OpiniónInternacional

La izquierda chilena y el síndrome nicaragüense

Jorge Gómez

Investigador Senior de la Fundación para el Progreso de Chile.

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Daniel Ortega es el fiel reflejo de los efectos nefastos que ha tenido en los últimos lustros el resurgir de los delirios revolucionarios entre las izquierdas latinoamericanas. Un proceso de degeneración marcado por el auge del socialismo del siglo XXI a manos de Hugo Chávez en Venezuela, que también ha marcado la deriva reaccionaria de la izquierda chilena en los últimos años y ha provocado lo que algunos, como Renato Garín, bien han denominado como la desrrenovación de la izquierda chilena.

José Rodríguez Elizondo, en su libro de 1995 «Crisis y Renovación de las izquierdas», planteaba que la revolución en Nicaragua estaba marcada por la una especie de esquizofrenia política, donde se tensionaba una personalidad maximalista y autoritaria frente a una personalidad pragmática y pluralista. No se refería a personas específicas sino a lo que en Chile se entiende como las “almas de la izquierda”. Claramente, en Nicaragua se ha impuesto el delirio revolucionario a manos de Ortega.

En Chile, esas dos almas, maximalista y pragmática, tomaron caminos separados con el retorno a la democracia en 1990 y se mantuvieron separadas hasta el segundo gobierno de Michelle Bachelet, cuando se incluye al Partido Comunista en la llamada Nueva Mayoría. Aquello implicó el fin de la Concertación en tanto centroizquierda pragmática y moderada, junto con la creciente inoculación del maximalismo de una izquierda cada vez más radicalizada, surgida al alero del asambleísmo estudiantil y cuyas nuevas camadas coqueteaban abiertamente con regímenes autoritarios ligados al socialismo del siglo XXI.

En 2013 por ejemplo, la ahora vocera de gobierno, Camila Vallejo, decía que debíamos seguir la tarea de Chávez en Chile, mientras el ahora Presidente, Gabriel Boric, apoyaba la elección de Nicolás Maduro e invitaba a seguir profundizando la revolución bolivariana. Todo eso aunque desde 2005 era clara la deriva autoritaria del chavismo en Venezuela. Ese mismo año 2013, Karol Cariola se fotografiaba con Daniel Ortega diciendo que «América Latina avanzaba a paso firme». ¿Hacia dónde? Bueno, claramente los regímenes en Nicaragua y Venezuela muestran una ruta similar hacia el autoritarismo. Es decir, muestran el predominio del autoritarismo bajo la vieja retórica revolucionaria.

La pleitesía de Vallejo, Boric o Cariola con el autoritarismo revolucionario de sujetos como Chávez u Ortega no fue producto de la inmadurez o el infantilismo juvenil. Era el reflejo de la extensión del ilusionismo revolucionario a todo espectro de la izquierda chilena. Algo que esencialmente sobrevivía de forma marginal en la llamada izquierda extra parlamentaria y en grupos minúsculos más bien testimoniales, se incubó por años al interior de las propias élites concertacionistas, entre sus propios hijos.

El Frente Amplio no es otra cosa que el producto del ilusionismo revolucionario incubado entre jovenzuelos privilegiados gracias a la modernización reciente, ligados a las altas esferas del poder político de la centroizquierda. Cómo olvidar los cánticos de los dirigentes de la FEUC cuando se decían hijos de Fidel, Chávez y Che Guevara. Cómo olvidar que la propia Michelle Bachelet, ante el nacimiento del Frente Amplio, los describió años atrás como «hijos de la Concertación». Cómo olvidar que Giorgio Jackson, cuyo partido refleja en su nombre esa esquizofrenia de la izquierda chilena, resultó electo gracias a la ayuda concertacionista a la cual luego menosprecio moralmente.

Es claro que la izquierda chilena sufre del síndrome sandinista que describía Rodríguez Elizondo. Esto se expresó con fuerza durante la borrachera octubrista donde predominó el maximalismo, la validación de la violencia como medio de acción política y una serie de juicios destemplados respecto a lo hecho durante 30 años de predominio concertacionista. El contagio fue tal en los partidos de la propia Concertación que varios antiguos dirigentes poco menos que pedían perdón o renegaban de lo hecho cuando gobernaban. Pero el tema no es un asunto generacional o de edades, pues varios viejos concertacionistas simplemente se alinearon rápidamente con los delirios revolucionarios del octubrismo, sin mediar las consecuencias de aquello.

«Como una ironía, la situación en Nicaragua recrudece el síndrome sandinista que sufre la izquierda chilena puesto que, se supone, el respeto a los DD.HH. no debería estar sujeto a criterios tácticos sino axiológicos».

Como era esperable, el predominio del maximalismo con delirios revolucionarios también fue apreciable durante la Convención Constitucional. El mote «socialismo democrático» surge para diferenciarse de los maximalistas que pululaban en el proceso ligados a la Lista del Pueblo y otros colectivos. Sabemos en qué terminó todo aquello. Pero la centroizquierda ya estaba contagiada del ilusionismo revolucionario en su propio seno. Un ejemplo visual claro es Paulina Vodanovic, presidenta del PS, intentando hacer cantar «El Pueblo Unido» después del triunfo apabullante del Rechazo entre unos alicaídos dirigentes frenteamplistas y comunistas.

El síndrome sandinista de la izquierda chilena se evidencia en las oscilaciones entre el Boric de primera vuelta y el Boric de segunda vuelta. Entre un Frente Amplio que desprecia a la Concertación por neoliberal y un Frente Amplio que se declara heredero de la Concertación. Todos vaivenes tácticos a cambio de votos (aunque lo vendan como una prueba de nobleza o madurez) a los cuales la centroizquierda, o una parte de ella, se ha sometido de forma más bien sumisa, sin ser capaz de rechazar con fuerza el delirio revolucionario.

Como una ironía, la situación en Nicaragua recrudece el síndrome sandinista que sufre la izquierda chilena puesto que, se supone, el respeto a los DD. HH no debería estar sujeto a criterios tácticos sino axiológicos. No obstante, lo que evidencia el caso nicaragüense es que al interior de la izquierda chilena, sobre todo al interior de la coalición gobernante, algunos verán esto siempre desde el punto de vista estratégico y por tanto instrumental. Así, mientras el Presidente Gabriel Boric condenó lo hecho por Daniel Ortega contra opositores, tachándolo de dictador, su otrora compañero en las primarias presidenciales, el comunista Daniel Jadue, salió a defender a Ortega, mientras el diputado Boris Barrera, comunista adepto al chavismo, se reunió con un alto funcionario del servicio exterior nicaragüense en Chile para «informarse de la situación».

La esquizofrenia política en la coalición de gobierno es más que evidente.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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Jorge Gómez

Investigador Senior de la Fundación para el Progreso de Chile.

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