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Delivery de civilización, por Adolfo Urquizo

Adolfo Urquizo

Arquitecto / Leadership Associate en Students for Liberty

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¿Cómo una ocupación de dos décadas no significó un cese al extremismo? ¿Cómo tal barbarie sigue latente en nuestra época? Para muchos, Afganistán será un fracaso político más del adversario, al que buscarán una respuesta simple para alguna ganancia discursiva, sin embargo, para el resto de nosotros esta crisis debe recordarnos que la civilización no llega por delivery. Así como la primera potencia mundial no logró consolidar un gobierno democrático capaz de sostenerse a sí mismo por más de unas semanas, no encontraremos modelo de gobierno que pueda cambiar la actitud de los miembros de una sociedad de arriba hacia abajo, mucho menos ‘imponer’ el desarrollo y la convivencia pacífica en un territorio. 

El comportamiento de los individuos está dirigido por actitudes y patrones de conducta que evolucionan socialmente de forma consuetudinaria, es decir que nacen de las interacciones sostenidas en el tiempo y que han demostrado ser útiles para la supervivencia del grupo, sean buenas o malas sus prácticas. Estas costumbres son parte indivisible de los miembros de la sociedad y un cambio de régimen o de sistema de gobierno puede hacer poco más que limitar por la fuerza la expresión de estas costumbres, cambiarlas es tarea de generaciones enteras. 

Más difícil aún será establecer un modelo que se base en principios difíciles de desarrollar en comunidades en situaciones de supervivencia extrema, como la racionalidad, el respeto por la propiedad del prójimo y la protección de la vida humana sobre todas las cosas. Estos elementos si bien son naturales a todas las personas requieren de un esfuerzo mayor en el actuar social y ante el estrés del peligro constante la parte más primitiva de nuestros cerebros toma el control, dando paso al tribalismo como orden social.  

Esta forma de intentar imponer el progreso mediante la violencia no es un error sólo de potencias militares extranjeras. En nuestros propios círculos escuchamos cada día como el modelo X podría al fin traernos el progreso, o tal vez con cierta constitución con derechos nuevos y artículos muy específicos podríamos todos prosperar. Estos son intentos de imponer el desarrollo igualmente inútiles, es este caso delegando la violencia a las fuerzas del aparato estatal mediante legislación, para que este imponga los mandatos que supuestamente nos harán mejores. 

Sin embargo, la construcción real de una sociedad que supere las etapas de violencia más primitivas que vemos no sólo en medio oriente, sino también en nuestras propias comunidades, pasa por inicialmente reconocer cuales son las instituciones que no hemos logrado construir, formales e informales. Es necesario dejar las etiquetas ideológicas que se usan para ganar poder político y encontrar respuestas estructurales para la cooperación pacífica y voluntaria entre individuos en la sociedad. Es requisito por tanto, superar la imposición de los unos sobre los otros como estratégia de transformación social, venga de donde venga.

Si estamos honestamente buscando un cambio positivo en la sociedad, se debe entender que el ‘’modelo’’ a establecer es absolutamente irrelevante mientras no se tengan claros los principios fundamentales necesarios para que la civilización avance. Es más, una vez se encuentran presentes estos principios de racionalidad y defensa de la vida y el trabajo de cada individuo, el modelo se torna secundario, ya que el progreso viene como consecuencia de estos principios en el actuar de los miembros de la comunidad, no del modelo. Es igual de ingenuo creer que ciertas leyes harían de nuestro país un polo de desarrollo y los derechos humanos, como creer que una invasión militar terminará con la violencia en cualquier país. 

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Adolfo Urquizo

Arquitecto / Leadership Associate en Students for Liberty

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