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Rubio, la doctrina Trump en clave civilizada

El secretario de Estado no cambió el fondo en Múnich, pero sí algo decisivo: la forma. Con la apelación a una identidad compartida con Europa, reabrió el espacio para gestionar los desacuerdos en un mundo cada vez más áspero. ¿Cuál es la estrategia detrás? ¿Hacia dónde apuntan los Estados Unidos con este giro estratégico?

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Por Gabriel Pastor1

El discurso de Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich fue recibido en Europa con cierto alivio. No por una moderación del contenido, sino por la combinación de dos elementos que en los últimos años parecían haberse disociado: la forma de decir y la apelación explícita a lo que aún une a ambos lados del Atlántico. La sustancia se impuso al trumpismo del espectáculo, basada en el agravio y la descalificación, que distorsiona el debate y trivializa asuntos de fondo.

Algunos analistas progresistas insisten en que Rubio dijo, en sustancia, lo mismo que el vicepresidente Vance el año pasado. Y probablemente tengan razón en el plano del contenido. Pero eso no significa que nada haya cambiado.

Como bien nos hizo ver Jürgen Habermas, la legitimidad de la conversación pública no descansa solo en lo que se afirma, sino en las condiciones bajo las que se afirma. No es lo mismo criticar dentro de un marco que reconoce al interlocutor y acepta el intercambio argumentativo, que hacerlo desde la provocación o la deslegitimación del otro.

En la Conferencia de Seguridad de Múnich, el cambio no fue doctrinal, fue formal. Y, dadas las nuevas circunstancias geopolíticas, eso lo cambia todo.

El qué y el cómo

En política democrática las formas no son un detalle. Mantienen en pie el espacio común donde el desacuerdo puede tramitarse sin romperse. Rubio no se despojó de la doctrina internacional de la administración de Donald Trump. Pero al modificar el registro discursivo y anclar sus críticas en una identidad compartida, alteró de manera decisiva su recepción.

De ahí la sensación de alivio y los aplausos de pie que suscitaron sus palabras. No moderó el enfoque disruptivo del orden internacional que debe ejecutar, pero lo expresó dentro de un marco reconocible para sus interlocutores.

¿Quiere decir esto que los líderes europeos deben coincidir en todo con las causas y consecuencias de la gestión de la democracia liberal? De ningún modo. Significa algo más básico: que se reponen las condiciones mínimas para que el desacuerdo pueda procesarse de manera argumentativa.

El diagnóstico dibujado por Rubio fue el esperado. Europa no puede seguir descansando indefinidamente en la protección militar estadounidense. Ha persistido en decisiones económicas y energéticas que la vuelven vulnerable. La migración masiva sin control ha impactado de manera visible en la cohesión social, en la vida urbana y en las costumbres. Y, el multilateralismo ha funcionado, en demasiadas ocasiones, como un refugio retórico frente a la incapacidad de decidir. Nada de eso fue suavizado. El contenido fue duro y directo.

Pero esta vez, la administración republicana, en la voz de Rubio, evitó deliberadamente el tono acusatorio y la gestualidad de ruptura. Eligió una forma de decir que remitía a una conversación entre pares, incluso cuando el mensaje implicaba una exigencia asimétrica.

En un clima internacional saturado de confrontación verbal, su tono civilizado destacó casi por contraste. No hubo sarcasmo, ni desdén, ni voluntad de humillación como nos tiene acostumbrado Vance. Esa elección formal no fue estética, sino estratégica.

Identidad como anclaje

A ese registro se sumó un segundo movimiento clave: la apelación a lo que une. Rubio construyó su crítica desde la pertenencia, no desde la exterioridad. Reivindicó una historia común, una civilización compartida, tradiciones culturales y espirituales que atraviesan el Atlántico desde hace siglos. Las referencias a las raíces cristianas de Occidente no operaron como afirmación religiosa ni como gesto identitario excluyente, sino como recordatorio de una genealogía política común.

Ese punto es central para entender el efecto del discurso. En una Europa atravesada por tensiones culturales profundas, donde la inmigración masiva ha modificado de manera visible los modos de vida, las costumbres y hasta la experiencia cotidiana del espacio urbano, la apelación a una identidad compartida funciona como anclaje. Para amplios sectores europeos, en particular los más tradicionales, el problema no es solo económico o de seguridad, sino civilizatorio. Rubio no negó ese trasfondo. Lo nombró sin dramatizarlo y sin convertirlo en consigna.

Lo más relevante para los líderes europeos es que dejó en claro que para la Casa Blanca de Donald Trump, EEUU y Europa están unidos por lazos culturales y espirituales profundos; que una Europa fuerte y capaz de perdurar es un interés compartido; y que la historia del siglo XX confirma que el destino de ambos lados del Atlántico está inevitablemente entrelazado.

Marco Rubio y Friedrich Merz en la Conferencia de Seguridad de Munich 2026. Foto: CSM

Un mensaje procesable

Ese doble gesto, forma civilizada y énfasis en lo común, permitió que un mensaje exigente se interpretara como razonable. No eliminó el malestar, pero lo volvió procesable. Rubio no habló como un tutor impaciente ni como un socio que amenaza con retirarse, sino como alguien que exige corresponsabilidad desde un vínculo previo. Para muchos dirigentes europeos, fue una pausa en un clima de hostilidad creciente, una música familiar en medio del ruido.

La exigencia central de que la alianza transatlántica no puede seguir funcionando como un esquema de dependencia estructural adquirió otra tonalidad. Se le exige a Europa asumir costos reales en defensa y seguridad si pretende sostener su peso político, pero sin presuponer una retirada ordenada ni un repliegue aislacionista por parte de EEUU. Más que un ultimátum, ya usual en estos tiempos, fue una advertencia seria.

Rubio también cuestionó la confianza automática en las instituciones multilaterales, subrayando la incapacidad de las Naciones Unidas para prevenir o contener los principales conflictos de las últimas décadas. ¿Alguien puede ponerlo en duda?

No rechazó el multilateralismo en abstracto, pero lo despojó de su aura moral. En su planteo, las instituciones no reemplazan la voluntad política ni la capacidad material. Solo funcionan si hay Estados dispuestos a sostenerlas.

¿Nuevo pacto?

Quedan, de todas formas, algunas preguntas de fondo. El tono amable de Rubio, ¿inaugura una conversación más civilizada y sostenida entre EEUU y Europa? ¿Se trató apenas de un ajuste táctico para facilitar una transición incómoda?

Solo el tiempo dirá si este tono, más agradable para oídos europeos, iniciará un diálogo exigente o si se trata apenas de un recurso momentáneo para hacer digerible un mensaje que, en lo sustancial, no ha cambiado.


1Miembro del Consejo de Redacción de Diálogo Político. Investigador y analista en el think tank CERES. Profesor de periodismo en la Universidad de Montevideo.

*Artículo publicado en dialogopolítico.org el 19 de febrero de 2026

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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