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Nicola, un compañero de colegio, comentando mi columna anterior sobre la campaña de vacunación de Balmis, Zendal y Salvany en América Latina, me recordaba que, en 1770, veintiséis años antes de Edward Jenner, un médico alemán había vacunado en Dinamarca, pero el crédito del descubrimiento ha quedado para Jenner. Ese médico se llamaba Johann Friedrich Struensee.
Al investigar el asunto, descubrí que lo que hizo Struensee durante la epidemia de viruela en Copenhague fue en realidad una “variolización”: inmunizó a la población inoculando pequeñas dosis de material de viruela humana (y no vacuna). El método tenía riesgos importantes: aunque la mortalidad era baja (de uno a tres de cien inoculados), los “variolizados” podían convertirse en transmisores del contagio. En cambio, la viruela vacuna era inofensiva para los humanos, lo que explica el éxito y la rápida difusión del método de Jenner.
Aclarado el punto sobre el crédito de ese descubrimiento, seguí la pista del Dr. Struensee y me he encontré con un personaje fascinante, casi de novela. Su estrella brilló entre 1770 y 1772, año en que perdió (literalmente) la cabeza. Sobre él se ha escrito una excelente novela («La visita del médico de cámara”, del autor sueco Per Olov Enquist, publicada en 1999) y se rodó una magnífica película (“A royal affaire”, dirigida por el danés Nikolaj Arcel en 2012), conocida en español como “La reina infiel”.
A mediados del Siglo XVIII, Dinamarca era una potencia en el norte de Europa: gobernaba Noruega, Islandia y Groenlandia, controlaba el comercio entre el mar del Norte y el Báltico y poseía modestas colonias en el Caribe. En 1770 reinaba Cristian VII, casado con Carolina Matilde, hermana menor de Jorge III de Gran Bretaña. En 1768 nació el primer hijo del matrimonio real, el futuro Federico VI.
Poco después, durante una epidemia de viruela, el príncipe Federico fue variolizado con éxito por el doctor Struensee, quien acababa de incorporarse a la corte de Copenhague como médico personal del rey. Se cree que Cristian sufría de una grave enfermedad mental –esquizofrenia o porfiria–que lo dejaba prácticamente incapacitado para gobernar. Struensee lograba calmar sus dolores físicos y anímicos y así ganó rápidamente su plena confianza.
Hombre inteligente y comprometido con las ideas ilustradas de la época, Struensee aprovechó su influencia sobre el rey para ejercer, de facto, como regente del reino. En apenas dos años impulsó una ambiciosa serie de reformas para modernizar Dinamarca: abolió la tortura y el trabajo forzoso de los campesinos; combatió la corrupción y la burocracia excesiva; eliminó la censura de prensa; redujo los privilegios de la nobleza y mejoró la salud pública con hospitales para pobres y niños.
La resistencia de la nobleza encontró el pretexto perfecto para derrocarlo cuando salió a la luz –gracias precisamente a la libertad de prensa que él mismo había instaurado– su romance apasionado y sincero con la desatendida reina Carolina Matilde. Se sospechaba, con sobrada evidencia, que la princesa Luisa Augusta, nacida en 1771, era fruto de esa relación, aunque Struensee lo negó hasta el final para proteger el honor de la reina.
Finalmente, con el beneplácito del propio rey, se restauró el orden anterior: Struensee fue arrestado, torturado (¡a pesar de que él había abolido esa práctica!), condenado y decapitado el 28 de abril de 1772. La reina, repudiada, fue exilada a Alemania. Tenía apenas 23 años.
Las ilustradas reformas de Struensee, implantadas con algo de arrogancia y precipitación, fueron en parte derogadas. Pero no cayeron en el olvido, sino que contribuyeron a que Dinamarca sea hoy un país avanzado en derechos humanos y bienestar social.



