Opinión

Ante la corrupción, periodismo

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10 de mayo de 2022, Día del Periodista Boliviano. El entonces todopoderoso Max Mendoza Parra cortaba la entrevista iniciada por el programa Fama, Poder y Ganas de Santa Cruz que buscaba saber quién era el máximo dirigente universitario del país. Comenzaba también la caída de un estudiante de 52 años que acumuló poder en el sistema universitario nacional y lo extendió a otras esferas en las últimas décadas.

Su actitud demostró que se trataba de un personaje que ocultaba cosas oscuras. “Si no me van a atender sobre el tema de Potosí (…), quiero decirles que no voy a atender la entrevista”, fueron las últimas palabras de Mendoza al programa multiplataforma y colgó la llamada telefónica al vivo.

¿Qué dijo un día antes sobre Potosí y la muerte de cuatro universitarias en una asamblea estudiantil? Mendoza buscó medios solamente para poner en duda la reinstalación del congreso de universidades por la avalancha humana que mató a las estudiantes en un coliseo deportivo, tras la detonación de una granada de gas en plena asamblea.

Nunca le interesó las cuatro fallecidas ni los 80 heridos en la universidad Tomás Frías. Mendoza pensó que podía aprovechar la tragedia para seguir prorrogándose como autoridad ejecutiva del CEUB, cargo ilegal que le fue otorgado por exautoridades y federaciones universitarias para gozar de privilegios impensados, para corromperse.

Lo que no imaginó es que al frente estaba el periodismo que, en medio de una agenda pública siempre agitada en el país, empezó a indagar, buscar información y desenmascarar al eterno dirigente en lo académico, lo institucional, lo político y lo sucio de la corrupción.

A través de los periodistas y medios de comunicación tradicionales y digitales se supo que Mendoza es universitario desde 1990, que cursó dos carreras que jamás las terminó, que tomó 232 materias en tres décadas y que abandonó 155, que sacó 0 de nota en más de 100 materias y que solamente aprobó 2 en los últimos 14 años, en su segunda carrera.

Se supo que desde 2018, cuando el congreso de universidades que se realizaba en Potosí ingresó en cuarto intermedio, comenzó a ganar un sueldo mensual de 21.870 bolivianos, más alto que el de docentes e incluso rectores, que suscribió contratos por 800.000 bolivianos sin tener competencia para hacerlo y que recibió jugosos viáticos para viajar por el mundo.

Se supo que lucró con el comedor estudiantil de la Universidad del Beni, que posee una casa de 90.000 dólares en una urbanización exclusiva de Trinidad, que administraba sin rendir cuentas dos millones de bolivianos de aportes anuales de las universidades públicas y que para este año tenía un presupuesto asignado en el CEUB de 11 millones de bolivianos.

Se supo que desarrolló vínculos políticos dentro y fuera del sistema universitario con partidos de la época neoliberal, con autoridades del gobierno transitorio y con jerarcas del MAS al extremo de convertirse en compadre de Evo Morales, hacer campaña electoral por él en 2014 y ser avalado por Héctor Arce Zaconeta, exministro de Justicia, en 2019.

Gracias a periodistas y medios de comunicación se supo que el ahora dirigente encarcelado en San Pedro por dos delitos de corrupción puso bajo su control a la mayoría de las federaciones universitarias locales mediante otros dinosaurios, con privilegios parecidos.

De manera sostenida, el periodismo nacional hincó los dientes en un hueso que no debía ser soltado, como recomendaba el periodista y sacerdote jesuita Eduardo Pérez Iribarne. Indagó sobre las opacidades de Mendoza y su entorno, y destapó una enorme caja de Pandora con implicancias de todo tipo.

Es hidalgo reconocer y destacar que la cruzada en busca de la verdad fue capitaneada esta vez por los periodistas José Pomacusi Paz y Jimena Antelo Telchi, una respetable dupla periodística que no soltó el hueso desde que Mendoza cortó la entrevista en su programa Fama, Poder y Ganas, y puso en evidencia que la transparencia no iba con él.

El trabajo del conjunto de los periodistas y medios de comunicación ha sido esencial para sacar a la luz gran parte de la verdad con la revelación y sistematización de datos, con entrevistas en profundidad, con artículos de opinión y con una cobertura permanente que generó una corriente de opinión pública en contra de la corrupción en las dirigencias universitarias.

Las instancias que debían actuar en este caso, vale decir el Ministerio Público, la Asamblea Legislativa o el Comité Ejecutivo de la Universidad Boliviana, entre otras, entraron en acción 10 días después de la tragedia de Potosí y cuando el tema ya se había instalado en la cresta de la ola con un claro rasgo de indignación ciudadana.

No faltó un diputado del oficialismo que tras haber presentado una de las seis denuncias penales en contra del dinosaurio de la U y después de que éste fue enviado a la cárcel de San Pedro de La Paz con detención preventiva, se declaró públicamente como “defensor de la autonomía universitaria”.

No importa. Lo relevante es que el periodismo boliviano, el buen periodismo, supo mantener vigente el tema en la agenda cotidiana de la gente, poniendo al descubierto los intereses personales de dirigentes universitarios, la mayoría de 30 años para arriba, por encima de los objetivos académicos del estamento estudiantil en la universidad boliviana.

Corresponde no soltar el hueso. Hay otras aristas, otras derivaciones y otros personajes que deben ser investigados por periodistas y medios de comunicación para explicarle al país cómo la corrupción, la desideologización y la partidización desfiguraron a las instituciones encargadas de producir conocimiento y transformar la realidad. Ante la corrupción, el buen periodismo, aquel que se aprendió en las aulas universitarias.


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