Opinión

El fin de la democracia y el nacimiento de las sociedades anárquicas

Jorge Kafka

Politólogo

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El Manifiesto del Partido Comunista publicado en Londres en 1848 comenzaba con una frase celebre acuñada por Marx y Engels que decía a la postre: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”. Este fantasma, que “atormentó” a Europa y el mundo occidental por aproximadamente dos siglos, fue exorcizado por Francis Fukuyama a fines del siglo XX, declarándolo derrotado y superado por el liberalismo tras la caída del muro de Berlín y el derrumbe de la URSS. Más aún, Fukuyama afirmaba que la humanidad había alcanzado el cénit de la evolución ideológica y que no quedaba otro remedio que aplaudir la universalización de la democracia liberal como la forma final de gobierno humano. 

Esta victoria “histórica”, empero, tuvo un corto alcance pues hoy en día la propia democracia liberal parecería que se encuentra en retirada. La emergencia de nuevos autoritarismos en Turquía, Hungría, Polonia y Filipinas, así como de tendencias populistas, nacionalistas y xenófobas son manifestaciones de la crisis de la democracia. En su versión extrema, se puede decir que el orden liberal, creado tras la segunda guerra mundial, se está desvaneciendo, esto es que, el liderazgo, la economía, moneda y el sistema de alianzas de EEUU se debilitaron y con ello su rol de paladín de la democracia.

El derrumbe de la democracia liberal no fue tan estrepitoso, vertiginoso e impredecible como el del bloque socialista. Ya en el siglo pasado la Comisión Trilateral, en la que destacan las figuras de Crosier, Huntington y Watanaki, identificó la crisis de gobernabilidad de las democracias occidentales, como una situación de desequilibrio entre el mayor volumen de demandas societales respecto a las menguadas capacidades de respuesta de los gobiernos democráticos. Guillermo O´Donell, por su parte, identificó en la región sudamericana un nuevo “animal político” al que bautizó como la Democracia Delegativa, donde la forma de acceso al poder es generalmente democrático electoral. Sin embargo, tal carga de legitimidad, según el autor, no garantiza que una vez en el poder el líder electo acate el marco institucional que lo llevó ahí y no se convierta en un gobernante autoritario.

El problema de fondo es que en estas democracias los presidentes electos una vez al mando se dedican a desmantelar los contrapesos constitucionales, a vulnerar las libertades políticas básicas de la población y a modificar las reglas de juego. Estas democracias disfuncionales son “remedos de democracia”, ”democracias iliberales”, como las llama  Fared Zakaria y afecta incluso a los Estados Unidos, como lo señala Levitsky y Ziblatt, para denotar con ello la agonía de la democracia liberal.

Con el derrumbe del ideal de democracia liberal se ha creado un vacío ideológico a escala planetaria que acarrea diversas consecuencias políticas concretas. La principal de ellas, empero, es que la fórmula jurídica y política del Estado democrático sostenido en la soberanía popular y el estado de derecho se va sustituyendo por la estructuración de “sociedades anárquicas”, sociedades que tras una fachada institucional democrática se desenvuelven como sociedades sin autoridad legal, en las que impera la ley del más fuerte, utilizando el aparato público, el miedo y los extremismos.

Ello permite entender cómo la soberanía popular es apropiada por líderes mesiánicos, populistas, que centralizan el poder político y ejercen el poder de manera discrecional al margen de las restricciones constitucionales. Más aún, todo el aparato institucional es puesto al servicio de estos líderes, quienes los utilizan como “fachada” que encubre sus decisiones personalizadas y los negocios de oscuros “grupos de interés”. Si bien, esta descripción no se ajusta a varios países occidentales que todavía viven en el paraíso liberal, otros en cambio se precipitan por el abismo de la anarquía y los menos ya tocaron fondo y sufren la violencia y las guerras intestinas.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Jorge Kafka

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