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Mi hermano y yo vimos a Maradona en la cancha de Boca

Sergio Plaza Cerezo

Profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid

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Los estadounidenses con cierta edad recuerdan dónde estaban cuando Kennedy fue asesinado. Ante el primer aniversario del fallecimiento de Diego Armando Maradona, muchas personas rememorarán qué estaban haciendo en aquel momento. Yo leía un libro en la sobremesa, acompañado por el gato Munín, cuando mi hermano entró en la habitación para comunicarme la noticia. Aquella tarde nada hacía presagiar la muerte de Ernesto, inesperada y repentina, un mes y medio después, con apenas 46 años.

Quiero relatarles un acontecimiento. Un día de septiembre de 1997, durante nuestra primera visita a Buenos Aires, ante la insistencia de mi hermano, ambos fuimos a la cancha de Boca Juniors para ver jugar a Maradona en la recta final de su carrera, vistiendo su camiseta más querida. El penalti marcado por el número diez otorgó la victoria frente a Newell’s Old Boys. Lo mejor fue aquel ambiente inefable. Los espectadores, cuales miembros de una tribu, corearon desde el minuto uno hasta el final un grito atávico: Maradó, Maradó. Escuchamos por primera vez aquello de “Boca es un sentimiento”. La localidad era de asiento; pero, durante todo el encuentro, estuvimos de pie, como todo el mundo, encima del sillín. Un espectador aledaño, emocionado al ver cómo aquellos “gallegos” hacían alguna fotografía, nos animaba a tomar más instantáneas. Debíamos aprovechar la oportunidad. Estábamos tan cerca de “D1os”.                                                                                          

El disfrute del paraíso exigió un purgatorio previo. Las barras bravas tenían tomado el exterior del estadio, infranqueable como el castillo de Kafka. Cual rito iniciático, solo accedimos tras seguir a dos aficionados apiadados de nosotros. La metáfora de ese laberinto llamado Argentina, donde lo fácil se puede tornar complicado. Una de las naciones más prósperas en la “belle époque”, devenida en una economía en vías de desarrollo. 

En el país de las desmesuras vivió Maradona, capaz de lo mejor y lo peor, personaje rodeado de polémica. El astro consiguió una victoria después de muerto. Todo el mundo se olvidó del covid. Un millón de personas se movilizó para asistir al velorio. Espectáculo digno del humor negro de José Luis García Berlanga, director de “El verdugo”, mejor película del cine español. Las barras bravas inundaron la Casa Rosada; el presidente salió al balcón para pedir calma; el féretro tuvo que trasladarse a otro salón; y la familia optó por cantar y bailar en torno al ataúd en medio del caos. No cabe duda: Argentina es especial. 

Diego Armando Maradona alcanzó categoría de mito con la “mano de Dios”, gol-trampa encajado por los ingleses en las semifinales del Mundial de Fútbol de 1986, cuando estaba tan reciente la guerra de Malvinas. En un encuentro memorable, el acróbata del balón también se apuntó el “gol del siglo”, tras atravesar él solito todo el campo. 

La “mano de Dios”: triunfo de la viveza criolla, clave de la idiosincrasia argentina, en un mundo de vivos y zonzos. Recuerden los chistes de gallegos (los zonzos). El inmigrante laburante que se parte el lomo y respeta las normas; pero no se entera de los códigos informales que rigen la cotidianeidad. Por ejemplo, un “gallego” (español) ve un barómetro que marca cero grados. Y dice: “qué bien, ni frío ni calor”.

Argentina todavía ofrecía en los años sesenta grandes posibilidades de acceso a la clase media para las diásporas –“los argentinos que vienen de los barcos”-. Cuántos gallegos y asturianos octogenarios, e incluso nonagenarios, que siguen al pie del cañón en sus bares y restaurantes de Buenos Aires, te dicen con orgullo “mis hijos son profesionales”. 

