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Cornell y sus políticas de algodón

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Hace unas semanas se reabrió la investigación sobre una denuncia por agresión sexual ocurrida en octubre de 2024 en la casa de la fraternidad Chi Phi de la universidad neoyorquina de Cornell, perteneciente a la Ivy League, que reúne a las universidades norteamericanas más prestigiosas y caras del mundo.

El caso conocido como “Los siete de Cornell” surge de la acusación de una estudiante (con el seudónimo Jane Doe) a siete miembros de la fraternidad de haberla drogado con ketamina y luego haberla agredido sexualmente en grupo luego de una fiesta.

Cornell es una institución de tonos progresistas que, como las del resto de la Ivy League, está integrada por académicos y estudiantes de gran corazón siempre pendientes de contener cualquier tipo de ofensa discursiva o física (para eso aplican el sistema de “alerta de sesgos”). Así que uno pensaría que sus autoridades saldrían a condenar rotundamente el acto de violencia sexual asumiendo parte de la responsabilidad, y que acompañarían a su alumna acosada hasta lograr una sentencia condenatoria.

Pero no. El firme compromiso de Cornell con el feminismo profesado en sus patios se tradujo en esta ocasión, en una simple expulsión a dos de los inculpados, en clausurar la fraternidad Chi Phi y, lo más contundente, en darles al resto de acusados “la oportunidad de atenuar su conducta” mediante la presentación de ensayos…

Mientras leía -sin asombro, pero con indignación- sobre ese caso, apareció en Prime Video la miniserie El juicio, sobre la violación perpetrada por un joven rico “hijo de papá” a una compañera (Andrea) cuyo padre viudo, chofer sin ninguna influencia, emprende una cruzada para lograr justicia en un sistema impregnado de corrupción.

Los guionistas se encargaron de advertir en la intro que la miniserie “está basada en historias reales”.

Casualmente hay mucho parecido entre la producción mexicana y la historia real de Jane Doe. En ambas es una joven la que es abusada sexualmente por “amigos-compañeros” que comparten los mismos espacios de la élite. Sin embargo, eso no le aumenta gravedad al suceso: los hay violadores de todas las clases sociales, desconocidos, familiares, vecinos.

Lo que se percibe a larga distancia en ambos tratamientos es la hipocresía, que sí hace más repulsivos los crímenes. La serie televisiva explota la escena manida de los poderosos padres del violador, impecablemente vestidos y bien peinados, obedeciendo los ritos de la misa y “dando la paz” a gente humilde; una imagen muy usada que El Padrino manejó magistralmente cuando Michael Corleone renuncia a Satanás frente al altar, mientras sus hombres se timbran a unos cuantos mafiosos enemigos.

En el proceso de “Los siete de Cornell” parecen abundar las pruebas (a diferencia de violaciones que también se denuncian mucho tiempo después y en las que testigos olvidan o desaparecen y las evidencias físicas se pierden o alteran y se hace imposible una condena justa); aun así, el entorno no ha obrado con su conocida altisonancia (solamente se ha visto alguna que otra manifestación de pocas horas). He leído algún post alusivo hablando de la violencia machista, mas no encontré declaraciones perentorias. Y la universidad nada más se ha defendido de las sugerencias de no haber hecho lo suficiente a favor de la víctima.

El juicio causa desolación (le metí chillada los dos primeros capítulos). El dolor jala con fuerza intolerable, y la verdad está tan presente que no se puede escapar de ella esperando que Andrea hubiese consentido la relación. Y enoja la protección al abusador; por parte de los padres, las amigas y la propia escuela.

No obstante, es ficción. Lo de Cornell no. Ignoramos quién y cómo es Jane Doe, pero mucho me temo que sus rasgos no sean suficientes para adquirir la cualidad de verdadera víctima. Tal vez en el examen de interseccionalidad solamente pudo tiquear el sexo femenino. Seguro es blanca, no inmigrante y no padece ninguna neurodivergencia. Y por ello los comités evaluadores de la aplicación de las políticas de diversidad, equidad e inclusión tuvieron que rechazarla como causa moral (¡A otra cosa!).

La medición del delito, seguro, se hizo desde la horma agresores-víctima. Como cuando feministas de Princeton -del mismo club de la Ivy League-, vociferaban luego del 7 de octubre de 2023 en sus verdes campus, que las judías (vejadas por Hamás) eran demasiado feas para ser violadas.

La ley penal de Nueva York distingue el consumo involuntario de alcohol o drogas -que sí invalida legalmente el consentimiento para mantener relaciones sexuales- del consumo voluntario -que obliga a la justicia a considerar que dicha condición no equivale a una incapacidad mental suficiente para anular el consentimiento-. Esto podría inclinar al jurado hacia una sentencia absolutoria (al parecer Joe aceptó haber consumido voluntariamente alcohol durante la fiesta).

No me sacaré de la cabeza el final de El juicio. La serie muestra cómo frente a hechos abominables como la violencia sexual, unos se tapan el rostro con genuino horror, mientras otros se llevan las manos a la cara para cubrir su impostura.

La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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