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La paradoja del planificador algorítmico: Hayek y Mises en la era de la IA

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“(…) the knowledge of the circumstances of which we must make use never exists in concentrated or integrated form.”

— F. A. Hayek, The Use of Knowledge in Society (1945)

“(…) el conocimiento generado en el proceso social, relevante a efectos empresariales, seguirá siendo un conocimiento de tipo tácito y disperso, y por lo tanto no transmisible a ningún centro director, y el futuro desarrollo de los sistemas informáticos incrementará aún más el grado de complejidad del problema para el órgano director, pues el conocimiento práctico generado con la ayuda de tales sistemas se hará progresivamente más complejo voluminoso y rico. Por tanto, el desarrollo de la informática, de internet y de los ordenadores, no solo no facilita, sino que hace mucho más difícil el problema del socialismo.”

— Jesús Huerta de Soto, Socialismo, cálculo económico y función empresarial (2020)

 

I

El nuevo desafío de Hayek

Hace unos días, un amigo, con inclinaciones bastante más estatistas y planificadoras que las mías, me compartió un artículo de Martin Sandbu publicado en el Financial Times con el sugerente título: Could AI revive the socialist dream? Su comentario, amparado en el citado texto, fue, palabras más, palabras menos, que la inteligencia artificial acababa de refutar La ilusión de la planificación, un libro que publiqué hace algunos meses y en el que dedico bastante espacio al problema del uso del conocimiento en la sociedad de F.A. Hayek y al teorema del cálculo económico de Ludwig von Mises.

El artículo de Sandbu no refuta esos argumentos. Pero plantea una pregunta que vale la pena tomarse en serio. El autor sostiene, en resumen, que estamos siendo poco creativos cuando concluimos que la inteligencia artificial simplemente hará al capitalismo más productivo. Quizás ocurra algo mucho más radical: que su extraordinaria capacidad para reunir, procesar y analizar información termine haciendo viable la economía planificada que durante el siglo XX nunca llegó a serlo. El sueño de la planificación central y de una sociedad igualitaria, de la mano de la inteligencia artificial, estaría a la vuelta de la esquina.

Sandbu recupera para ello el célebre debate sobre el cálculo socialista que enfrentó, entre otros, a Mises y Hayek con Oskar Lange y Abba Lerner. Su interpretación es relativamente sencilla. Los defensores de la planificación podían imaginar teóricamente una autoridad capaz de asignar recursos de manera eficiente. El problema era hacerlo en la práctica. Para ello, el planificador tendría que reunir cantidades inmensas de información dispersa entre millones de personas y empresas.

Hayek explicó por qué la dificultad era mucho más profunda que la capacidad de cálculo del planificador. El conocimiento relevante se encuentra fragmentado y disperso en toda la sociedad y los precios permiten condensarlo. Ningún funcionario estatal necesita saber por qué escasea determinado insumo o por qué aumenta la demanda de determinado producto. El movimiento de los precios transmite la información necesaria para que miles de personas adapten su conducta.

Durante el siglo XX y bien entrado el siglo XXI, la discusión parecía haberse inclinado en favor de Hayek y Mises: Ninguna oficina de planificación podía reunir y procesar toda esa información. Pero ahora existe la inteligencia artificial. ¿Acaso Mises y Hayek podrán ser finalmente superados?

Una super-IA podría acceder simultáneamente a precios, inventarios, órdenes de compra, patrones de consumo, capacidad industrial, información logística y millones de otras variables. Podría, además, organizar información no estructurada y detectar relaciones invisibles para cualquier ser humano. Incluso podría anticipar nuestras preferencias a partir de nuestro comportamiento. De allí la conclusión de Sandbu: una de las principales objeciones de Hayek contra la planificación central podría estar desapareciendo. Una inteligencia suficientemente poderosa podría conocer aquello que el planificador central del siglo XX simplemente no podía conocer.

Siendo completamente honestos, hay algo de verdad en ese argumento: La capacidad tecnológica para recopilar y procesar información ha cambiado radicalmente desde 1945, año en el que Hayek publicó su famoso paper The Use of Knowledge in Society. Defender a Hayek afirmando simplemente que ninguna autoridad podrá jamás reunir suficiente información sería aferrarse a la versión más débil de su argumento. El problema es que el knowledge debate nunca fue solamente un problema de capacidad computacional. No obstante, el debate sí adquiere ahora un enfoque algo distinto. Veamos.

