Escucha la noticia
Conforme al art. 80-II de la Constitución boliviana (CPE), se respeta el derecho de las madres y padres a elegir la educación que convenga para sus hijas e hijos, siendo la educación obligatoria hasta el bachillerato (art. 81-I); y, en consecuencia, los progenitores tienen el deber de atender, en igualdad de condiciones y mediante el esfuerzo común, el mantenimiento y responsabilidad del hogar, la educación y formación integral de las hijas e hijos mientras sean menores, tal como menciona el art. 64-I de la CPE.
La asistencia familiar es un derecho y una obligación de las familias, la cual se otorga hasta cumplida la mayoría de edad, y podrá extenderse hasta que la o el beneficiario cumpla los veinticinco (25) años, a fin de procurar su formación técnica o profesional o el aprendizaje de un arte u oficio, siempre y cuando la dedicación a su formación evidencie resultados efectivos, así lo establece el art. 109-II de la Ley N° 603 (Código de las Familias y del Proceso Familiar).
Ahora bien, en la brecha generacional, entre padres e hijos adultos, ambos requieren sus propios espacios, no se trata de buenos o malos, sino de aceptar que son individuos diferentes, no son copias (el uno con el otro), ni ambos seguirán los mismos pasos y ninguno es propiedad (su criatura) del otro. Nuestros hijos, no nos pertenecen, solo vienen a través nuestro, no son una inversión ni una extensión de los padres, sino vidas independientes a las que se les debe dar libertad.
Tanto padres e hijos, son seres humanos individuales y, en esencia, cada uno son manifestaciones de vida autónoma; y, esta situación, incluso, desde la perspectiva de la tanatología y la psicología, se menciona, por ejemplo, al acercarse la muerte del ser humano, éste experimenta una pérdida de identidad y al debilitarse esa conexión con el cuerpo físico, el moribundo pierde la capacidad de reconocer etiquetas, relaciones o nombres, como «esposo(a)» o «hijo(a)», por ende, existe una visión impersonal (ese mirar fijamente) y, la persona comienza a percibir a quienes la rodean simplemente como manifestaciones de vida, ya sin el vínculo psicológico o emocional que mantenían, dejando atrás la interacción social.
Como padres debemos entender esta distinción (los hijos adultos son individuos con su propio destino y propósito); y, en consecuencia, actuemos como guía entusiasta, como alguien que los apoya y los respeta, en lugar de ser un microgestor autoritario, pues quienes intentan vivir a través de las experiencias de sus hijos, se vuelven controladores o posesivos. Intentar imponer la visión de un adulto a otro adulto crea fricción innecesaria. Los hijos no pertenecen a los padres y una vez que alcanzan la madurez, el intento de imponer reglas, sus ideologías o moldearlos genera fricción.
El hijo no debe vivir para cumplir los objetivos frustrados de sus padres. Esa es la trampa del condicionamiento. Adviértase, que usualmente los adultos mayores tienen patrones de pensamiento rígidos. Si los hijos adultos permanecen demasiado tiempo en ese entorno, pueden asimilar esos condicionamientos limitantes en lugar de descubrir su propio potencial y crear su propio camino, por lo tanto, es menester que sean conscientes y que asuman su propia responsabilidad (que los hijos experimenten sus propias caídas y aprendizajes, fomentando el sentido de inteligencia y autonomía para que tomen sus propias decisiones y sepan buscar ayuda por sí mismos, en lugar de depender ciegamente de los padres), pues como padres se busca que los hijos sean seres humanos íntegros, libres y capaces de valerse por sí mismos.
La relación entre un padre y un hijo adulto debe transformarse de una autoridad jerárquica a una amistad de apoyo, aceptación, confianza y respeto mutuo, de conexión de iguales, es decir, no consiste en actuar como jefes dictatoriales (hablando desde arriba y/o de forma arrogante o desdeñosa, cuando en realidad, la única ventaja que se tiene como padre es llevar unos años más de experiencia en el mundo, es decir, haber llegado antes que ellos y, no por ello, necesaria y automáticamente, alguien se vuelve sabio frente al otro).
En la etapa adulta, los hijos buscan en sus padres alguien sensato con quien compartir sus inquietudes, alguien que les extienda la mano o le permita florecer, en lugar de dar órdenes, no escuchar activamente y pretender imponer voluntades.
Los padres adultos mayores, aquellos que se cultivaron, se vuelven en guías sensatos, porque adquirieron cierto nivel de sabiduría y visión de la vida; y, por su parte, los hijos deben ser personas más inteligentes, equilibradas y alegres que sus padres, no necesariamente más ricas en bienes materiales.
En ese sentido, no debemos perdernos en los deseos superficiales diarios de egolatría, de tú contra mí, ni vivir reaccionando a dichos deseos.
Veamos con sinceridad, lo que de verdad nos importa, lo que nos interesa, esto es, nuestra aspiración (aquella fuerza unificadora e inquebrantable de explorar todo el potencial humano, no consiste en ser mejor que otros y tampoco en correr tras los caprichos superficiales, los cuales cambian constantemente sino en la expansión de la consciencia) conducentes a una vida plena, como resultado de tomar responsabilidad total de nuestro propio bienestar; y, de esa manera, podremos crear un mundo fantástico, individualmente diversos pero cohesionados en nuestra acción (siendo uno con todo); caso contrario, seguiremos llevando (como sociedad global) una vida compulsiva, de trato brusco, de desprecios, prejuicios, conflictos, egolatría, violencia y de culto al individualismo egoísta.



