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La elección reciente genera esperanza, aunque no resuelve por sí misma los problemas de una región. Lo que hace es abrir una nueva etapa y nuevos actores para enfrentarlos.
Conviene empezar por un reconocimiento básico. La trayectoria de Santa Cruz ha estado marcada por una combinación de visión, trabajo, capacidad emprendedora, articulación institucional y una sostenida vocación de integración.
Esa aspiración aparece ya en el Memorándum de 1904, que planteaba la necesidad de conectividad, infraestructura y acceso a mercados como parte de una propuesta de desarrollo para el Oriente y para el país. Más allá del lenguaje de época, allí se encuentra una temprana intuición regional sobre la importancia de la integración económica.
Décadas más tarde, esa intuición tomó forma en un proceso más amplio de modernización. El estudioso Ronald Palmer observó que el cambio cruceño no fue solamente productivo. Es decir, Santa Cruz avanzó cuando combinó crecimiento económico con construcción de capacidades.
En esa misma línea, Ana Carola Traverso ha mostrado que el desarrollo cruceño tuvo como uno de sus pilares la formación de un entramado institucional regional, especialmente a través del Comité de Obras Públicas y después CORDECRUZ.
Su importancia no radica solo en las obras ejecutadas, sino en haber creado mecanismos de deliberación y ejecución que permitieron transformar recursos en infraestructura, servicios y proyectos productivos.
Ese legado debe ser valorado. Pero también debe ser leído con realismo. Porque Santa Cruz de hoy ya no enfrenta los desafíos de su despegue, sino los de su consolidación.
Como se señaló en el libro Desafíos de Santa Cruz del Siglo XXI de CAINCO, no corresponde mirar esta realidad ni desde la autocomplacencia ni desde el pesimismo.
Santa Cruz tiene fortalezas importantes, pero también límites y tensiones que se han vuelto más visibles con el paso de los años. Si en una primera etapa el reto fue crecer, en la actual el reto es mejorar la calidad de ese crecimiento.
Ahí aparecen los principales desafíos del presente. La expansión urbana acelerada, la congestión, las brechas en servicios públicos, la conflictividad y los problemas ambientales ya no pueden ser tratados como asuntos secundarios.
El reporte más reciente de CAF “Soluciones cercanas” sobre desarrollo territorial y gobiernos subnacionales en América Latina subraya precisamente que los gobiernos regionales y locales son hoy actores decisivos en materias como planificación urbana, transporte, agua, saneamiento, salud, educación y seguridad.
También remarca que las áreas metropolitanas requieren coordinación entre múltiples jurisdicciones y fortalecimiento institucional. Esa descripción resulta especialmente pertinente para Santa Cruz.
Una primera prioridad debería ser la educación. En la etapa actual, ninguna región puede sostener su competitividad sin mejorar la calidad de su capital humano, peor aún en la era de la automatización, inteligencia artificial y una demanda continua de nuevas competencias laborales y empresariales.
Una segunda prioridad es la institucionalidad. La experiencia histórica cruceña muestra que los mejores avances ocurrieron cuando existieron instituciones capaces de transformar demandas en propuestas y propuestas en resultados.
Una tercera prioridad es la gestión territorial. Santa Cruz ya no puede ser pensada de manera fragmentada; la ciudad, la región metropolitana, las provincias y el aparato productivo forman parte de un mismo sistema.
Todo esto exige una forma de gobernar más madura. No se trata de desconocer la historia regional, sino de comprender que sus logros no garantizan automáticamente los resultados futuros.
Tampoco se trata de instalar una visión crítica por sí misma, sino de asumir que una región madura debe ser capaz de reconocer sus fortalezas y al mismo tiempo corregir sus rezagos.
Santa Cruz ya ha demostrado que sabe crecer. La tarea de esta nueva etapa es demostrar que también sabe consolidarse.



