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Hablando de revoluciones

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Conocí una cara de la Revolución Nacional de 1952 de la mano de René Zavaleta Mercado. Era director de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO-México) donde yo cursaba la maestría en Ciencias Políticas (1976-78). La elección del tema de tesis “Relación clase-sindicato-partido” -de la cual fue también mi director- es tributaria a su potencia teórica y narrativa, cuando hablaba de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros. La vanguardia del proletariado, de clase en sí, a clase para sí: la “centralidad histórica”, decía, y el pueblo en armas.

Para Zavaleta, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) fue el partido de “lo nacional-popular”, tándem convertido casi en dogma. Pronto asumí que ni con Marx ni Lenin, aunque mediaran Gramsci, Althusser o la Revolución Cubana, aquella centralidad tendría remate estatal. Tampoco que el MNR de entonces concibiera “una nueva morada donde poder albergar la libertad”, como pensaba Hannah Arendt.

La Revolución del 52 venció a un ejército regular, al que luego empoderó y después ese ejército la derrocó. Pero produjo remates estatales y sociopolíticos fundacionales. Eliminó el régimen minero feudal sobre la propiedad de la tierra y las relaciones sociales de producción, empero capitalista con reproducción ampliada de capital en la acumulación de excedente, a escala nacional y mundial. El mundo indígena fue subsumido a la categoría ‘campesino’, en el intento de forjar una nación mestiza homogénea. Implementó el Plan Bohan, elaborado 10 años antes por un consultor estadounidense, que aconsejaba la marcha hacia el Oriente.

A 70 años de aquella gesta enorme, la recordamos con luces y sombras como toda acción humana, centralista como todo nacionalismo. ¿Será sabio agregar a esas conquistas, otras forjadas bajo el cuño del MNR años después, como la municipalización del territorio nacional y la redistribución del ingreso con la participación popular, pero olvidar 1982 que derrotó 18 años de dictaduras militares y civiles, con voto popular?

 Admito que un olvido no es un anatema, como me respondió un amigo. Cierto, aunque la lucha por la democracia ande amputada, a pesar del 21 F de 2016 y otras victorias, desde que el Movimiento al Socialismo (MAS) se hizo del poder en 2006, y tiró al basurero la democracia sujeta al Estado de Derecho, hoy inexistente. El ilegal y abusivo juicio a la expresidenta constitucional transitoria, Jeanine Añez Chávez, es una prueba más que dramática, de la que poca gente se conduele. La democracia va de retro con el MAS y sus mandamases populistas, que nunca fueron demócratas.

El 10 de octubre de 1982, Bolivia restauró la democracia como forma de gobierno. Le otorgó al ciudadano la condición social, ya no solo el voto como método eleccionario adquirido el ’52, también le dio el derecho de participar en la ‘gobernanza’ del país. El período 1982/2005 marcó un serio intento de construcción de una democracia liberal, con claroscuros, como los desórdenes sindicalistas durante la UDP, que condujeron a la hiperinflación, entre otros fenómenos. En 1985, fue Víctor Paz Estenssoro, no el del ’52, quien con el decreto 21060 descartó al proletariado que desechaba las restricciones fiscales y la balanza de pagos. Ese descarte produjo gran desocupación laboral. Algunos optaron por cultivar hoja de coca, materia prima de la cocaína, como el ex Evo Morales.

Más allá de sus claroscuros, fueron 23 años de construcción democrática, con pluralidad política, sistema de partidos políticos y militancias que se querían institucionales y orgánicos; independencia de poderes, Corte Nacional Electoral proba, en base a méritos; construcción de institucionalidad estatal y privada, mecanismos de pesos y contrapeso para evitar los excesos del poder, observancia de valores democráticos. Fueron años no solo de la ‘democracia pactada’, como se la sataniza, desconociendo que la democracia es un pacto social como síntesis de múltiples determinaciones y convivencia entre diferentes. Lo contrario, son dictaduras de mayorías.

Fue el tiempo de la generación de la democracia, con la contribución sustantiva del Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR), que no omito en aras a la fidelidad de la memoria histórica.

Hablando de múltiples determinaciones, los aymaras, dice Carlos Toranzo Roca, son los “fenicios del Altiplano”. Los cambas, entonces, son el espíritu de Ñuflo de Cháves que «desencantaron la tierra» para que Santa Cruz se convirtiera en El Dorado que los conquistadores no vieron: la tierra como principal factor de producción, que produce alimentos y genera riqueza; que se redistribuye y llega hasta la informalidad, que es un mecanismo de supervivencia. En Santa Cruz hay ‘dinerillo’ para comprar picolé o paletas, empanadas, anticuchos, frutas, escobas, artesanías en cada esquina. Ese es el meollo de la migración a Santa Cruz, cuyo ‘modelo de desarrollo’, como le llaman, es el modo de producción capitalista, con todas sus contradicciones, especificidades y tropezones: sus deseos ubérrimos de salir de la pobreza y del abandono centralista; valores empresariales, audacia pionera en inversiones de capital y generación de empleos; exportaciones con valor agregado, prácticas cooperativas solidarias, planificación, desarrollo territorial y cultural, amén de demandas autonómica y federal.

Es el ‘Modo’ el que determina que aquí haya oportunidades de progresar, crear mejor presente y más futuro, hazaña, que el MAS insiste en ahogar. “Es la economía, estúpido” dijo Bill Clinton, como determinante en primera o última instancia. Si hablamos de revoluciones, es también una revolución de filosofía política.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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