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Los políticos – siempre o casi siempre – usan su poder coyuntural de persuasión para justificar sus actos y ambiciones. De alguna u otra manera tuercen los contextos y venden narrativas inflacionadas. De ahí, la suprema importancia de ubicar a la historia en su debido lugar por su importancia y, sobre todo , por su memoria. Y si, además, recuperamos los hechos sucedidos con anterioridad con su debida precisión, habría una doble ganancia para la sociedad, para la cultura y para la, por supuesto, clase política.
La historia es un arsenal imperecedero de relatos y hechos que nos enseña cómo resolvieron los seres humanos sus impases más complejos y críticos como humanidad y nos revelan señales de cómo deberíamos evitarlas o, enfrentarlas.
Pero no lo hacemos.
De hecho somos porfiados y repetimos los errores y los descalabros uno detrás de otro. Como una rueda cuadrada a la que insistimos en hacerla girar, cuando todo indica que por sus puntas, dicha faena es baladí.
La guerra de Ucrania y las posteriores guerras que siguieron al 7 de octubre en Oriente Medio marcaron el final de un período excepcional de paz: más de 80 años arrojados por la borda por culpa de un conflicto bélico torpe con moho imperialista y con una nostalgia tan absurda que ahora su costo en vidas humanas y costos económicos son brutalmente gigantescos. No se ganó nada. Pero sí se perdió todo. Y aún la porfía es monumental.
La invasión de Ucrania no fue una nueva forma de ejercer y expandir el poder. De ninguna manera. Su ferocidad miope representa un intento burdo de reconstruir dinastías enterradas en el pasado – conductas de aquellos señores de la guerra, reyes y dictadores que consideraban rutinario liderar campañas bélicas sólo por egos y orgullos embotados -. El desorden habitual se ha reanudado, pero bajo un nuevo reino cuya velocidad cinética e interconexión es inexorable.
Antes, si se quiere, eran conflictos ajedrecistas. Verdaderos torneos entre dos naciones o dos coaliciones. Hoy son videojuegos con multijugadores; ahora son olimpiadas de poder en el que muchos jugadores son contendientes al mismo tiempo. Desde pequeños y medianos que compiten aguerridamente, sin ningún temor, por el poder junto a las ya caídas en desgracia y mal llamadas potencias. Irán le plantó cara al poderío militar norteamericano más grande del mundo y a las fuerzas israelíes combinadas. Zelensky ya lleva más de cuatro años golpeando y contraatacando. Y sigue atrincherado. Ya no hay imperios. Hay mini imperios. Pequeños jugadores que como puerco espines, punzan y provocan grandes sangrías.
Estamos caminando por el museo de las ideas desastrosas que antes y ahora, se cree que pueden ser cambiadas o mejoradas. Una vez más, las antiguas calumnias circulan por diversas sociedades bajo la imbecilidad de que se puede conseguir un resultado diferente.
Alemania – de nuevo – se rearma para hacer frente a la amenaza rusa. Japón se rearma para disuadir a China. Taiwan está en apronte. La guerra asola una vez más a Europa y Oriente Medio. No se aprendió un sorete de la historia y las amenazas de expansión territorial acechan al mundo.
Cuando uno se detiene a reflexionar sobre estas tendencias que rayan en la estulticia, resultan desconcertantes. Intentar retomar ideas desacreditadas y francamente trasnochadas del pasado es insultante. Son menos de 85 años y de nuevo los tambores resuenan en el horizonte. ¿Revivir tanta miseria humana, a sabiendas que la pérdida será inexorable?…¿Y hacerlo a tan poco tiempo de que esas nefastas ideas asolaron el mundo? ¿Qué está pasando?
Las democracias están en su peor momento. Como lo estuvieron en el pasado y no es casualidad que el autoritarismo vuelva a resultar atractivo en un momento en que confluyen dos fenómenos: las democracias liberales que luchan por satisfacer las necesidades de una parte importante de su ciudadanía, y la de las nuevas generaciones que recién alcanzaron la mayoría de edad, que sin ningún recuerdo de los horrores totalitarios del siglo XX, defienden y exigen gobiernos autocráticos. Para ellos es cool. Como lo fueron las camisas pardas, como lo fue la fracasada revolución cubana, como lo fue el comunismo junto a sus asesinos seriales en masa.
El fascismo y el comunismo ya no son símbolos de atrocidad, sino alternativas dinámicas a un presente anquilosado. Frustrados, muchos se sienten atraídos por los supuestos beneficios teóricos del autoritarismo, sin la experiencia ni la formación necesarias para comprender sus defectos reales e inevitables. No comprenden la relación entre sus ideologías modernas y transgresoras y los océanos de sangre que el fascismo y el comunismo derramaron por todo el mundo.
Vivimos en un contexto ahistórico donde la violencia política parece justificada y hasta quizás, incluso, atrevida y romántica. Hoy el fuego de la estupidez no tiene freno.



