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Para muchos, la llegada de Rodrigo Paz a la presidencia de Bolivia a finales de 2025 despertó una expectativa: su estilo cauto y alejado de los extremos se presentó en la campaña electoral como el antídoto para cerrar las heridas de la polarización. Sin embargo, a ocho meses de iniciar su gestión, el país empieza a constatar que evitar la confrontación no equivale automáticamente a saber gobernar.
El gran riesgo de la administración de Paz no es que sea incendiaria, es que corre el peligro de extinguirse en la más absoluta indefinición. En política, la moderación es una virtud sólo cuando se la utiliza como plataforma para construir, no como un refugio para no decidir. Hoy, el gobierno de Paz navega en aguas estancadas, atrapado en una parálisis que confunde el diálogo apaciguador con acuerdos dinámicos o transformadores.
Promesas clave de su oferta electoral, como el pacto fiscal del 50/50 para la redistribución de recursos a los departamentos, siguen en el limbo normativo, mientras crecen las legítimas presiones regionales y la economía demanda certezas. Postergar la construcción de un consenso efectivo con los gobernadores sería tan errado como congelar el impulso reformista en materia de empresas públicas.
Para rescatar su gestión de esta inercia, el presidente podría mirar hacia el norte y repasar la historia reciente. Aunque no sea santo de nuestra devoción, si hubo un maestro en el arte de la supervivencia y la efectividad política a través del compromiso, ese fue Bill Clinton. Tras perder el control del Congreso en 1994, el mandatario estadounidense no se encasilló en la trinchera ideológica, pero tampoco se quedó de brazos cruzados esperando a que el temporal pasara.
Clinton popularizó la llamada “triangulación”: la estrategia de absorber las propuestas más sensatas de sus críticos, tamizarlas con sus propios valores y presentar una tercera vía superadora. Demostró que el compromiso es una destreza intelectual, que exige ceder en lo accesorio para avanzar en lo fundamental.
La solución para Bolivia no pasa por “pedir peras al olmo”, exigiéndole a Rodrigo Paz que se convierta en un líder confrontador; forzarlo a adoptar un tono beligerante iría en contra de su propia naturaleza política y sólo profundizaría grietas. Lo que el país necesita con urgencia es que el presidente despierte del letargo de la neutralidad y asuma el liderazgo del compromiso activo.
En los meses recientes, sólo un momento del gobierno parece encajar en esa línea rectificadora: la última fase del periodo de bloqueos de 51 días, cuando al interior del gabinete, quienes presentaban al estado de excepción como un tabú fueron superados por quienes creían que podía ser una buena táctica para “correr con la vaina del sable” a los bloqueadores, combinando negociación final, uso medido de la fuerza y aislamiento de radicales.
Salir de la parálisis exige convertir ese momento puntual de audacia en estrategia sistemática. Si es así, Paz aún tendría alguna oportunidad de demostrar que el centro político no es un vacío de indecisiones, sino un punto de convergencia para las transformaciones.