II

La información que todavía no existe

Para que la inteligencia artificial hubiese resuelto el problema planteado por Hayek tendríamos que asumir, primero, que toda la información económicamente relevante está dada y que existe en algún lugar y que el único desafío consiste en encontrarla, transmitirla y procesarla. Bajo esa interpretación, la economía sería una gigantesca base de datos: Los consumidores poseen preferencias. Las empresas conocen sus capacidades productivas. Existen determinadas cantidades de recursos. Cada tecnología tiene determinados costos. El mercado sería simplemente una tecnología imperfecta para coordinar toda esa información.

Si ese fuera el problema, Sandbu probablemente tendría razón. Una computadora suficientemente poderosa podría eventualmente hacerlo mejor. El problema es que una economía real no funciona de esa manera.

Una parte del conocimiento relevante es tácito. Existe, pero no se encuentra exteriorizado: Un empresario percibe una oportunidad que todavía no puede explicar completamente. Un agricultor advierte particularidades de su terreno que difícilmente ingresarán a una base de datos. Un comerciante conoce a sus clientes de una manera difícil de convertir en variables. Un trabajador descubre sobre la marcha una forma más eficiente de realizar determinada tarea. Un abogado descubre una estrategia corporativa para que su cliente sea más eficiente en la adquisición de un competidor.

La IA podrá inferir cada vez más a partir de ese conocimiento. Eso importa y seguramente aumentará enormemente nuestra capacidad productiva. Pero existe un problema todavía más profundo: parte de la información que coordinará la economía de mañana todavía no existe.

Esta objeción, por cierto, precede largamente a la inteligencia artificial. Jesús Huerta de Soto dedicó hace varios años un apartado de Socialismo, cálculo económico y función empresarial precisamente al argumento de que el desarrollo de las computadoras podía solucionar el problema de la planificación estatal. Su respuesta parte de una distinción fundamental entre información almacenada y conocimiento práctico. La primera puede registrarse, transmitirse y procesarse. El segundo es, en buena medida, subjetivo, tácito, evolutivo y generado continuamente mediante la acción humana y empresarial.

Esta distinción, entre conocimiento almacenado y práctico, amerita detenerse un momento. Una IA puede procesar cantidades extraordinarias de información: compras, precios, inventarios, búsquedas, decisiones de inversión y patrones de consumo. Pero esa información registra un proceso que ya ocurrió o que está ocurriendo: información que, de alguna manera, ya fue exteriorizada y se encuentra disponible para ser procesada. No contiene, por definición, aquello que todavía no ha sido creado o descubierto, ni aquello que permanece tácitamente en la mente del agente económico. Por tanto, el conocimiento tácito, interno y aún no exteriorizado no podrá estar a disposición ni de la super-IA ni de ninguna máquina futura. (Salvo, quizás, que alguna tecnología futura logre predecir el futuro con exactitud y leer la mente de todos los agentes económicos en simultaneo).

Hay además otro elemento en el argumento de Huerta de Soto que cabe subrayar. El progreso tecnológico no aumenta solamente la capacidad del planificador para procesar información. También aumenta la capacidad de millones de individuos y empresas para descubrir y crear información nueva. La misma tecnología que hace más poderoso al centro hace también más sofisticado el proceso descentralizado que pretende dirigir.

Las preferencias cambian. Aparecen nuevas tecnologías. Se descubren recursos. Fracasan modelos de negocio. Surgen necesidades que nadie había anticipado. Un emprendedor combina dos tecnologías conocidas y crea un producto nuevo. Millones de consumidores descubren entonces una preferencia que antes ni siquiera podían manifestar porque el objeto de esa preferencia no existía.

¿Cuál era la demanda de teléfonos inteligentes antes de que existieran los teléfonos inteligentes?

Podemos reconstruirla retrospectivamente. Una IA también podría haber intentado predecirla. Pero una predicción sobre conocimiento futuro no es conocimiento futuro. Esta diferencia es fundamental. El mercado no se limita a procesar información. También es un proceso que nos permite descubrirla.

En definitiva, la inteligencia artificial puede convertirse en la herramienta más poderosa que haya tenido el empresario. Lo que no se sigue de ello es que pueda sustituir el proceso empresarial mismo.

(Continuará…)

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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