¿Qué ocurre con los argentinos que no vienen de los barcos? A pesar de sus orígenes maternos italianos, Maradona representaba a los perdedores en un país bicéfalo, aquellos que murieron en Malvinas. La Argentina criolla, mestiza y morocha con raíces en el interior, un término geográfico vago, asociado con el atraso. Los argentinos de las “villas miseria”, cuya seña de identidad es la cumbia. Escuchen “la mano de Dios”, de Rodrigo Bueno. La televisión argentina entrevistó, en la cola del velorio, a un muchacho que confesó haber tenido una “infancia jodida”. Sus únicas alegrías se las daba Maradona jugando a la pelota, palabras que también habría pronunciado un joven al que conocimos, aquella tarde de fútbol, en el autobús de regreso al centro. Le faltaba una pierna, llevaba muleta y se le veía golpeado por la vida.

Cuántos que fueron en tropel al velatorio de Maradona son descendientes de aquellos descamisados y “cabecitas negras” que también, hace tanto tiempo, se congregaron frente a la Casa Rosada ante la llamada de Evita. La Plaza de Mayo: representación del poder populista, siempre acechante en Latinoamérica. Y Argentina, tan influida por lo italiano, país de mitos.

Cuando tenía 16 años tuve que echar mano de algo parecido a la viveza criolla: la picaresca española. Como hincha del Athletic de Bilbao, yo no me podía perder la final de la Copa del Rey que mi equipo iba a disputar con el Barcelona en la primavera de 1984. Yo seguía de forma obsesiva la trayectoria de aquella alineación que empezaba con Zubizarreta, Urquiaga, Liceranzu y Goicoechea, coleccionando las crónicas periodísticas de sus partidos. Hasta hoy puedo recitar de corrido todas las combinaciones posibles de aquella formación de leyenda.

La cosa pintaba mal. Medio Bilbao quería venir a Madrid; y solo pusieron a la venta unas pocas entradas en la taquilla del estadio Santiago Bernabéu. Mi posición en la cola no era óptima; pero, milagrosamente, pude colarme y adquirir una localidad. Mi hermano, con apenas diez años, y yo presenciamos el partido desde una magnífica ubicación en las primeras filas de grada de preferencia. La defensa implacable del Athletic anuló las líneas ofensivas del Barcelona. La alegría por la victoria de mi equipo -por un gol a cero, marcado por Endika- se vio ensombrecida por no haber visto al mejor Maradona en el terreno de juego. Además, el partido terminó como el rosario de la aurora. “Final de copa y tortas”, tituló el diario “Marca”.

Como ocurre con los buenos vinos, aquel recuerdo nostálgico no hizo más que crecer a lo largo del tiempo. La victoria de nuestro Athletic frente al Barça de Maradona, acontecimiento que nos otorgara la felicidad ¿Se podía pedir más? El último título copero del equipo norteño hasta el momento. En cualquier encuentro casual con gente de Bilbao que conociéramos, referíamos con orgullo haber sido testigos de aquella cita con la Historia. 

Cuando viajábamos a Buenos Aires, nos gustaba pasarnos por un café con aire clásico y melancólico del microcentro. Allí coincidimos en dos ocasiones con César Luis Menotti, entrenador de Maradona tanto en el Barcelona como en la selección argentina. Las derrotas frente al Athletic le seguían doliendo; pero, reconocía que, a pesar de ello, los años en la metrópolis catalana fueron su mejor momento. Menotti salía del café y conversaba con el quiosquero, oficio que representa toda una institución porteña. 

Una imagen afluye a mi mente. El día anterior al partido presenciado en la cancha de Boca, Ernesto y yo aguardábamos el turno en una pequeña cola para adquirir las localidades. De repente, pasó a nuestro lado un Maradona risueño, quien nos saludara desde el automóvil descapotable que conducía, una especie de “jeep”. El futbolista iba solo. 

Nadie me quitará esa instantánea amable. Cuánto siento no poder seguir recordándola con Ernesto, mi compañero de viajes. Mi madre todavía mantiene un recuerdo vívido: haber visto a Evita en el Azoguejo de Segovia, su ciudad natal, con apenas seis años en 1947. Los mitos argentinos nos persiguen.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Sergio Plaza Cerezo

Profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid

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