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¿Cómo llegó Bolivia nuevamente a negociar un programa con el Fondo Monetario Internacional? La respuesta fácil sería señalar a una persona, un gobierno o incluso al propio FMI. La respuesta económica es más incómoda: llegamos hasta aquí por una combinación de problemas estructurales y desequilibrios no resueltos oportunamente y mecanismos que permitieron postergar durante años su corrección.
El primer problema fue la pérdida gradual de una de nuestras principales fuentes de divisas. La producción fiscalizada de gas cayó de 59 millones de metros cúbicos diarios en 2014 a 27 millones en 2025. Esa caída fue reduciendo la capacidad estructural de generar dólares e ingresos asociados a los hidrocarburos, aunque durante algunos años los buenos precios externos amortiguaron parte del efecto.
Al mismo tiempo persistieron déficits fiscales importantes y aumentó la necesidad de divisas para importar combustibles. Es decir, disminuía una fuente central de dólares mientras las necesidades fiscales y externas seguían siendo elevadas.
Pero ahí todavía no estaba escrito el regreso al FMI.
Bolivia tenía amortiguadores. En 2014 las reservas internacionales superaban los USD15 mil millones. Luego se utilizaron reservas, endeudamiento, financiamiento externo, oro, instrumentos financieros y, crecientemente, financiamiento interno y crédito del Banco Central.
Eso explica algo que pocas veces discutimos: no sólo debemos preguntar qué causó el problema, sino qué permitió postergarlo tanto tiempo.
Por eso tampoco diría que “no se hizo nada”. Se tomaron distintas medidas para administrar una restricción cada vez más difícil. El problema es que administrar una restricción no equivale necesariamente a corregir aquello que la reproduce. A medida que algunos amortiguadores perdían capacidad, otros fueron soportando una parte mayor del peso.
¿Por qué importa tanto ahora? Porque no sólo se redujo el margen anterior: también cambió la estrategia. Se pretende reducir el financiamiento monetario del déficit, reconstruir reservas y ordenar las cuentas fiscales. Si se retira un mecanismo que venía financiando la brecha, hay que reemplazarlo por otro mientras ocurre el ajuste.
Sin financiamiento externo la brecha tampoco desaparecería. Tendría que cerrarse mediante alguna combinación de más deuda interna, uso de reservas, depreciación, menor gasto o compresión de importaciones. Eso no significa que el FMI fuera la única alternativa imaginable. Significa que las demás también tienen costos, límites y tiempos diferentes. Sin FMI tampoco significaba sin ajuste: cambiaba la forma de hacerlo.
Por eso el acuerdo es importante y necesario, puesto que no hacerlo mejoraría artificialmente 2027 con altos riesgos para 2028 en adelante. Pero importante no significa infalible.
Hay al menos tres recaudos. El primero es el ritmo porque los ajustes simultáneos pueden profundizar la debilidad de la actividad económica y es necesario ver amortiguadores. El segundo es social: el programa contempla protección para hogares vulnerables, pero los precios pueden ajustarse más rápido que la capacidad de identificar, alcanzar y compensar suficientemente a quienes pierdan ingreso real. El tercero es financiero: los desembolsos externos requieren la reducción del financiamiento interno.
Y existe un recaudo todavía mayor. El FMI ayuda a estabilizar; no puede sustituir nuestra capacidad de producir. Los nuevos dólares volverán a comprar tiempo. La verdadera prueba será si esos tres años sirven para transformar estabilidad en inversión, productividad, exportaciones y nuevas divisas.
*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo



