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Insubordinación en el Pensamiento Regional

Ana Carola Traverso

Socióloga y urbanista

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Cuánto polvo levanta esgrimir el concepto de modelo de desarrollo cruceño. Es probable que más de uno se haya preguntado si existe o no, si es solo un slogan o si sostener que Santa Cruz creó un modelo propio es una exageración. Pareciera mentira que algo elemental para entender cómo y por qué Santa Cruz es lo que es, genere tanta curiosidad y animadversión al mismo tiempo. La controversia respecto a esta categoría política y económica—que debería estar ya normalizada porque existe hace casi 50 años—es señal de que sigue siendo enigmática. Asimismo, es una indicación de que se necesita discutirla con más frecuencia, ahínco y rigor.

El modelo de desarrollo cruceño es un concepto creado en la década de 1970, en medio de la mayor y más sofisticada ola de pensamiento geográfico y político cruceño—o regional. Este período se caracteriza por haber generado innovadores marcos conceptuales respecto al territorio departamental. Durante este período, se realizaron esfuerzos monumentales por entender las potencialidades de nuestros ecosistemas naturales, recursos y por proponer modelos de creación y distribución de la riqueza. En resumidas cuentas, fue durante este período que se dio carta blanca a un esfuerzo colectivo de imaginación creativa sinigual, institucionalizando sistemas de organización social que estaban ya llevándose a cabo por la ciudadanía (como el movimiento cooperativo) y volverlo política de Estado—de Estado regional.

Las ideas generadas durante este boom—de una comprensión profunda de la realidad cruceña—desplegó una forma propia de hacer política y gestión. Por un lado, tomó categorías sociales, las dotó de contenido y las adaptó a las necesidades del desarrollo regional. Por ejemplo, creó sus propios marcos y definiciones para generar desarrollo urbano, rural e industrial. También desplegó una capacidad—sin precedentes en la historia boliviana—de gestión de fondos públicos. Este proceso es imposible de entender si no se estudia cómo se generaron y canalizaron agendas de demandas sociales, convertidas en ideas que después se transformaron en proyectos, planes y estrategias de desarrollo. Como aditamento, esto se hizo desde la sociedad civil y no desde los espacios formales del Estado boliviano. A través de sus organizaciones, la ciudadanía se involucró en la toma de decisiones políticas, determinando cómo gestionar los fondos públicos provenientes del petróleo y otras rentas.

Todo ello hubiera sido imposible sin una burocracia con consciencia de sí (consciencia regional). Creada para implementar la visión política del contrapoder cruceño, este fenómeno fue un proceso de insubordinación fundante, resultado de la principal de las contradicciones bolivianas: la cuestión regional. ¿Qué significa esto? Que Santa Cruz rompió ideológicamente con la maquinaria política del gobierno central y sus estructuras de dominación durante la Revolución Nacional luego de las Luchas por las Regalías del 11%. La insubordinación fundante regional se produjo cuando los cruceños se convencieron de que Santa Cruz no lograría jamás alcanzar su añorado progreso si dependía del partido nacional de turno, que dominaba todos los niveles de gobierno. Éste impedía—dada sus debilidades estructurales y corrupción endémica—una gestión sin interrupciones de mandato, fomentando prácticas de asignación de cargos vía compadrazgos y negando cualquier otra visión de desarrollo que no sea la de su cúpula política. Por lo tanto, se debía crear un modelo alternativo de Estado. Esto requería una burocracia racional, recursos económicos, y planes de desarrollo propios.

El contrapoder regional se organizó en el Comité de Obras Públicas, que luego se transformó y expandió en Corporación de Desarrollo. En el seno de estas instituciones se pensó, debatió y finalmente se construyó una visión compartida sobre qué necesitaba la región. Con un modelo de gobernanza que respondía a la composición socioeconómica regional, las instituciones cívicas y sectoriales elevaron su umbral de poder participando, cogestionando y consolidando esta visión de desarrollo compartida. Esto es la puesta en práctica del modelo de desarrollo cruceño. Con el aporte de campesinos, obreros, profesionales, empresarios, técnicos e incluso delegados del gobierno nacional, en este espacio político se moldearon las directrices del desarrollo cruceño, pensadas desde la región para la región, que a posteriori explican la Santa Cruz de hoy.

Cualquier modelo de desarrollo está inexorablemente vinculado a la capacidad de sus sujetos políticos. Ello nos lleva a interrogantes respecto a cómo se construye el poder y cómo el poder posibilita o inhibe desarrollo. Partimos de la premisa de que cuando hablamos de desarrollo, hablamos de desarrollo capitalista. Y el desarrollo capitalista no podrá jamás desvincularse de la importancia del Estado como espacio que articula y aplica políticas que posibilitarán tipos de desarrollo concretos. Solo basta observar y contrastar las diferencias evidentes de país a país para demostrar que sí existen modelos de desarrollo capitalista distintos. El desarrollo es desigual, ya que estará sujeto a la historia particular de una nación o pueblo, a sistemas políticos específicos y a procesos que posibilitan o no, que cada uno de ellos acumule capital dentro de sus fronteras y lo haga crecer. Incluso siguiendo las reglas impuestas en el sistema mundo, la evidencia de que existen distintos modelos de desarrollo nos lleva a la constatación que no es lo mismo Brasil que Bolivia, como tampoco es lo mismo Estados Unidos que Rusia.

