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Deleite turbador

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Habría cumplido 100 años de edad el 2 de septiembre de 2023. Con ese motivo sus hijos han publicado la antología “Armando Soriano Badani: Un humanista de los Andes” (2023) en complicidad con Plural Editores y Mariano Baptista Gumucio, quien se ocupó del prólogo y de la selección de textos, aunque los poemas fueron escogidos por Gabriel Chávez Casazola.

La presentación de la obra fue una agradable reunión de familia y amigos que se desarrolló con la armonía que hubiera impuesto la sola presencia de Armando. Tanto Gabriela Orozco, nuera y maestra de ceremonias, como José Antonio Quiroga, Valentín Abecia López, Mariano Baptista Gumucio y Ramiro Soriano (en nombre de los 4 hermanos), compartieron anécdotas sabrosas del escritor, del padre de familia, del amigo leal y del bromista impenitente cuya presencia espiritual se hizo aún más inmediata con un par de poemas grabados en voz del autor.

Los recuerdos de los hijos y de Mariano Baptista Gumucio figuran en las primeras páginas de la edición que en 264 páginas reúne además una acertada selección de poemas, tres cuentos, artículos de prensa, fotografías de Armando en diferentes etapas de su vida, y textos escritos sobre su personalidad y su obra. Qué mejor manera de recordar su centenario que un libro que resume lo que fue su vida y obra: 30 libros publicados, en su mayoría poemarios, pero también importantes antologías del cuento en Bolivia, y una sobre pintores de nuestro país.

En mi biblioteca ya mermada quedan los libros obsequiados por sus autores, amigos como el Chino Soriano, de quien conservo cinco poemarios y un libro de cuentos, con generosas dedicatorias. Perfil del atardecer (1976) y Agonía de las viñas (1985) son ediciones artesanales, de esas que hoy tienen un valor suplementario por el esfuerzo que supuso publicarlas. La huella transparente (1997), Rebelión de los anhelos (1997) y Caleidoscopio (2000), son también ediciones de autor, pero de mejor pinta, las dos últimas con tapas a color explícitamente eróticas. De retazos de estos y más libros está hecha la antología que celebra su centenario.

Para Armando, escribir no era una tarea sino una travesura, por lo que “cometía” poemas con entusiasmo y alegría. Regalaba sus poemarios a los amigos como quien desliza en manos de un cómplice un fruto prohibido. Sus rimas eran a la vez un desafío creativo y un ejercicio de sagacidad, como quien encuentra la palabra precisa en un crucigrama, esa y no otra, aunque a veces resulte algo rebuscada. La poesía y la retórica (sus deliciosos discursos improvisados) eran el cordón umbilical que lo unía a la vida y el puente hacia experiencias reales e imaginarias.

En general prefiero sus versos libres (como “Apóstrofe”), pero hay sonetos tallados y pulidos como diamantes (como “Venganza”), pues era un poeta meticuloso y obsesivo con la rima y el ritmo de las palabras. Aun cuando la rima esté ausente, el ritmo siempre está, como si hubiera escrito los versos escuchando música con una batuta en la mano y el metrónomo a su lado, para que ninguno suene fuera de acorde en ese oleaje natural. Y es que la música clásica era otra de sus pasiones, y la alude con frecuencia en sus poemas. Cuando le preguntaron por los 10 personajes del Siglo XX, incluyó a Sibelius, uno de sus cinco compositores favoritos.

Privilegio de las nuevas tecnologías, este libro no es solo para leer: 19 poemas están acompañados de un código QR que permite escuchar la lectura por el propio autor. Con extraordinaria anticipación Armando tuvo el alcance de grabarlos.

“Jovial y festivo”, como se definió a sí mismo, escribió poemas de amor sobre “la mujer presentida” (Abecia Baldivieso), como experimentado Casanova, y quizás lo fue en el fuero interior de su fogosa imaginación pues habla de amores rotos, de ausencias irremediables y encuentros eróticos donde palpita la sensualidad. Muy cercano a él por razones familiares y literarias, Augusto Guzmán intuyó una “psicología de transferencia y desdoblamiento” en sus versos. El erotismo que rezuman sus poemas podría ser una huella de la bohemia parisina que vivió como estudiante. Después de eso, lo más cerca que estuvo de aquella atmósfera cautivadora fue Gesta Bárbara, la versión local de las tertulias vaporosas de Baudelaire, Mallarmé o Verlaine. A veces me saludaba con unas palabras en francés entonadas con picardía. Su poesía amorosa es golosa, “a veces un tanto engolada y preciosista” (Rivadeneira). Al leerla recuerdo su manera de hablar, que era también muy precisa, pero sin solemnidad. Solía saludar afectuosamente con un sonoro “querido” en el que no faltaba una dosis de ironía.

Gracias a mi primo Mariano Baptista pude frecuentar a Armando y a varios amigos cercanos algo mayores que yo, de Gesta Bárbara y del grupo Prisma. Con otros ya me había cruzado en distintos senderos: Alcira Cardona, Oscar Cerruto, Mario Miranda, Jacobo Liberman, Héctor Cossío Salinas…Cuando Armando estuvo a cargo del suplemento cultural de Hoy, colaboré ocasionalmente con algunos poemas.

Escribió sobre muchos temas, y no fue indiferente a los problemas nacionales. Escribió sobre nuestra política, cultura, historia y geografía. Me quedo con una frase ingeniosa: “El mar es aquel elemento que sirve para secar el lago”.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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