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La Bolivia urbana que no conocemos

Ágora Republicana

Carlos Hugo Molina

Abogado con especialidad en Derecho Constitucional y Administrativo por la UNAM

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Los datos del Censo del año 2012 ratificaron el carácter urbano de la población boliviana; desde entonces venimos proponiendo una reflexión que, sin negar el carácter cultural, sociológico y antropológico de una parte de nuestra sociedad, existen en las ciudades conductas, comportamientos, hábitos e instrumentos económico que no se conduelen con las prácticas “originarias indígenas campesinas”. La respuesta, mayoritariamente, ha sido la negación, teniendo los 52 días de bloqueos, la demostración de esta última etapa.

La ONU estableció que el mundo alcanzó los 8.000 millones de habitantes el 15 de noviembre del 2022, y que la India superó a China el 2023 como el país más poblado del planeta. En ese contexto, la agenda urbana ha propuesto acabar con la dispersión de los servicios, la disminución del ruido y la contaminación atmosférica que en las grandes ciudades provoca más muertes por ataques de asma, insuficiencia respiratoria, cáncer de pulmón y angina de pecho que el tabaco y los accidentes de tráfico; plantea una ocupación masiva y una jerarquización del espacio público que convierta las calles y las plazas en el patio grande de las viviendas. Reconociendo que el crecimiento de las ciudades ha obligado a un mayor desplazamiento y utilización del vehículo, la OMS definió que el modelo de desarrollo y crecimiento urbano tiene una relación directa con la salud pública pues un entorno amable y equilibrado, mejora en un 23% la salud de sus habitantes.

Y como las grandes urbes y sus áreas metropolitanas seguirán creciendo, estamos obligados a comprender las consecuencias de la concentración de servicios y oportunidades que ofrecen las ciudades por la atracción natural y economía de escala, frente a territorios rurales de escasa y dispersa población. El incremento de valor de la tierra urbana es una de sus primeras consecuencias. La necesidad de tener un “lote” que sirva de base para la vivienda, inversión o ahorro, está generando barrios segregados con viviendas precarias y sin servicios plenos.

Un erróneo y equivoco diseño estatal boliviano estableció una confrontación ideológica entre el campo y la ciudad, arrastró a quienes vivimos en áreas urbanas, y paralogizó la creatividad científica y académica que se vio obligada a sumarse al discurso oficial olvidándose de lo que ocurría en el mundo. Lo “originario indígena campesino” se impuso desde el poder por una elaboración discursiva que necesitaba respaldarse en los movimientos sociales, y Europa, culposa por los 500 años de colonización recuperó a Rousseau y a Bartolomé de las Casas y apoyó el experimento. Un proceso que debía ser de integración, complementariedad e inclusión, terminó siendo confrontacional y racista.

Lo urbano no excluye lo rural que tiene en la producción alimentaria, el agua, el oxígeno, los principales destinos turísticos, la energía, las fuentes de donde se nutre; sin embargo, se necesita priorizar una agenda complementaria y concertada para que la vida continúe sobre la tierra. El ejemplo más contundente es el de la producción de miel, la polinización y la vida de las abejas, sin las cuales no existiríamos en el planeta, proceso que tiene origen y producción rural y sobre el que Einstein dijo: “si las abejas desaparecieran de la faz de la Tierra, a la humanidad le quedarían cuatro años de existencia”.

En Bolivia no tenemos consciencia ciudadana sobre la gobernanza metropolitana, no solo entendiendo a la unión urbana de varios municipios, si no a la incorporación de elementos estructurales que van más allá del conurbano; un intento de ello fueron las mancomunidades metropolitanas que no lograron una gobernanza clara en razón de la voluntariedad de su constitución frente a competencias cotidianas necesarias en favor de la población. Mientras, comprobamos que la vida mayoritaria de la población en ciudades y el crecimiento urbano no forman parte del debate político ni de la consciencia ciudadana. El bloqueo de caminos cotidiano, es una evidencia.

El Salvador, con sus seis y medio millones de habitantes viviendo en 21.041 km2, arroja 300 habitantes por km2; si planteáramos el absurdo que los 11.3 millones de habitantes de Bolivia se trasladaran a vivir al Departamento de Santa Cruz, tendríamos una cifra holgada de sólo 30 habitantes por km2., que, con una organización mínima, no tendría que generar ninguna dificultad. Planteado en esos términos, dónde sí debiéramos estar poniéndole atención es en qué haremos el año 2032 con 1 millón de km2, técnicamente sin habitantes, cuando los años 2023 y 2024 ya hemos importado 1.100 millones de dólares de productos de la tierra.

Mientras la falta de productividad rural, el abandono del campo y el crecimiento de las ciudades, no formen parte de las preocupaciones nacionales, no estaremos comprendiendo la dimensión de nuestro reto.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Carlos Hugo Molina

Abogado con especialidad en Derecho Constitucional y Administrativo por la UNAM

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