Escucha la noticia
La corrupción política y sus múltiples manifestaciones negativas, se ha convertido en un “cáncer” transversal que amenaza al Estado y a los Estados. Este fenómeno se encarga de degradar sistemáticamente las instituciones democráticas, la sociedad, el desarrollo sostenible de los pueblos y los valores esenciales de nuestra civilización. Se trata de una amenaza real para los valores de la democracia, la ética y la justicia, y el sistema político nacional e internacional.
Los sucesivos hechos de corrupción en Bolivia han minado la legitimidad del gobierno, el legislativo, el poder judicial y las instituciones democráticas. De hecho, cuando los funcionarios públicos persiguen sus propios intereses entran en conflicto rápidamente con los intereses de la sociedad y de la gestión pública. Ello produce un desbalance de autoridad entre instituciones públicas, en primera instancia, y entre el Estado y la sociedad civil, en segunda instancia. Estos conflictos llevan a deslegitimar al gobierno y, en el caso extremo, a la desobediencia civil y violencia que caracteriza muchos regímenes latinoamericanos.
La corrupción generalizada también degrada la igualdad política, porque discrimina en contra de los grupos más pobres que no pueden pagar sobornos a los funcionarios corruptos. También permite la expansión de la delincuencia y el crimen organizado. El poder corruptor del narcotráfico parece universal y tiene grandes aliados ―el lavado de dinero, tráfico de armas, oro, trata de personas, etc.― y existe no sólo en los países periféricos, sino también en los Estados altamente industrializados. De hecho, el traslado de millones de dólares para las transacciones no se hace en cajas fuertes ni en los cajones o escritorios de un empleado de banco, sino mediante el sistema financiero nacional e internacional.
Pero el narcotráfico no sólo contamina el modelo económico, político y social, sino también distorsiona fundamentalmente los principios y los valores de la sociedad. Se trata de una combinación diabólica en la cultura nacional que introduce una nueva droga más dañina que todas las “drogas” juntas: el dinero fácil y el menosprecio por la vida humana. Esta cultura del dinero fácil ya se había impuesto en otros países Latinoamericanos, seriamente afectados por el narcotráfico. En Colombia, la corrupción institucionalizada, le permitió a Pablo Escobar desafiar y medirse de igual a igual con el propio Estado, y generar toda la violencia que ello conlleva.
Según García Márquez, Colombia no había sido consciente de su importancia en el tráfico mundial de drogas mientras los narcos no irrumpieron en la alta política del país, por la puerta de atrás, primero con su creciente poder de corrupción y soborno, y después con aspiraciones propias (GARCÍA MÁRQUEZ, G. Noticia de un secuestro, Bogotá, editorial Norma, 1996). En realidad, los narcotraficantes habían impuesto una ley que no tiene término medio: “o estás con nosotros o mueres”. La clase dirigente antes complaciente, de pronto apareció espantada y sin capacidad moral para hacerse escuchar en el concierto internacional.
La situación se complica mucho más en Bolivia, porque gran parte de la economía depende de los ingresos que genera el narcotráfico. En buenas cuentas, el sistema económico-financiero nacional e internacional parece haberse convertido en el gran adicto del negocio de las drogas. Es que el narcotráfico es la empresa transnacional más poderosa y mejor organizada del mundo. Tiene tanto poder económico que puede corromper e infiltrarse fácilmente en las instituciones del Estado, la clase dirigente y los sistemas políticos.
En la presentación de un libro del investigador Roger Cortez, el expresidente Carlos Mesa Gisbert, reconocía que “el negocio del narcotráfico tiene tal dimensión, mueve tal cantidad de miles de millones de dólares, involucra a tal cantidad de Estados, está infiltrado de tal manera en las altas esferas de poder de naciones ricas y pobres, abarca un mercado mundial de tal magnitud…” También envenena a tal cantidad de seres humanos, que desafía el corazón del sistema de una manera contundente, pone en tela de juicio los valores de la sociedad moderna y refleja los elementos más hondos de una crisis y un desmoronamiento, capaz de conducir a millones de personas a la autodestrucción ante la evidencia de un mundo que muchas veces parece que no vale la pena de ser vivido.
*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo



