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Naciones Unidas: Una Democracia Fallida Que Permite Agresiones

Guillermo Bretel

Politólogo y Sociólogo de la Julius-Maximilians-Universität Würzburg

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Ante los crímenes de guerra registrados desde el inicio de la invasión rusa en Ucrania, y especialmente luego de mostrarse indicios de genocidio en Bucha, tal como ocurrieron en el pasado en la Alemania Nazi y en Srebrenica durante la guerra de Bosnia, el mundo se pregunta si, en algún momento, llegará alguna instancia internacional que ponga freno a estas atrocidades y se encargue de hacer rendir cuentas al régimen sangriento de Vladimir Putin. Ciertamente, debido a la naturaleza vil e impredecible en que viene actuando el presidente ruso, así como a las grandes, pero –al mismo tiempo– cautelosas medidas adoptadas por Occidente, atreverse a pronosticar un desenlace próximo sería un tanto temerario. No obstante, el escenario internacional actual deja entrever un error garrafal de Occidente en sus relaciones internacionales, cuya influencia sobre el hallazgo de una salida pronta y consecuente de este conflicto no debe ser menospreciada.

En su teoría de gobernanza global, Michael Zürn desentraña, de forma plausible, uno de los problemas de autoridad y legitimidad más importantes de la actualidad de las relaciones internacionales; ni más ni menos que la falta de democratización de las Naciones Unidas (ONU). Si bien las reuniones de la Asamblea General de la ONU podrían parecer un gesto democrático, sus resoluciones no están dotadas de facultades ejecutivas que les permitan proceder, por ejemplo, hacia una intervención militar en lugares de conflicto. Esto se hizo evidente luego de la histórica “derrota” de Rusia en la abrumadora votación –en el marco de la Asamblea General– del pasado 2 de marzo, donde 135 países expresaron su inconformidad con la agresión de la Federación Rusa. Sin embargo, dicha resolución no tuvo ningún tipo de consecuencia tangible en lo que va del conflicto, más allá del precedente legal que pueda llegar a representar en el futuro.

Hoy por hoy, la única instancia capaz de hacer efectiva una intervención militar internacional es el Consejo de Seguridad de la ONU; un ente integrado permanentemente por apenas cinco Estados o, mejor dicho, potencias militares. El Consejo de Seguridad desvela su carácter imperial cuando se considera, primeramente, que su conformación y autoridad se derivan de la capacidad bélica de sus miembros permanentes (principalmente adquirida y mantenida en el seno y a partir de la Segunda Guerra Mundial, respectivamente) y, luego, que su legitimidad –al no ser democrática– apunta necesariamente a una arbitrariedad política como reafirmación del poder militar. Estas características del ente “interventor” de la ONU conllevan a su inevitable fracaso, sobre todo cuando uno de sus poderosos miembros se convierte en Estado agresor, como en el caso de Rusia. Haciendo uso de su poder de veto en el Consejo de Seguridad, una intervención militar internacional se torna completamente impensable, incluso aunque una mayoría democrática haya condenado la agresión rusa con casi 80 por ciento de los votos en la Asamblea General.

A lo largo de su historia, la democracia fallida de la ONU ha sido cuestionada constantemente por sus miembros desvalidos, generando espacios de “contra- institucionalización”, como argumenta Zürn. Países emergentes en términos económicos, militares y poblacionales han desafiado la constelación de poder internacional en diversos escenarios y, en algunos casos, se han aliado exitosamente en defensa de los intereses del sur global, como en la cooperación indo-brasileña, en el marco de la Organización Mundial del Comercio, que logró contrapesar los intereses de las grandes potencias económicas. Empero, el avance democrático en el escenario internacional no ha podido penetrar los espacios de la ONU; por supuesto, debido a la gran reticencia de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad.

Y es que empoderar a la Asamblea General de la ONU implicaría democratizar el poder. Sería difícil salir impune de invasiones como las de Irak, así como sería indiscutible la soberanía de Taiwán. Asimismo, la agresión de Putin probablemente hubiera sido frenada a inicios de marzo. Y así podríamos continuar con ejemplos de improbabilidades en el entendido de una ONU profundamente democrática; sin embargo, en un tenor casi exclusivamente realista, los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, además de la hoy agresora Rusia, buscan conservar y, pues, de vez en cuando, expandir su poder. En conclusión, el único escenario internacional, en que iniciar guerras sería poco rentable para las potencias militares y miembros permanentes del Consejo de Seguridad, es el de una Asamblea General, cuya legitimidad democrática es manifiesta, facultada de la misma autoridad que hoy detentan cinco Estados imperialistas. Mientras no se democratice la ONU, seguirá habiendo presos por crímenes de lesa humanidad solamente de Estados desvalidos, como los ex jefes de Estado Slobodan Milošević (de la antigua Yugoslavia) o Jean Kambanda (de Ruanda) – no obstante, nunca llegarán a ser siquiera investigados ni George Bush, por la invasión de Irak, mucho menos Vladimir Putin, por la agresión a Ucrania.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Guillermo Bretel

Politólogo y Sociólogo de la Julius-Maximilians-Universität Würzburg

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