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Una revolución a la defensiva

Marco A. Del Río

Economista

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El pasado 9 de abril se cumplieron los setenta años de la llamada Revolución Nacional de 1952, que llevó al poder a Movimiento Nacionalista Revolucionario, y en concreto a Víctor Paz Estenssoro a la presidencia de la República.

El contraste en términos de actos públicos de memoria de aquel momento de la vida política con 2002, cuando se cumplieron los cincuenta años, no puede ser mayor. En abril de 2002 el MNR no estaba en el poder pero era, sin duda, el partido político más grande del país, tanto en términos de militancia como en votación. Luego del interregno militar había retornado al poder en 1985. Entre ese año, y 1989, el gobierno de Víctor Paz E. había logrado con detener el proceso inflacionario desatado en los años precedentes. Y entre 1993 y 1997, bajo el liderazgo de Gonzalo Sánchez de Lozada, había logrado realizar un conjunto de importantes reformas institucionales, con mayor o menor éxito, y con mayor o menor aprobación de la ciudadanía. Si bien, en 2002, se notaba cierto cansancio con el liderazgo del Goni, el MNR aun se pintaba como un partido político vigoroso.

Pero, en lo que nos interesa, hay que destacar que, para 2002, en la evaluación histórica de las reformas de 1952 (la nacionalización de las minas, la reforma agraria, el voto universal, la reforma educativa, etc.), en amplísimos sectores de la población boliviana, y en especial entre los intelectuales y los cientístas sociales (sociólogos, politólogos, etc.), la evaluación era claramente positiva: gracias a la Revolución Nacional Bolivia había superado una etapa semifeudal, y entrado en la modernidad. La obra y pluma de Rene Zavaleta Mercado era la expresión más alta de tal evaluación, y los años 90 marcan el auge de la difusión de sus escritos, y de su enorme influencia en las ciencias sociales bolivianas.

Pocas voces disentían de tal perspectiva: algún escritor de filiación falangista, el trostkismo lorista, afincado en el magisterio y en las universidades, y algunas personalidades intelectuales.

Sin embargo, para 2022 el escenario ha cambiado radicalmente. El arribo al poder del MAS y de Evo Morales en 2006, con toda su agresiva retórica de cambio de régimen, y la aprobación, en 2009, de una Nueva Constitución, con cambio del nombre del país incluido (el Estado Plurinacional de Bolivia, que sustituye a la República de Bolivia) han supuesto una redefinición de la sociedad y de las ciencias sociales en relación a la Revolución del 52.

Si Zavaleta pensaba que el 52 fue un “momento constitutivo” de la sociedad boliviana, al igual que la Revolución Federal de 1899 por ejemplo, el nuevo discurso oficial del Estado Plurinacional niega a tales momentos históricos tal estatus de relevancia, sumergiendo ambos en la idea del Estado Republicano, una fase intermedia entre el Estado Colonial y el Estado Neoliberal, que podría fecharse entre 1825 y 1985. En esta perspectiva, la Revolución del 52 no pasaría de ser una revolución frustrada en el mejor caso, o un mero golpe de estado.

El fundamento para tal mirada es la reivindicación indígena-indigenista. Por ello, el énfasis en la continuidad de los tres Estados (Colonial, Republicano y Neoliberal), como formas estatales donde los blancos-blancoides detentaban el poder, excluyendo a los pueblos indígenas, y el carácter casi mesiánico del ascenso al poder de Evo Morales (realización de ceremonias “ancestrales” previas a su toma formal del poder, su proclamación de “primer Presidente Indígena” no solo de Bolivia, sino del continente entero (olvidando o ignorando la figura mexicana de Benito Juárez), entre otras manifestaciones.

La necesidad del gobierno del MAS, de presentarse como un momento de revolución, de cambio, buscando sus raíces en las sociedades precolombinas, y por lo tanto, de presentarse como un gobierno que termina con medio milenio de dominio de los blancos (europeos e hijos de europeos) esta planteando el desafío historiográfico de soslayar la importancia de la Revolución del 52, de mitigar su importancia. Tal actitud plantea dos preguntas: ¿Es históricamente justo este desprecio? ¿Este desprecio corresponde a la verdad histórica? Dejo al lector reflexionar sobre ellas.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo

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Marco A. Del Río

Economista

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