OpiniónEconomía

Adam Smith en tiempos de inteligencia artificial

Pablo Mendieta Ossio

Economista en el campo de políticas públicas

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Hay momentos en la historia mundial en que una tecnología no solo cambia la producción, sino también la posición relativa de los países. Adam Smith entendió uno de esos momentos.

Cuando escribió su libro “La riqueza de las naciones” hace 250 años, no describió una curiosidad académica, sino el nacimiento de un nuevo orden económico. Su ejemplo de la fábrica de alfileres resumió una verdad decisiva: la prosperidad depende de organizar mejor el trabajo, elevar la productividad y producir más con los mismos recursos.

Hoy la inteligencia artificial (IA) ocupa ese lugar. No es una extravagancia ni un juguete de laboratorio. Es una tecnología con capacidad real de alterar la manera en que producimos, administramos, educamos, diagnosticamos y competimos.

Como toda revolución industrial, abrirá oportunidades, pero también reordenará jerarquías entre países, empresas y trabajadores. La discusión seria, por tanto, no consiste en celebrar la novedad, sino en entender su impacto económico y prepararnos para él.

Aquí conviene introducir el principal correctivo al entusiasmo. En su investigación “La Macroeconomía de la IA”, el premio nobel de economía Daron Acemoglu estima que, aun en un escenario favorable, la inteligencia artificial elevaría la productividad total de los factores en apenas 0,7% en diez años. Y cuando incorpora la diferencia entre tareas fáciles y difíciles de aprender para la IA, la ganancia se reduce a menos de 0,6%. Es decir, el efecto sería relevante, pero bastante más modesto que la retórica habitual.

El mismo trabajo agrega otro dato que ayuda a poner paños fríos a las consecuencias laborales. Aunque cerca del 20% de las tareas aparece expuesto a la IA, solo un cuarto de esas tareas sería automatizable de manera rentable en la próxima década. La revolución será real, sí, pero no instantánea ni uniforme.

La tercera advertencia es social. En la revista de divulgación del FMI “Finanzas y Desarrollo” de fines de 2023 se sostiene que no hay evidencia de que esta ola tecnológica vaya a reducir la desigualdad laboral y, por el contrario, prevé una eventual ampliación de la brecha entre ingresos del capital y del trabajo. Eso significa que una economía puede crecer por adopción tecnológica sin que ese crecimiento mejore automáticamente el bienestar de la mayoría. La productividad importa, pero también importa cómo se aprovechan sus frutos.

Para Bolivia, el desafío es doble. Por un lado, la IA puede ayudar en salud, educación, agricultura, inclusión financiera y gestión pública. Puede acercar servicios a regiones apartadas, reducir costos de coordinación y mejorar decisiones.

Pero, por otro lado, también puede ampliar la distancia con economías más preparadas y consolidarnos como simples usuarios de herramientas y no desarrolladores. Ahí está el riesgo estratégico.

Por eso la cuestión no es si Bolivia participará en esta transformación, sino si lo hará o con visión o por inercia. El mundo no va a esperar a que resolvamos la falta de gasolina, bloqueos de caminos, polarización y crisis económica.

Necesitamos conectividad, alfabetización digital, formación técnica, datos de calidad y un Estado capaz de adoptar tecnología con criterio productivo y para servir al ciudadano. También necesitamos universidades, empresas y gobiernos que dejen de mirar exclusivamente la emergencia y empiecen a construir capacidades. Por ejemplo, los candidatos a las elecciones subnacionales enfatizan la digitalización, pero casi ninguno mencionó o comprendió lo que la IA podría transformar.

La historia económica muestra que los países que llegan tarde a los cambios tecnológicos no conservan su lugar: lo pierden. La IA no reemplaza una estrategia de desarrollo; la vuelve más urgente.

Adam Smith ayudó a entender el amanecer de la era industrial. A nosotros nos toca entender el amanecer de la era de la IA. La pregunta no es si el cambio llegará. La pregunta es si Bolivia preferirá discutir el incendio presente mientras se le escapa el futuro.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Pablo Mendieta Ossio

Economista en el campo de políticas públicas

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