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La Economía en una Lección: La Falacia de la Ventana Rota, por Alex Ayguavives

Alex Ayguavives Monserrat

Máster en Banca y Regulación en Financiera

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La Economía en una Lección de Henry Hazlitt es aquel libro que toda persona interesada en iniciarse en el mundo de la economía debería leer. Hazlitt fue un escritor americano conocido por sus artículos en The Wall Street Journal, The New York Times, The Nation, entre otros… que fue profundamente influenciado por su maestro, Ludwig Von Mises. La obra fue publicada en 1946 y sigue siendo relevante hoy en día. Hazlitt se inspiró en el libro publicado por Frederic Bastiat, Lo que se ve y lo que no se ve y, en concreto, tomó prestada la falacia de la ventana rota para ilustrar la lección central de su obra. 

En la falacia de la ventana rota, se expone el siguiente argumento: supongamos que un niño lanza una piedra al escaparate de una tienda. Cuando el dependiente sale a ver lo ocurrido, el niño huye. Algunos curiosos se detienen a ver lo ocurrido. Un espontáneo reflexiona: el dependiente deberá gastar 100 dólares en reparar el vidrio. Eso es bueno, comenta otro, ahora el cristalero tendrá más dólares para gastar, lo cual beneficiará a otros comercios de la zona. Los comerciantes, eufóricos por su beneficio extraordinario, procederán a consumir más y así sucesivamente hasta el infinito. Un tercero argumenta tras escuchar a los dos espontáneos, es evidente que eso generará más empleo y riqueza para todos. Tras escuchar estas reflexiones, los habitantes de la zona llegan a la conclusión de que el vándalo es un héroe. 

La reflexión propuesta es cierta pero sólo parcialmente. Los presentes han considerado una única cara de la moneda al especular sobre las ganancias del cristalero. Sin embargo, el dependiente deberá prescindir del reloj que esperaba comprar con esos 100 dólares ahorrados esa misma tarde que éste hubiera gastado posteriormente produciendo un efecto similar al expuesto previamente. Los espectadores no han tenido en cuenta el tercer agente implicado en la transacción: el relojero. En resumen, lo que gana el cristalero lo pierde el relojero, no ha habido milagro alguno. Además, incluso si el dependiente no deseara ningún bien de consumo presente (el reloj), este podría adquirir bienes de capital o contratar a más empleados con el fin de incrementar la productividad del negocio. En resumen, el gasto forzoso de consumo a corto plazo podría suponer un lastre para los planes del empresario a largo plazo y, por lo tanto, suponer una pérdida neta para los habitantes del pueblo. Con esta historia, Hazlitt introduce la tesis fundamental del libro: el mal economista sólo ve aquello que se advierte de un modo inmediato; el buen economista percibe también más allá. La idea subyacente en la tesis de Hazlitt es que debido a que los bienes en la economía son escasos y tienen múltiples usos, los agentes se ven forzados a escoger. Esto implica que cualquier acción acarrea un coste de oportunidad; los usos alternativos no serán perseguidos. En el ejemplo de Hazlitt, el gasto de 100 dólares en reparar el cristal supone que no podrá disfrutar del reloj o perder la oportunidad de reinvertir en el negocio.

La lección que Hazlitt transmitió hace 75 años sigue siendo relevante hoy en día. Cuando el Estado promete cualquier plan de estímulo para mejorar el bienestar “del pueblo”, pocos son los que se preocupan por cómo se financiará. Muchos menos son los que valoran los costes de oportunidad asociados o las transferencias de renta que ocurrirán. Asimismo, los políticos utilizan la retórica para confundir a los ciudadanos con términos como “gratuito” o “público”. La cruda realidad es que cada dólar gastado por el gobierno procede de la riqueza de los ciudadanos mediante impuestos presentes, futuros o inflación. Por ejemplo, el gobierno puede emprender la construcción de un puente con el dinero recaudado de los ciudadanos. Los criterios de asignación de recursos serán en ocasiones políticos; el objetivo encubierto podría ser último es mantenerse en el poder en el corto plazo. Los productores netos de riqueza en la sociedad verán su capacidad de ahorro mermada y su habilidad de crear riqueza a largo plazo se verá comprometida. Sin embargo, solo veremos el puente y la creación de empleo asociado, pero nadie lamentará la creación de riqueza mediante otros proyectos que no florecerán. El puente es un bien tangible observado por todos y las casas, automóviles… perdidos serán visibles para unos pocos con mucha imaginación.

Sin embargo, ¿podemos llegar a la conclusión de que los ciudadanos privados hubieran creado más riqueza que el gobierno? El gasto privado está sujeto a criterios de mercado, es decir, pérdidas y ganancias. Se puede deducir que, en cualquier intercambio voluntario, ambas partes se benefician “ex ante” ya que sin el consentimiento mutuo la operación no se realiza. Si un producto o servicio no reporta beneficios mediante la más perfecta satisfacción de la demanda de los consumidores, este será brutalmente desplazado del mercado en ausencia de regulaciones intrusivas. Es fundamental que se privaticen las ganancias y las pérdidas para que el capital fluya de forma dinámica y eficiente. Sin embargo, el gobierno responde en ocasiones a criterios meramente políticos. No existe amenaza de competencia ya que el consumidor no puede cambiar de proveedor si no está satisfecho. Su opinión es irrelevante. Por lo tanto, se suele producir una desconexión entre los agentes. Además, si un proyecto no funciona ya que no responde a la demanda de los consumidores, los burócratas suelen concluir que necesitan más recursos. Asimismo, se miden decisiones por sus intenciones y no por sus resultados. El cálculo económico pasa a un segundo plano cuando prima el bien social, aunque en la práctica, suele terminar pesando más la ideología y el postureo político. Como explicó Thomas Sowell de manera brillante: “la primera lección de la economía es la escasez, la primera lección de la política es olvidar la primera lección de la economía”.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Alex Ayguavives Monserrat

Máster en Banca y Regulación en Financiera

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