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La institucionalidad cultural en el limbo

Lupe Cajias

Periodista e historiadora

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En la primera semana de este año, escribí (ingenua) que: “los nombramientos en el área de la gestión cultural bajo el gobierno de Rodrigo Paz Pereira son los mejores augurios para este 2026. Al menos cuatro de los nuevos responsables son personas experimentadas en organizar políticas culturales y eventos que trascienden la esencia del pensamiento y de la creación de los bolivianos”.

Se recategorizó la Cartera de Culturas, que había sido deformada con las tareas ideologizadas de “descolonización” y “despatriarcalización”, al convertirla en Ministerio de Turismo Sostenible, Culturas, Folklore y Gastronomía. Parecía que, finalmente, la Economía Naranja se abría paso y con perspectivas de alianzas público-privadas y una hoja de ruta oportuna.

La mayoría de las expresiones culturales nacionales provocan autoestima en los bolivianos, hasta patriotismo y chauvinismo. Además, atraen la mirada (y las inversiones) externas por su originalidad. El turismo, con el Salar de Uyuni como eje de distribución, es otro pilar para mirar el futuro.

La gastronomía es un fenómeno reciente que refleja el trabajo intenso de la sociedad civil desde inicios de este siglo. Se ha transformado en un destino turístico para disfrutar sabores fusión, alimentos saludables, acceder a los llamados “super granos”, compartir en ambientes placenteros.

Los lejanos frutos amazónicos llegan a las mesas finas; el café con premios internacionales; los vinos y singanis del sur; las ferias temáticas. La Paz es líder con decenas de propuestas, donde los jóvenes (mujeres) apuestan por visiones de vida.

Una dinámica que une a un campesino de Baures con una fábrica de chocolates en Sucre y alienta la industria con demandas diversas, desde cajas y papeles finos, laboratorios de calidad, publicidad, mercados internacionales. Placer.

A pesar de la falta de gasolina y de diésel, los productores y los industriales no dejaron vacía la mesa boliviana, con sus panes, quesos, embutidos, pastas, cereales.

Hubo aplausos desde varios frentes. Esperanza.

Al paso de los meses, el entusiasmo se fue apagando. El primer golpe lo protagonizaron la ministra Cinthya Yáñez y el canciller Fernando Aramayo cuando abrieron el telón de su gestión con el retorno de los turistas israelitas (la mayoría con experiencia en el servicio militar y las guerras, ahora genocidio). No hubo otra conferencia similar para anunciar cuántos turistas coreanos o japoneses llegarían a Bolivia, cómo se mejoraría el servicio en Migración, en Aduanas, los escritorios de las (pocas) líneas aéreas en los aeropuertos.

Los logros en el primer semestre fueron desde las asociaciones, como en el Carnaval de Oruro, que atrajo a 6.000 visitantes VIP y generó millones de dólares, donde decenas de comercios, hoteles, restaurantes, industriales, vendedores informales ganaron dinero. Los plagios peruanos o chilenos se caen solos porque Oruro es inimitable.

Entre abril y julio (temporadas medias y altas), el bloqueo irresuelto por semanas generó pérdidas millonarias y la postergación inédita de la fiesta del Gran Poder, recuperada por el esfuerzo de sus devotos. El 8 de julio renunció Yáñez.

Como regalo al aniversario patrio, Paz anunció el reemplazo del ministerio por una “agencia de turismo”, provocando una avalancha de críticas desde los gestores, los artistas y las cámaras de turismo, que recordaron el fracaso de un intento similar en el gobierno del MAS. El viceministro Andrés Zaratti detalló en su carta de renuncia el daño irreparable a la gestión cultural nacional. Meses después no es posible identificar si existe o no esa agencia y qué hace.

El cierre no parece casual. Una porción pasó a la Cancillería, donde Aramayo sigue con poder (a lo que se suma lo que pasó con la vicepresidencia y con programas de difusión histórica). La cultura es una de las herramientas aborrecidas por el pensamiento MAGA. Donald Trump quiere apoderarse del Centro Kennedy para las Artes Escénicas. Javier Milei cortó el apoyo estatal al cine argentino y cerró los originales canales de financiación que tenía el Instituto de Teatro. Giorgia Meloni promueve una “narrativa nacionalista y cristiana” para romper con lo que llama la “hegemonía cultural de las izquierdas”.

En vísperas del primer año del gobierno de Paz, con el Estado vaciado, la cultura camina errática. ¿Está o no está dentro de la Cancillería, es agencia o no, funciona como viceministerio, cómo se pasaron sus presupuestos?

En la alcaldía paceña la Secretaría de Cultura está acéfala. Primero nombraron a una masista con cero experiencia en la gestión cultural local, que renunció por un escándalo de corrupción internacional. Tampoco duró otra funcionaria con una trayectoria amplia y experiencia de 20 años en trabajos culturales públicos y privados y con un programa de trabajo. Hace semanas que no eligen a nadie.

En el trayecto quedan asuntos en el limbo, como el retorno de piezas culturales aprobado por el gobierno sueco, o el caso del Museo Arqueológico, que depende ahora de la Cancillería (¿?), o la entrega del Cóndor de los Andes a la Sociedad de Investigación de Arte Rupestre de Bolivia, fundada en 1987 por el especialista alemán Matthias Strecker y otros expertos que luchan por preservar el patrimonio arqueológico boliviano.

Es difícil esperar que un gobierno de ultraderecha escuche la voz de los artistas.

La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Lupe Cajias

Periodista e historiadora

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