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Otros presidentes bolivianos tuvieron asesores venidos de Argentina; más dotados que Cerimedo, pero tampoco santos. Melgarejo se sirvió de Juan Ramón Muñoz Cabrera, y Linares de Ruperto Fernández, como ministro de Gobierno. Luego, Ruperto integró la junta de gobierno que derrocó… a Linares.
Es desconocido, en cambio, el caso de Manuel Isidoro Belzu y el jesuita José Fondá, también atravesado por tragedias. El 6 de septiembre de 1850, Belzu sufrió un atentado en Sucre a manos de Agustín Morales (después presidente). Este dejó a Belzu por muerto.
El cuñado de Morales era Benito López. Caminaba por Sucre, inofensivo y desentendido de los males que lo acechaban. López y el coronel Manuel Laguna, presidente del Senado, fueron condenados a muerte por la tentativa de magnicidio.
Benito López fue ejecutado el 12 de octubre de 1850. De la plaza de Sucre lo llevaron a fusilarlo. El joven Mariano Baptista Caserta (de unos 18 años; nació en 1832, según su biógrafo Luis Paz), otro futuro presidente, fue testigo. Había pertenecido a una congregación mariana formada por el padre Fondá en Sucre.
El último paseo de Benito López fue escoltado por la gruesa figura de Fondá: “…de edad madura y de cargada organización, lo seguía (a López) jadeando, humedecidas las sienes de copioso sudor…”, registra Baptista Caserta.
Fondá no fue solo un religioso compasivo con López. Llegó a Tarija con otros jesuitas en 1848. Expulsados por el gobernador de Córdoba, huían de la dictadura de Rosas en Argentina. De Tarija, los jesuitas pasaron a Sucre. El pueblo salió a recibirlos en ambas ciudades. En Sucre, vivieron por casi tres años. Habían pasado más de 80 desde la expulsión de estas tierras de la Compañía de Jesús (1767), pero sus glorias se mantenían en la memoria nacional.
La Compañía de Jesús fue, además, suprimida en 1773 y restaurada en 1814. Y tal parece que los jesuitas no perdieron el oficio de confesores de reyes. Incluso uno de ellos, el catalán José Fondá, lo ejerció en la remota capital boliviana.
A fines de 1848, Belzu tomó el poder. Era feroz, pero católico ferviente. Mariano Baptista solo insinúa la influencia que ejercieron los jesuitas en Belzu. Este se ganó la repulsión de Baptista, un buen conservador. Tal vez por sus afectos de joven mariano por el padre Fondá, Baptista prefirió reprocharles veladamente a los jesuitas su indulgencia con el Mahoma boliviano.
En todo caso, Mariano dio suficientes pistas: “se nos ha asegurado por personas de todas clases y partidos, que en alguna ciudad y en una de sus casas religiosas recibían a Belzu al día siguiente de sus orgías y le preparaban celdas para que hiciese ejercicios espirituales. Se nos ha dicho que lo confesaban, que le daban la comunión…”. Los ejercicios espirituales son marca registrada de San Ignacio. Las alusiones de Baptista apuntaban bien.
El padre Fondá fue designado por Belzu rector del Colegio Seminario de Sucre. Además de confesarse, Belzu quería que los jesuitas reasumieran sus tareas confesionales y pedagógicas en Bolivia. Pero las autoridades transnacionales de la Compañía de Jesús maduraban otros planes. Los jesuitas de Sucre debían dirigirse a Valparaíso. En Chile, la Compañía de Jesús había reabierto sus obras. Esa era la prioridad, no Bolivia. Y menos Belzu.
Los otros religiosos se fueron a Valparaíso sin problemas. Cuando Fondá quiso también tomar las de Villadiego, Belzu se opuso, contrariado. El padre renunció de rector y de “los demás cargos que le habían sido encomendados”. Desde La Paz, Belzu rechazó la dimisión.
Fondá enfermó “de un ataque al cerebro y al pulmón”. Entonces, en junio de 1850, el presidente aceptó la renuncia, pero no dejó al padrecito salir del país. Como con algún déspota de nuestro porvenir del siglo XXI, los humores de Manuel Isidoro eran ley: “No me hable usted de eso. He deseado ir en persona a Chile a desengañar a ese padre superior que mientras yo sea presidente no saldrá usted de Bolivia: aunque yo lo consintiera, el pueblo en masa lo detendría”.
En octubre de 1850, Fondá era casi un rehén de Belzu. Pero no temió dejarse ver al lado de un inocente López, camino al patíbulo. Un confesor y asesor de su robusta talla no estaba para condonar iniquidades.


