OpiniónEconomía

La chanta economía de las apariencias

Pablo Mendieta Ossio

Economista en el campo de políticas públicas

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“Chanta” es una palabra usada en Argentina para describir a alguien que aparenta saber más de lo que realmente sabe o presenta como sólido algo que tiene bastante menos sustento. No necesariamente se trata de un estafador; puede ser un charlatán.

Corremos el riesgo de convertir nuestros centros de enseñanza en fábricas de “chantas” cuando aumentamos la cantidad de educación sin mejorar su calidad.

Durante muchos años hemos medido el avance educativo contando cuántos niños están educándose y cuántos años de estudio tiene en promedio la población. Pero queda una pregunta incómoda: ¿estudiar más significa necesariamente aprender más?

Esa es la inquietud detrás de “Chantanomics”, una investigación donde analizo la cantidad y la calidad de la educación y su relación con la productividad. Su punto de partida es intuitivo: una persona puede pasar muchos años en aulas, obtener títulos y, aun así, no adquirir las capacidades que uno esperaría de esa formación.

El razonamiento económico es sencillo. Pensemos en dos profesionales que tienen exactamente el mismo título: uno estudió, se preparó y realmente sabe hacer su trabajo; el otro hizo apenas lo suficiente para obtener la credencial.

Si las empresas pueden distinguir fácilmente entre ambos, el primero tendrá más posibilidades de recibir una mejor remuneración. Pero si nadie puede diferenciarlos bien, aparece una pregunta incómoda: ¿para qué esforzarse tanto?

Ahí surge el “chanta”: alguien que puede presentarse como calificado, aunque sus capacidades sean inferiores. Cuando el conocimiento verdadero es difícil de verificar y premiar, disminuyen los incentivos para invertir esfuerzo en aprender.

Lo siguiente que hice fue comprobar si esta idea tiene algún respaldo en la realidad. Para ello, comparé 127 economías y pregunté si aquellas donde los estudiantes aprenden más también tienen trabajadores más productivos.

¿El resultado? Tanto la cantidad como la calidad de la educación importan, pero cada una contiene información distinta sobre la productividad de los países. Los países donde la población estudia más tienden a mostrar una mayor productividad. Pero incluso comparando economías con niveles similares de escolaridad, aquellas donde existe mayor aprendizaje presentan también una mayor producción por trabajador.

¿Y Bolivia? Nuestro país no tiene datos que nos permitan saber cómo evolucionó la calidad del aprendizaje durante las últimas décadas. Sabemos relativamente bien cuánto aumentaron los años de estudio, pero mucho menos cuánto aumentaron los conocimientos y habilidades adquiridos.

Utilizando la evaluación realizada en 2017 y mediciones referenciales previas encuentro que hay una brecha entre cuánto estudiamos y cuánto pareciera que aprendemos. Aplicando de manera ilustrativa la relación internacional, cerrar esa diferencia estaría asociado con una productividad por trabajador alrededor de 13% mayor. Nuevamente, eso no significa que el PIB aumentaría automáticamente en esa magnitud, pero sí ayuda a dimensionar el posible costo económico de acumular años de educación sin un avance proporcional en aprendizaje.

¿Qué hacer frente a ello? La primera respuesta es casi demasiado obvia: medir. Las pruebas internacionales son útiles como referencia, pero no sustituyen un sistema nacional que permita saber regularmente si nuestros estudiantes realmente están aprendiendo.

Medir tampoco es suficiente por sí solo. La información debe servir para identificar dónde están los problemas, evaluar qué políticas funcionan y orientar los recursos hacia aquellas intervenciones que efectivamente mejoren el aprendizaje.

Finalmente, evaluar. En el caso de empresas, es crucial no sólo estar atento a títulos, retórica y fama, sino a las habilidades que tienen nuestros colaboradores. Y en el caso de la población, debemos valorar en serio la capacidad de todos nuestros gobernantes, de los menos a más importantes.

Al final no necesitamos solamente más años de educación. Necesitamos mejores años de educación.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Pablo Mendieta Ossio

Economista en el campo de políticas públicas

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