OpiniónPolítica

Lectura de los clásicos en política

Gonzalo Rojas Ortuste

Politólogo, Profesor de postgrado.

Escucha la noticia

Cada cierto tiempo, por compromisos académicos, tengo el gusto de volver a leer partes sustantivas de ciertos autores clásicos del pensamiento político. Por mi disposición psicológica e intelectual no hay riesgo de que los sacralice, además varios de ellos tienen ideas contrapuestos en aspectos importantes, y eso solo ya es ganancia.

Más abajo abordaré un par de ejemplos al respecto. Ahora quiero redondear la idea respecto a lo aleccionador de frecuentar esas lecturas. Es verdad que esos autores, como cualquier otro, estas buscando responder a desafíos de su época, usualmente en momento de crisis y por ello con un sentido de urgencia, pero sobre todo de compromiso vital. Por ello, sus elaboraciones están pensadas con hondura, sabiendo la responsabilidad que conlleva, pero también con audacia ante la otra opción que es el silencio. También por esto, hay que tomar sus planteamientos más allá de las especiales circunstancias específicamente históricas, dado que han servido y sirven para animar debates y, en ciertos casos, escuelas de pensamiento.

Van los ejemplos prometidos. Nicolás Maquiavelo inaugura con sus escritos, a comienzos del s. XVI, El Príncipe y Los discursos sobre la primera década de Tito Livio un tipo de textos donde se da preponderancia al cómo operan las cosas, las conductas efectivamente practicadas y las estratagemas de las que se valen los poderosos y aquellos que deben contener los previsibles excesos de ésos, los ciudadanos. Aunque el primero de los citados le dio mal renombre mundial, cuando menos en Occidente, como empezó a llamarse uno de los hemisferios del orbe; el segundo, es más enjundioso, está destinado a los buenos hombres que debieran ser príncipes como sus amigos a los que va dedicado. Con Roma (y Venecia y Esparta) como casos de estados bien constituidos, va a hacer evidentes las dificultades de su amada Florencia, entre ellas una tan visible como en nuestro país, la presencia de tumultos, que los entiende precisamente como ejercicios de los ciudadanos en conjunto para reiteradamente contener los excesos de los gobernantes, a veces con notables influencias externas, de cercenar libertades; las políticas y las económicas. Pero el mal ha de buscarse en el trazo fundacional del orden político, que en cada caso debe corresponder a las especificidades de cada polis. Y de allí la necesidad de reformadores (véase su “El Estado y la constitución de Florencia” entres sus escritos políticos breves), mientras menos sean y de mayor talento para organizar los equilibrios con las fuerzas relevantes.

Casi un siglo y medio después, la figura de Thomas Hobbes y su Leviatán en el contexto de uno de los siglos más turbulentos de Inglaterra, camino a consolidar el Reino Unido y la monarquía sujeta a leyes y visible poder del parlamento. Rara figura la de este noble que propugna un contrato donde los gobernados aceptan un orden con monarca absoluto a cambio de seguridad y protección. La figura del monstruo bíblico, empero mortal, sirve para advertir que incluso eso es mejor que la guerra civil donde además de perder bienes puede perderse la vida, el escenario donde todos pierden.

Ambos tienen una concepción pesimista de la naturaleza humana, que tan bien sirve para no pretender comportamiento de ángeles entre los que efectivamente hacen política. Sin embargo, sus soluciones ante ese dato básico, y aunque también coinciden en la búsqueda de paz y orden; el primero apunta al talento y valor civil de los protagonistas (príncipes y/o notables) y ojalá apoyados por la fortuna, el segundo apuesta por un monarca que es como “el sol ante las estrellas” que decide y define sobre otros con el solo límite de respetar sus vidas y posesiones pero demandando obediencia sin réplica: súbditos.

En un arco de tiempo mayor, ambos reconocen el valor de la religión, sobre todo para aplacar las ansiedades de poder y gloria, pero también ambos saben que ya no puede invocarse un derecho divino al gobierno y por ello ensayan fórmulas seculares para legitimar el orden político. No hay derecho preferente para constituirse en gobierno. En los tiempos actuales, sirve también para recordarnos los límites de cuotas por el tipo de identidad a proteger o potenciar.

Tampoco hay que pretender que nos gusten lo que cualquiera de ellos afirma, basta con entender, como reclamaba otro gran clásico con peor suerte en vida que los dos abordados aquí, el gran Baruch Spinoza, tampoco maldecir o llorar.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


Cuentanos si te gustó la nota

100% LikesVS
0% Dislikes

Gonzalo Rojas Ortuste

Politólogo, Profesor de postgrado.

Publicaciones relacionadas

Abrir chat
¿Quieres unirte al grupo de Whatsapp?
Hola 👋
Te invitamos a unirte a nuestro grupo de Whatsapp