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Hablemos de Federalismo – Parte 2: Competencia y Desigualdad

Un sistema federal socialmente llevadero debe ser sensible a las condiciones objetivas y subjetivas que influencian la relación entre las distintas regiones integrantes el Estado.

Guillermo Bretel

Politólogo y Sociólogo de la Julius-Maximilians-Universität Würzburg

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En el artículo introductorio de «Hablemos de Federalismo», abordamos, entre otros aspectos, su capacidad de promover la competencia interregional, creando incentivos para la innovación en el ámbito de las políticas públicas. No obstante, vimos también que esta competencia puede agravar conflictos subyacentes si no se cuenta con mecanismos de compensación socialmente aceptables.

Los Estado federales, al permitir la elaboración de normas particulares por parte de sus entidades subnacionales, crean un marco competitivo en las muy distintas dimensiones de las políticas públicas. De esta manera, las regiones buscan constantemente ser más atractivas que sus concurrentes, a modo de atraer o facilitar ciertas actividades sociales que en las demás regiones son reguladas por normativas más estrictas. El ejemplo más común es la competencia fiscal, a través de la cual las entidades subnacionales aspiran a establecer un clima de negocios más favorable.

Sin embargo, la creatividad que la competencia interregional puede suscitar no reside apenas en la cuestión impositiva. Cuando una región tiene interés en constituir un clúster, por ejemplo, suele introducir normativas favorables según el rubro específico que pretenda atraer, las cuales generalmente cuentan con incentivos más sustanciales, como ser licencias especiales de todo tipo. Asimismo, normativas que se creen habitualmente de corte social —como un aumento en la cantidad de guarderías estatales que beneficia principalmente a madres con aspiraciones laborales—, cuando introducidas por una entidad subnacional, implican una diferenciación regional que frecuentemente contribuye a un dinamismo distinto dentro y fuera de esta entidad, incluso en un mismo país. En el caso citado, por ejemplo, podría esperarse que la fuerza laboral femenina crezca considerablemente en esa región, contribuyendo así al crecimiento económico y a una mayor independencia financiera de las mujeres en comparación con el resto del país.

Evidentemente, no todas las medidas introducidas por una entidad subnacional son necesariamente exitosas. Empero, y aquí reside el valor del federalismo en este aspecto, las regiones tienen la oportunidad aprender constantemente entre sí de sus aciertos y errores. En ese marco, la experimentación, el aprendizaje y la innovación pueden agilizarse de tal manera que las condiciones de vida mejoren de forma más rápida y oportuna en todo el Estado. Se podría decir, entonces, que esta competencia interregional es una herramienta indispensable para un Estado que pretenda estar a la vanguardia de las políticas públicas.

Ahora bien, esta competencia interregional, fomentada por el federalismo, tiene ciertos riesgos. En sociedades fragmentadas por conflictos interregionales, un modelo federal que no considere las susceptibilidades subyacentes podría terminar de erosionar la cohesión social, aun cuando su intención sea específicamente lo contrario. En Estados cuyas regiones presentan grandes desigualdades sociales y económicas entre sí, es común observar el avance de sentimientos regionales negativos. A pesar de que los motivos pueden ser muy diversos en teoría, desde una sensación justificada de favorecimiento estatal a ciertas regiones hasta pura envidia, lo cierto es que, si estos factores objetivos y subjetivos no son tomados en cuenta en la organización del Estado, los resultados podrían ser catastróficos para la cohesión social o, en un caso extremo, para la integridad nacional. De ahí que muchos Estados federales adopten fondos de compensación concebidos para la creación de una red de solidaridad interregional.

En este contexto, los sistemas federales socialmente más llevaderos son aquellos que, al tiempo de fomentar la competencia interregional en los aspectos más amplios, muestran particular sensibilidad frente a las distintas problemáticas sociales y económicas dentro de las entidades subnacionales que puedan derivar en situaciones de gran desigualdad y posibles conflictos ulteriores. El Estado central es visto, en estos modelos, como una instancia de complemento y asistencia frente al autogobierno de las regiones, el cual a su vez contribuye como contenedor de la cohesión social. Esto no quiere decir, en ningún caso, que ciertas susceptibilidades subyacentes sean eliminadas por completo a través de un fondo u otros mecanismos de compensación interregional; no obstante, éste representa, en sistemas federales, un aporte importante para evitar la erosión del tejido social y de la organización política del Estado.

En pocas palabras: Un federalismo sensible a las condiciones objetivas y subjetivas de las relaciones interregionales dentro de un Estado es capaz de crear un dinamismo no sólo productivo y boyante, sino también socialmente llevadero e integrador.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Guillermo Bretel

Politólogo y Sociólogo de la Julius-Maximilians-Universität Würzburg

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