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Imagine dos corredores que arrancan la misma carrera desde el mismo punto. Uno acelera fuerte los primeros quince años, se queda sin aire, y termina más atrás de donde empezó. El otro mantiene un ritmo modesto pero constante, y termina adelante. Así se ve, en el papel, la última década y media de crecimiento boliviano frente a sus vecinos.
Hasta 2019 se habló del «milagro» económico boliviano: varios años de crecimiento sostenido, estabilidad macro, reducción de pobreza. El problema es que, mirado con lupa, ese milagro no está tan claro en los datos.
Un análisis de GrowthLab de Harvard muestra que para 2025 el PIB per cápita boliviano está por debajo de su nivel de 2019. Bolivia pierde la carrera de crecimiento frente a Colombia y Paraguay durante todo el período, y queda muy rezagada de Perú, pese a haber partido con ingresos similares. No hay convergencia con la región; hay estancamiento.
Recuerdo cuando estudiaba en Chile, a fines de los noventa, con «Apuntes de crecimiento económico» de Sala-i-Martín como texto de cabecera. Ahí aprendí una lección que nunca se me olvidó: diferencias de apenas uno o dos puntos porcentuales en la tasa de crecimiento, sostenidas por dos o tres décadas, separan a un país que duplica su ingreso de uno que apenas lo mueve.
No es cuestión de un año bueno o malo. Es cuestión de motor sostenido. Y ese motor, insistía la teoría, no son las máquinas ni el ahorro por sí solos: son las ideas y la productividad con que se usan los recursos.
Acá viene el problema de fondo. El mismo análisis sobre Bolivia muestra que nuestra productividad creció apenas durante el boom de los 2000 y colapsó con más fuerza que la de nuestros pares cuando terminó el súper-ciclo de materias primas.
Un ejercicio contrafactual estima que, para 2025, el PIB real está cerca de 15% por debajo de lo que habría sido de mantenerse la relación previa entre condiciones externas e ingresos de gas —y esa brecha se ha ampliado, no cerrado, desde 2023.
También en Chile, tuve la oportunidad de asistir a talleres donde Raphael Bergoeing exponía sobre productividad en Chile. Ahí veía en tiempo real el mismo diagnóstico que había estudiado en los libros: la productividad chilena explicó 5,2 puntos porcentuales de crecimiento anual en los noventa, pero solo 1,3 puntos desde el 2000.
Si Chile tuviera la eficiencia de Estados Unidos, su PIB per cápita pasaría de 23 mil a más de 40 mil dólares anuales, sin trabajar ni invertir una hora más. La lección es incómoda pero clara: se puede crecer un tiempo acumulando capital y mano de obra, pero ese motor tiene techo. Sin ganancias de productividad, el crecimiento se apaga solo.
¿Es posible revertir esto? Claro que sí. ¿Es fácil? Definitivamente no.
En mis años transitando entre el sector público y el privado en Bolivia —en el Banco Central, en la Agencia de la Bicentenario, y ahora desde CEBEC junto a CAINCO— he confirmado algo que la experiencia peruana con las Mesas Ejecutivas de Piero Ghezzi documenta con números: gran parte de la brecha no es de diagnóstico, sino de ejecución. Una ley forestal que llevaba cuatro años sin reglamentarse en Perú se destrabó en meses de diálogo sistemático entre Estado y empresa; trámites que tomaban un año pasaron a tres días. No hizo falta más presupuesto: hizo falta un mecanismo que obligara a dialogar y actuar juntos.
Bolivia no carece de diagnósticos. Lo que necesita es traducirlos en decisiones ejecutables, con productividad como brújula y coordinación público-privada como método. La pregunta que queda flotando es simple: ¿seguiremos corriendo fuerte los primeros kilómetros, o aprenderemos por fin a sostener el ritmo hasta la meta?
Aclaro que esta lección también aplica para Santa Cruz, porque su éxito desde mediados del siglo XX, que no fue espejismo y si fue real, se explicó por atraer exitosamente capital y mano de obra, pero menos por productividad. Sin ese tercer motor, el techo también le llegará al departamento. Ese es su “ferrocarril” para este siglo.



