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El sistema socialista y la revolución cubana agonizan y todo indica que tienen los días contados. Y agonizan porque es la única “revolución” que, desde 1959, lucha para que nada cambie y siga en caída libre. La crisis no es solo energética y coyuntural sino sistémica y estructural. Se trata de un verdadero sedentarismo político e ideológico que erosiona a una velocidad increíble. El bloqueo petrolero que Estados Unidos ha impuesto al régimen de La Habana deja a los dirigentes del régimen en un callejón sin salida: tener que abrirse a una negociación diplomática con Washington (antes que corran la misma suerte que Nicolás Maduro).
Cuba ha comenzado a vivir su propia Perestroika, al estilo de la ex Rusia. La Perestroika («reestructuración») y Glasnost («apertura») fueron reformas iniciadas por Mijaíl Gorbachov en la URSS a partir de 1985 para reinventar una economía devastada y un modelo político que hacía aguas por todas partes. La Perestroika cambió el sistema político e impuso una economía de libre mercado; mientras la Glasnost reconoció y fomentó la libertad de expresión, provocando el colapso soviético en 1991. Esta apertura ya había dinamitado el muro de Berlín en noviembre de 1989 y desnudaba el fin del fracasado modelo socialista soviético.
El régimen socialista cubano ha encontrado en el embargo económico estadounidense el chivo expiatorio de su propia inviabilidad, improductividad, miseria y pobreza extrema. La antigua influencia de Cuba en la izquierda mundial y en gobiernos afines ya no es la que era. Rusia está concentrada en sus propios problemas con la invasión a Ucrania y parece no haberse informado de la operación y traslado de Nicolás Maduro a una cárcel en EE.UU. En medio de esta crisis, el ministro de Exteriores cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, visitó Pekín y volvió con las manos vacías. El solidario apoyo internacional a Cuba se ha erosionado por falta de una apertura democrática y la brutal represión institucionalizada desde los años 60. Quizá llega a ciertos sectores de la izquierda, pero ahora mismo el rechazo al bloqueo de Estados Unidos no se traduce en ayuda más allá de la humanitaria, que no es suficiente para evitar el colapso.
Fidel Castro ha sido el único gobernante que ha ejercido el cargo —ininterrumpidamente— casi 50 años. Esta particularidad confirma que el gobierno de los hermanos Castro ha sido (y es aún) un régimen contrario al sistema democrático, a los derechos humanos y las libertades públicas. Se trata de un régimen policiaco y violento con los opositores políticos. A título de salvar la dignidad del pueblo cubano, los Castro impusieron una tiranía familiar donde no se permitía disentir en lo político ni cuestionar en lo más mínimo el modelo socialista, ni a sus mentores. Este gobierno se convirtió en uno de los pocos regímenes autoritarios perfectos, donde la concentración del poder ha estado (y está) en manos de los Castro.
La Constitución cubana reconoce la concentración del poder en el Órgano Ejecutivo y todo está diseñado para que haya una dictadura constitucional. Sin embargo, las dictaduras pueden prolongar la miseria, pero no pueden eternizarla. En el sistema político socialista no hay un principio básico y fundamental para que exista —en el plano normativo— un sistema democrático: la clásica separación y control de poderes. De ahí la consigna: todo para el Estado; nada contra el Estado; nada fuera del Estado cubano. Y como la familia Castro encarna a ese Estado, se concluye que todo para los Castro, nada en contra de los Castro y nada fuera de los Castro. Es decir, el Estado cubano está al servicio de la familia Castro, cuando debería ser a la inversa.
El sistema político y la revolución cubana siempre dividieron a la Isla entre una minoría que tiene el poder y el gobierno, y disfruta de todos los privilegios del poder, y la mayoría (el pueblo) que apenas tiene para comer unos pocos del mes y está en contra de ese modelo y demanda libertad y respeto a los derechos humanos. Los nuevos vientos que soplan en la Isla, vaticinan el comienzo del fin del régimen comunista en Cuba, como terminó en su momento el socialismo de la Unión Soviética y lo más relevante sin disparar un solo tiro.