Pero, así como el desarrollo es desigual, la evidencia histórica demuestra que los modelos de desarrollo exitosos se basan en dos características fundamentales, muy a pesar de las diferencias económicas, culturales, sociales y políticas—por demás obvias—entre y dentro de cada país o nación. Los modelos de desarrollo contienen “fórmulas” que explican por qué un Estado tiene más poder y desarrollo que otro. La primera característica supone que se haya producido un proceso de insubordinación fundante. Esto significa la constatación de quiebres o rupturas ideológicas de una nación respecto a las estructuras de dominación política que la someten o quieren someter. Entender cómo suceden los fenómenos de insubordinación fundante requiere recurrir a la historia y estudiar las redes de poder hegemónico que sojuzgan a los pueblos, sea a partir de contradicciones de clase, étnicas o regionales—como es nuestro caso. Entendiendo dónde yacen las formas de sometimiento a intereses exógenos que no coinciden con las realidades culturales propias, podremos detectar qué impide sentar las bases de una fe fundante. Y la fe fundante es pues, el origen del poder de las naciones, es su cimento. No está demás señalar que no hay nación que haya acumulado poder político que no tenga una fe fundante sólida o esté reconciliada con su pasado.

La segunda premisa es un eficaz impulso estatal. En el caso cruceño, este impulso estatal provino de las instituciones del contrapoder regional que invirtieron racional y estratégicamente, generando confianza y por lo tanto un clima favorable de inversión pública y privada. Lo más importante: crearon institucionalidad a partir del involucramiento de los actores de la sociedad civil organizada. Esto es lo que marcado la diferencia en nuestra historia moderna con respecto a otras regiones bolivianas. Esa es la “receta” cruceña, la clave que explica por qué Santa Cruz es próspera, incluso después de haberse desmontado estos organismos de planificación y gestión compartida. Si bien debe reconocerse que el Estado boliviano canalizó recursos, infraestructura y ejecutó políticas de integración, la administración de regalías no dependió del gobierno central, respondió a la burocracia creada por el contrapoder regional. Esto hizo toda la diferencia, porque el modelo de desarrollo cruceño tiene características distintas al modelo de desarrollo nacional. Si recurrimos a modelos de desarrollo en otros países, ya sea en Corea del Sur, Canadá, España o Estados Unidos, la mezcla de las dos características señaladas anteriormente (insubordinación fundante y un impulso estatal primigenio) determinará la capacidad de generar modelos de desarrollo nacionales prósperos (o regional como en nuestro caso).

Volvamos al concepto del modelo de desarrollo cruceño. Decir que el modelo de desarrollo cruceño se reduce a la exportación de soya, por ejemplo, es desconocer la dialéctica Estado-Región y nuestra historia política regional. Quisiera creer que estas imprecisiones o sesgos ocurren porque aún se desconoce el enorme arsenal de instrumentos, estrategias y marcos de gestión pública creados en Santa Cruz. O quizás se deba a que lastimosamente, se continúe con la vieja práctica de ignorar o negar el aporte de nuestros sujetos históricos regionales—sean éstos instituciones o personajes específicos. De una forma u otra, esto es problemático. No sujetarse a fuentes históricas y no estudiar la documentación que el modelo de desarrollo nos ha legado nos lleva a reproducir consignas y prejuicios, lo que impide que nos reconciliemos con un pasado que ni siquiera nos dignamos a estudiar con la propiedad que éste merece.

El desafío en cuestión no es sencillo de afrontar. Las cadenas de la subordinación ideológica son más largas y pesadas de lo que creemos. Romperlas requiere estar dispuesto a (re) conocer, valorar y validar categorías analíticas creadas en Santa Cruz para Santa Cruz, viendo la manera de extrapolar estas lecciones para que puedan ser estudiadas en otras latitudes del país. No es aplicando a rajatabla categorías que nos son ajenas que lograremos entender la complejidad del modelo de desarrollo cruceño. Asimismo, es importante señalar que la cuestión regional sigue invisibilizada, negando la valentía, creatividad y genialidad de una parte de la ciudanía boliviana que es la sociedad cruceña. Aún así, apuesto al deseo de libertad que nos ha caracterizado siempre, y a nuestra capacidad de dar cuenta de un pasado no tan reciente y de un presente con ánimo de dibujar el futuro que tenemos por delante.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo

 


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Ana Carola Traverso

Socióloga y urbanista

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