismo: “El siglo XX fue forjado por el idealismo. El comunismo, el fascismo y el nazismo se basaron en sistemas idealizados sobre lo que el mundo debería ser y creían que como no era lo que debía, tenían derecho de cambiarlo radicalmente, de tomar el control para cambiarlo. Y el resultado inmediato fue el genocidio”.
Estas semanas he pensado que, si todos nos convirtiéramos al idealismo, nuestra vida en comunidad sería más sencilla. A partir de una escala única de valores, calificaríamos lo bueno y lo malo, y dejaríamos la condena o la absolución a un tribunal reconocido por todos. Pero todavía existen los que prescinden de los deseos y se concentran en los hechos para conseguir análisis secos de lágrimas.
Así, con relación a Venezuela, hubo los que, detectando los temores de Trump, de repetir el fracaso en Medio Oriente, entendieron que este despreciara a Corina Machado. Sus innegables virtudes y encantadora sonrisa no le parecieron suficientes al rey del Norte para administrar el poder, controlar las armas y la logística ni coordinar con militares, inteligencia, colectivos, bancos, mafias, guerrillas o la Chevron.
Me rebelé contra quienes, embobados con Rusia e Irán (que como ironizaba un venezolano solo buscan en Venezuela la receta de las arepas, no el petróleo ni el oro), se quejaban del inminente robo que harían los gringos de los recursos naturales en ese país; y me perturbaron analistas europeos -con una propia historia colonial bastante vergonzosa- condenando “la invasión”. Háganme el favor.
En el recorrido del idealismo inútil, están los que ven en Groenlandia nada más que un berrinche del que sabemos. Ahí el idealismo, que en una justa medida es un derrotero moral necesario, deja de ser inútil para volverse engañoso.
Causó gracia la fotografía de la retirada de los militares alemanes desplegados en Groenlandia en “misión de reconocimiento”, menos de un día después de que Trump anunciara la imposición de aranceles adicionales a los países europeos extendidos en la isla. La imagen del contingente bajo la nieve ártica en fila entrando al avión era su derrota sin guerra y la del idealismo sin cálculo. Recordé el veto del Comité Olímpico Internacional a las delegaciones de Rusia en los Juegos Paralímpicos de Invierno en Pekín, como una advertencia a Putin de que no permitirían la continuación de la invasión a Ucrania…
Suelo leer La H Parlante. El que dirige esa página de Facebook analiza sin preocuparse del qué dirán. Hace poco informaba que hasta el 2030 el Ártico se irá derritiendo y se volverá navegable, lo que beneficiará principalmente a Rusia, que navegará por primera vez en la franja norte de su soberanía. Y que es probable que Trump pondere la necesidad de navegar con aplomo por la zona de modo que, al adquirir Groenlandia, la seguridad norte polar de Estados Unidos no dependería de terceros países.
Aquello, continúa La H, afectaría directamente a Dinamarca, uno de sus socios en la OTAN, lo que podría provocar la disolución del pacto suscrito entre Estados Unidos y Europa. Y es aquí donde se le pone abono al análisis y se le extrae la maleza sentimental que no enriquece: “los europeos necesitan hoy, más que nunca, de los Estados Unidos, si quieren seguir sosteniendo el frente ucraniano. Entonces, como un tributo para mantener el lazo, ¿no sería aconsejable que Dinamarca ceda Groenlandia a cambio de preservar la OTAN?”.
El discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, en Davos, tumbó la narrativa de la existencia de un orden mundial basado en reglas que todos aceptamos de buena gana. Lo de Carney, incluso si apoyado en profundos valores, fue la palabra cruda que reconoce la fuerza de las potencias actuales, esbozando una ruta de contención sin mentirse. El mismo realismo de la Meloni; que con mayor sentido político que sus pares -curiosamente más románticos que ella-, dijo que no desplegará tropas en la región.
Y como en todas partes se pueden quemar las habas, los daneses condujeron por décadas, desde principios de los años 60 del siglo pasado, una campaña de anticoncepción obligada: colocar un dispositivo intrauterino sin su consentimiento a unas 4.500 mujeres inuit de Groenlandia. Muchas de esas mujeres (algunas, niñas entonces) quedaron estériles y la mayoría sufrió problemas físicos y psicológicos.
Ni por ello, ni por las adopciones forzadas y el retiro de niños inuit groenlandeses de sus familias, Dinamarca pidió disculpas. Este pedido llegó hace pocos meses. E inmediatamente surgieron voces de quienes no se tragan el postureo, como la de la diputada Aaja Chemnitz, que representa a Groenlandia en el Parlamento danés. Ella afirmó que la disculpa fue un resultado de las declaraciones firmes de Trump “que está obligando a Dinamarca a redoblar esfuerzos”.
Mark Carney representa a una sociedad educada y en extremo respetuosa. En el estereotipo, Canadá es como la familia Flanders, que reúne todas las virtudes; pero debe tolerar a sus vecinos americanos: los Simpson, cuyo padre encarnaría los antivalores. Ambos padres deben propiciar un entorno beneficioso para los suyos sin importar qué. Lo hizo saber el primer ministro canadiense. Lo que demuestra que se puede ser bueno y pertenecer a la familia Flanders, y aun así comprender que a veces las cosas suceden sin depender si nos parece bien o no.



