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Santa Cruz bajo amenaza silenciosa

La hegemonía cultural que transformó Bolivia toca la puerta del Oriente. Santa Cruz debe decidir si la deja entrar o defiende su alma intelectual.

Loreto Correa Vera

Doctora en Historia de las Relaciones Internacionales. Analista y consultora.

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Durante años se nos dijo que lo que ocurría en Bolivia era un cambio político. Un proceso revolucionario que incorporaría a los excluidos, ampliaría la participación y traería nuevos actores, nuevas demandas sociales, una nueva Constitución y forma de entender el país. Si hubiera sido solamente eso, la explicación sería sencilla.

Pero esa explicación es incompleta.

Desde hace algún tiempo venimos investigando la circulación y organización del pensamiento político boliviano. La pregunta inicial parecía simple: ¿cómo era posible que actores tan distintos terminaran utilizando los mismos conceptos, las mismas categorías y, muchas veces, las mismas interpretaciones para explicar la realidad nacional? La respuesta fue apareciendo lentamente.

Lo que en un comienzo parecía una cadena dispersa de intelectuales, centros de investigación, organizaciones sociales, universidades y organismos internacionales comenzó a mostrar conexiones, trayectorias compartidas y espacios de encuentro permanentes dentro y fuera de Bolivia. Con el tiempo, el engranaje apareció. Lo que ocurrió fue la consolidación de una élite intelectual que logró algo mucho más ambicioso que ganar elecciones: consiguió instalar una visión del mundo.

Los documentos están ahí. Los libros fueron publicados, los seminarios se realizaron y las redes académicas existen en congresos, encuentros y espacios de formación. No se trata de una teoría conspirativa ni de una sospecha ideológica. Se trata de hechos verificables construidos a partir de cientos de publicaciones, trayectorias profesionales, financiamiento institucional, espacios de formación y circulación de ideas. Y allí está el punto central: durante más de una década, una extensa red de intelectuales, universidades, centros de investigación, organizaciones sociales y organismos internacionales articuló un mismo lenguaje político. Conceptos como descolonización, antiimperialismo, plurinacionalidad, soberanía popular o Vivir Bien dejaron de ser categorías académicas para transformarse en categorías de Estado.

Ese Estado que pasó a denominarse Plurinacional. Ese Estado que incorporó la despatriarcalización como horizonte político. Ese Estado que redefinió las relaciones entre identidad, ciudadanía y poder. No fueron únicamente ideas que acompañaron al poder. Fueron ideas que llegaron al poder.

Académicos convertidos en ministros, investigadores instalados en espacios de decisión y asesores intelectuales participando en el diseño institucional del país, en la elaboración de políticas públicas y en la administración de medios estatales. Los nombres existen. Los cargos también. La documentación es abundante. Pero lo interesante no son las personas.

Lo interesante es el patrón.

Bolivia terminó desdibujando las fronteras entre producción de conocimiento, militancia política y administración estatal. Lo que en otros contextos permanece relativamente separado, aquí comenzó a funcionar como parte de un mismo ecosistema intelectual y político. Nada de esto es ilegal. Pero sí merece una reflexión. Porque cuando una corriente intelectual deja de ser una voz dentro del debate y se transforma en la voz dominante, el problema deja de ser exclusivamente político. Se convierte en un fenómeno cultural.

¿Qué hizo esta hegemonía cultural?

Reordenó el lenguaje, definió qué conceptos eran legítimos y cuáles debían ser cuestionados, reinterpretó la historia nacional, reestructuró el sistema educativo e introdujo nuevos criterios para determinar qué conocimientos eran considerados válidos y cuáles debían ser vistos como expresiones de una herencia colonial que era necesario superar. Se trató de un proceso paciente de acumulación intelectual. Mientras buena parte de la oposición discutía coyunturas electorales, esta red construía algo mucho más duradero: una narrativa. Y las narrativas tienen una ventaja enorme sobre los gobiernos: los sobreviven.

El proyecto no tenía por qué ser perfecto u homogéneo. Se nutrió de disputas, contradicciones y fracturas internas. Pero esas fisuras aparecieron cuando la hegemonía intelectual ya estaba consolidada. Cuando Evo Morales dejó el poder en 2019, gran parte del trabajo ya estaba hecho. Había penetrado las instituciones, la educación, el lenguaje político y buena parte del sentido común nacional. Por eso las fracturas actuales del MAS no necesariamente significan el agotamiento de su proyecto cultural. Los liderazgos cambian. Las facciones se enfrentan. Los nombres pasan. Pero las ideas permanecen.

Al observar este proceso, surge lo decisivo. Las últimas dos décadas en Bolivia no fueron solamente la transformación del Estado celebrada por buena parte de la academia latinoamericana. Corresponden a la transformación de los marcos referenciales desde los cuales una parte importante de la sociedad comenzó a interpretar la realidad. Resulta difícil negar la existencia de una arquitectura intelectual relativamente coherente que logró proyectar sus categorías desde el mundo académico hacia la política, las instituciones y la vida pública, desplazando o invisibilizando visiones alternativas de país.

Y es aquí donde aparece Santa Cruz.

Porque las ideas que transformaron Bolivia no desaparecieron. Las narrativas exitosas rara vez desaparecen. Se adaptan, mutan y buscan nuevos espacios de influencia. Muchas de esas redes intelectuales, académicas y organizacionales ya operan en el Oriente boliviano. Lo hacen en universidades, centros de formación, organizaciones sociales, fundaciones y espacios de debate público. También en agendas asociadas al medioambiente, los derechos colectivos, la gobernanza territorial y los nuevos modelos de desarrollo. Por eso el desafío para Santa Cruz ya no es solamente económico y político. Es también cultural.

La pregunta de fondo no es si el Oriente debe resistir o aceptar determinadas ideas. La verdadera pregunta es si será capaz de preservar un espacio genuinamente plural donde distintas visiones de sociedad puedan coexistir. Ello, porque las hegemonías culturales no suelen imponerse por la fuerza, sino cuando dejan de ser discutidas.

No nací en Santa Cruz, pero esta tierra me adoptó hace años. Y cuando uno aprende a querer un lugar, también aprende a reconocer los riesgos que enfrenta. Lo ocurrido en Bolivia está a la vista. Lo que Santa Cruz haga con esa evidencia todavía depende de ella. La tarea es responder la pregunta sobre quién produce las ideas que terminan moldeando un país y qué ocurre cuando nadie las discute.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Loreto Correa Vera

Doctora en Historia de las Relaciones Internacionales. Analista y consultora.

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