OpiniónPolítica

Un antídoto contra el victimismo

Oscar Mario Tomianovic Parada

Politólogo y analista económico.

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Lo poco que sé sobre historia cruceña se lo debo a grandes maestros, los cuales, con gran
paciencia y esmero, supieron retratar a una Santa Cruz con sus vicios –el juego, por
ejemplo– y sus virtudes –la incansable búsqueda de la autodeterminación–. Es a partir de
esta visión histórica que tengo de esta tierra que, en los tiempos que corren, me parece
extraña una cierta actitud victimista que se sostiene desde el departamento, impulsada por
no pocos y repetida por otros tantos, misma que gravita sobre el “problema” de lo colla.
Para resumirlo, diremos que esta posición consiste en atribuir todos los males de Santa
Cruz a un grupo étnico específico, lo colla. Si Santa Cruz sufría atropellos y se encontraba
sometida a una situación de subdesarrollo, por allá del siglo XIX y XX, se debía a los grupos
indígenas que, desde Occidente, se encargaban de ponerle zancadilla. Esta tesis se sigue
sosteniendo hoy, bien entrado el siglo XXI, con más bien pocas variaciones, potenciada
quizás por la reciente experiencia del Movimiento Al Socialismo y la reivindicación de la
cultura aymara.

Pocas voces he conocido que denunciaran esta actitud victimista, tan ajena, insisto, a lo
que los libros de historia y crónicas han recogido sobre los habitantes de la que, hasta hace
poco, era un aldea inhóspita, y que ahora es una urbe que desborda sus límites caducos.
Marcelo Añez, empresario y autor del libro “De la resistencia a la conquista: Santa Cruz en
el siglo XXI” es una de ellas. Me permito reseñar, en las siguientes líneas, algunas de sus
ideas.

En este libro –aunque la calificación de manifiesto político no sería del todo inadecuada–,
resalta por numerosas virtudes, siendo la brevedad el menos destacable de todos ellos. La
claridad de las ideas, la comprensión de las dinámicas entre centros de poder, demografía,
economía y élites, y la capacidad propositiva que mezcla mesura y decisión, opacan
totalmente la breve extensión de un documento que, el lector promedio, podrá disfrutar en
su totalidad en poco más de hora y media.
Pasemos, pues, al contenido.

Una primera idea que se destaca de la obra es que el crecimiento experimentado por Santa
Cruz no puede atribuirse al Estado, especialmente al Estado boliviano. Marcelo hace notar
que el afanado “Plan Bohan” supuso la movilización de ingentes recursos desde un Estados
Unidos movido por las preocupaciones logísticas de la Segunda Guerra Mundial. La
construcción de la carretera Santa Cruz-Cochabamba, luego, respondía más a la
observación y sugerencia de técnicos americanos que de voluntad de los propios
gobernantes bolivianos.

Un estímulo importante, prosigue Marcelo, vino del pago de las regalías adeudadas por
décadas, producto de las luchas cívicas encabezadas por el ilustre Melchor Pinto. Con
todo, el autor nos recuerda que, aunque importante, esta inversión pública –ejemplificada,
además, en la construcción de ferrocarriles que conectaran con Argentina y Brasil– no fue
lo determinante del éxito de Santa Cruz en los últimos setenta años.

Aquí, me parece, se encuentra una de las primeras grandes ideas que Marcelo busca
comunicar. La inversión no explica el éxito de un país. Cada año vemos millonarias
inversiones en infraestructura, educación y salud, sin que las condiciones materiales de
las personas que viven en las zonas beneficiadas mejoren. Hay algo más, reconoce el
autor: “la cultura de apego a la libertad de los cruceños de antes (y de ahora)”. Con esta
mentalidad, prosigue, “el cruceño elegía iniciativas que le garantizaban libertad y no,
sometimiento”.

Lo mejor del libro, de donde procede el título de la obra, se puede resumir la siguiente tesis:
El sueño de autodeterminación de los cruceños pasa por la construcción de un poder
político con alcance nacional, no por “la queja permanente, ni por el aislamiento”. La
propuesta de Marcelo tiene consecuencias poderosas.

Primero, supone un quiebre con la tradición victimista que, para nuestro pesar, a calado
hondo en la conciencia colectiva de los cruceños. Segundo, dejado de lado el “quejismo”,
la situación de Santa Cruz no podrá revertirse a menos que sus élites decidan, de una vez
por todas, despertar de su letargo y abrazar la idea de participar en política, jubilando la
peligrosa idea de que con hacer plata basta; no basta con convivir con el verdugo, hay que
cambiar el sistema metiendo los pies en el barro. Tercero, si las élites cruceñas, o las que
aspiren a serlo, buscan una proyección nacional, deberán despedirse, además, de los
discursos secesionistas y regionalistas románticos.

Marcelo no propone que el cruceño deje de amar su tierra, sino que, en cambio, presente
un discurso que sea capaz de seducir a todo el electorado boliviano. Esto, advierte, no debe
ser una dificultad infranqueable; después de todo, la Santa Cruz en la que vivimos ha
recibido migración de todos los rincones del país, de modo tal que las culturas se han
mezclado y han convertido a esta tierra en “la nueva Bolivia”. Así, Marcelo choca de frente,
por ejemplo, con el arquitecto Sergio Antelo, autor de Los cambas, nación sin Estado.
El pegamento ideológico de la obra es uno y claro: “tomar el centro y desmontar el
centralismo”, lo que en términos políticos supone apostar por el liberalismo. La política de
las grandes transformaciones en Bolivia siempre fue estatista. Desde el proyecto de Pando
y su “federalismo”, pasando por la revolución emenerrista del 52’, hasta el proyecto
hegemónico del Movimiento Al Socialismo. Marcelo, en cambio, propone una alternativa
liberal, afirmando, de manera acertada, que el famoso modelo cruceño “no es sino
liberalismo”. El enemigo que batir es no es el colla, sino el centralismo estatista.

“De la resistencia a la conquista” de Marcelo Añez se perfila como uno de los primeros
libros que, en este fin de ciclo, se aventuran a proponer algo realmente distinto. Estamos
frente a un auténtico antídoto contra el victimismo. La invitación a las élites cruceñas a
participar de manera activa en política, a no contentarse con elegir un amo más dócil y
contentarse con ser explotados productivamente, es tan incómoda como necesaria, por el
mismo hecho de que requiere pensar. El pensamiento, no la mera repetición de eslóganes
y consignas vacías, es un hábito tan ajeno a nuestras élites, que desdeñan la política y se
recluyen en sus empresas, que uno no puede menos que esperar que las palabras de
Marcelo terminen haciendo eco en sus más profundos rincones, con la vista puesta en un
futuro de autodeterminación y libertad para Santa Cruz.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Oscar Mario Tomianovic Parada

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