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El desenlace del paro cívico en Santa Cruz

Pedro Portugal Mollinedo

De formación historiador, autor de ensayos y análisis sobre la realidad indígena en Bolivia, fundador del mensual digital Pukara

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Al momento de redactar estas líneas, el desenlace del paro cívico en Santa Cruz respecto al censo 2023 es todavía incierto. No es posible saber con certeza las características de su conclusión; sí es posible asegurar que influirá grandemente en los acontecimientos políticos del futuro inmediato en Bolivia.

Tres posibles desenlaces son permitidos conjeturar: El paro cívico en ese departamento terminará por agotar los recursos materiales y anímicos de la población que así se manifiesta. Esto, favorecido con el insignificante y deslustrado apoyo que se expresa en otros departamentos del país, permitirá al gobierno imponer sus condiciones y ejecutar el censo la fecha que le plazca, reequilibrar el balance de fuerza al interior del MAS en provecho del presidente Luis Arce, desorganizar aún más la mermada oposición política y vislumbrar el posible triunfo del MAS en las elecciones del 2025.

Es permitido suponer, también, que el gobierno extinga la protesta en Santa Cruz reprimiéndola violentamente, al estilo de lo sucedido en 1958 cuando el presidente emenerista Hernán Siles Suazo gobernaba Bolivia. Esa represión se consagró como la “masacre de Terebinto”. El traslado de contemporáneos “milicianos” masistas de otras regiones a Santa Cruz, de fuerzas policiales y algunas declaraciones oficiales, en particular del ministro Edgar Montaño, abonan esta suposición. Esta salida influiría en el desprestigio del actual presidente Luis Arce reforzando la primacía y ambiciones de Evo Morales –a quien se atribuye ser mentor de esa estrategia–, aunque de ninguna manera aseguraría, con esas credenciales, su triunfo en las elecciones del 2025.

Puede también que de prolongarse el paro cívico en Santa Cruz se reedite lo sucedido el 2019, cuando una insignificante protesta de pititas catalizó la descomposición del partido gobernante, culminando en la huida del entonces presidente Evo Morales. Sería posible porque algunos elementos constitutivos del entramado social siguen aún vigentes, cuando en el occidente del país, la indolencia altoperuana de su anodina elite, fue rebasada por la movilización masiva de las clases medias, ante la mirada de las clases populares que no salieron a contener el desmoronamiento del poder erigido en su nombre.

Pueden ocurrir también –ojalá– otras salidas, menos catastróficas y más producentes. En tanto, es conveniente tomar conciencia sobre la urgencia de cuestionar para superar elementos que nos condicionan a repetir situaciones históricas y estancarnos en círculos viciosos.

Situaciones como las que vivimos tienen mucho que ver con la permanencia de vicios constitutivos en nuestro ser nacional. No somos aún una nación integrada, no tenemos unidad nacional y, consecuentemente, no disponemos de un estado funcional. El Estado es simplemente un acto y una capacidad administrativa. No se puede administrar lo que abunda en disgregación. En esto tiene mucho que ver la inopia de nuestras clases dirigentes: siempre atentas y sujetas a modas exógenas y desvinculadas de su propia realidad. Esto es más dramático en las clases dirigentes altoperuanas de la parte occidental del país.

Una moda actual, alegremente adoptada por esas “elites”, es el posmodernismo, en su vertiente multicultural de derecha o plurinacional de izquierda. Nuestra Constitución Política del Estado abunda líricamente en formas de democracia, entre ellas la supuesta democracia comunitaria, que sería particularmente patente en las mayorías del occidente del país. Curiosamente, ese mundo indígena es el más concentrado y por ello el que más se deja manipular con el centralismo estatal. Mientras, son los cabildos criollos cruceños los mejores exponentes de la democracia directa. Sin embargo, a pesar de sus méritos, de su exotismo o de su utilidad coyuntural, uno y otro son disfuncionales en un contexto de necesidad de Estado viable y funcional.

Urge recentrarnos en las necesidades modernas, que algunos las creen obsoletas: Nación y Estado. Usos y prácticas actuales nos son inducidas por presiones culturales y tecnológica que poco tienen que ver con nuestra realidad y aspiraciones. Ingenuamente, creemos que la realidad social cambiará si nos desfogamos en las redes sociales, cuando el poder político se definirá siempre en las urnas… o en las calles.

Usos y prácticas actuales nos son inducidas por presiones culturales y tecnológica que poco tienen que ver con nuestra realidad

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Pedro Portugal Mollinedo

De formación historiador, autor de ensayos y análisis sobre la realidad indígena en Bolivia, fundador del mensual digital Pukara

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