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Una serie noruega disponible en una plataforma digital lleva un título que difícilmente pasa inadvertido para nosotros: Escapando de Bolivia. Inspirada en un caso real de 2008, narra la historia de tres jóvenes detenidas por tráfico de drogas y el intento de una de ellas por fugarse de una prisión boliviana. En la ficción, escapar significa recuperar la libertad. En la realidad, la pregunta es más incómoda: ¿por qué tantos bolivianos creen que su futuro será mejor lejos de su tierra?
Según Naciones Unidas, unas 783 mil personas nacidas en Bolivia vivían en el extranjero en 2024. Hay aquí una ironía: parecemos más exitosos «exportando» ciudadanos que bienes con valor agregado. Las personas no son mercancías, desde luego; la comparación revela nuestra dificultad para convertir recursos y talento en oportunidades productivas dentro del país.
Más preocupante que quienes se fueron es quienes piensan hacerlo. El Barómetro de las Américas de LAPOP encontró que, en 2023, el 38% de los adultos tenía intenciones de emigrar en los siguientes tres años; entre los jóvenes de 18 a 29 años, el 55%, y entre quienes buscaban empleo, el 60%. Las intenciones no siempre se convierten en decisiones, pero que más de la mitad de los jóvenes imagine su futuro afuera es una señal difícil de ignorar.
El malestar persiste: según Ipsos CIESMORI, en septiembre el 76% de los encuestados creía que el país avanzaba en la dirección incorrecta y cuatro de cada diez hogares conversaban seriamente sobre emigrar. Son encuestas urbanas en línea, no extrapolables a toda la población, pero ilustran la profundidad de la preocupación.
Desde la economía, emigrar no depende solo de cuánto se gana hoy, sino de cuánto se espera progresar mañana. Un joven puede tener empleo y, aun así, no ver horizonte; una familia, temer por sus hijos. Por eso la emigración comienza mucho antes de comprar un pasaje: cuando se pierde la confianza en el futuro.
¿Quién es responsable? Sería simplista culpar solo a los políticos, pero tampoco podemos ignorar su papel. Los indicadores de V-Dem muestran un deterioro del Estado de derecho y un aumento de la corrupción política entre 2021 y 2025. No prueban que causen la emigración, pero retratan nuestro entorno institucional.
Cuando las reglas cambian constantemente, los conflictos paralizan la producción y la justicia no inspira confianza, invertir se vuelve riesgoso; y sin inversión no hay empleos productivos ni mejores salarios. Las malas decisiones políticas no solo tienen costos fiscales: terminan alterando los proyectos de vida de las familias.
Aquí aparece otra paradoja: quienes se marchan siguen sosteniendo al país. Según el banco central, en 2025 recibimos cerca de USD 1.260 millones en remesas, que financian consumo y educación y aportan divisas.
Tampoco toda emigración es una pérdida; la movilidad permite aprender y prosperar. El problema no es que los bolivianos puedan irse, sino que sientan que necesitan hacerlo. Y las remesas, aunque valiosas, no sustituyen una economía capaz de ofrecer oportunidades aquí.
La respuesta, entonces, no es desalentar la emigración, sino cambiar las condiciones que la empujan: estabilidad macroeconómica, instituciones confiables, seguridad jurídica, inversión y empleo productivo, y una educación preparada para un mundo transformado por la inteligencia artificial. Sobre todo, una dirigencia que entienda que su responsabilidad no termina en administrar el poder, sino que incluye crear condiciones para el desarrollo.
Amar a Bolivia no significa necesariamente confiar en su futuro económico. Se pueden tener raíces profundas y, al mismo tiempo, creer que las mejores oportunidades están en otro lugar.
En la serie, las protagonistas buscan escapar de Bolivia para ser libres. Nuestro desafío es otro: construir un país del que nadie sienta que necesita escapar. Porque el verdadero desarrollo no consiste en impedir que las personas se vayan, sino en lograr que quedarse —o regresar— también sea una decisión llena de oportunidades.
*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo



