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III
El problema que aparece antes de la computadora: cálculo económico y valoración subjetiva
Existe, además, una dificultad más profunda que Sandbu prácticamente deja fuera de su análisis.
Hayek no fue el primero en formular el problema del socialismo. Años atrás, Ludwig von Mises había planteado una objeción distinta, pero a la vez complementaria. El problema de la planificación no consistía solamente en reunir información, sino en realizar cálculo económico. Para entender la diferencia debemos volver a algo elemental: los recursos son escasos y tienen usos alternativos.
Supongamos, llevando el argumento de Sandbu hasta sus últimas consecuencias, que entregamos a una super-IA información perfecta sobre todos los datos existentes. Conoce cada mina, fábrica, trabajador, máquina e inventario. Conoce todas las tecnologías disponibles. Sabe cuántas toneladas de cobre existen y cuánto cuesta físicamente transportarlas de un lugar a otro.
Todavía queda por resolver qué hacer con ese cobre: ¿Debemos utilizar una tonelada adicional de cobre en redes eléctricas, automóviles, centros de datos, viviendas, hospitales o alguna combinación entre ellos? ¿Cuánto consumo presente debemos sacrificar para aumentar la producción dentro de diez años? ¿Vale la pena utilizar recursos escasos en un proyecto innovador con una probabilidad considerable de fracasar? No existe una respuesta puramente tecnológica a esas preguntas.
Una computadora puede calcular con extraordinaria precisión las distintas formas de utilizar un bien o recurso escaso. Pero primero necesita algún criterio que le permita determinar qué resultado es preferible y qué valor relativo debe atribuir a alternativas incompatibles. Aquí aparece una cuestión que el debate sobre la capacidad informática suele olvidar: el valor económico no está contenido objetivamente en las cosas. El agua puede valer casi nada junto a un río y muchísimo para una persona perdida en el desierto. Una segunda botella puede valer menos que la primera. Una décima puede no tener prácticamente ningún valor adicional. Una persona puede preferir consumir hoy. Otra puede sacrificar consumo presente para disponer de más recursos mañana.
Esos son: valor subjetivo, utilidad marginal y preferencia temporal. El problema no consiste en que una máquina sea incapaz de procesar información sobre esas valoraciones. Puede hacerlo, y seguramente cada vez mejor. El problema es que esas valoraciones pertenecen a los agentes económicos y adquieren relevancia económica mediante sus elecciones concretas.
Una super-IA podrá conocer nuestras compras anteriores, movimientos, búsquedas, ingresos y hábitos. Probablemente podrá inferir nuestras preferencias y predecir nuestras decisiones con una precisión cada vez mayor. Pero inferir o predecir una elección, incluso con elevadas probabilidades de éxito, no es lo mismo que realizarla. Puedo afirmar que quiero una casa. Eso proporciona poca información económica. Algo diferente ocurre cuando debo decidir si quiero esa casa lo suficiente como para entregar por ella 200.000 dólares que me pertenecen y renunciar a todas las demás cosas que podría hacer con ese dinero.
Es aquí donde la propiedad privada cumple una función económica que va mucho más allá de cualquier defensa moral de la propiedad. Obliga a las personas a enfrentar costos de oportunidad reales. Para obtener algo deben renunciar a otra cosa. Mediante el intercambio, esas valoraciones subjetivas se encuentran con las valoraciones de otras personas. De ese proceso emergen precios. Y esos precios permiten comparar usos radicalmente diferentes de los mismos recursos.
Aquí aparece la cuestión central planteada por Mises.
IV
Propiedad privada y planificación central en la era de la IA
La planificación central de los medios de producción (ya sea analógica, algorítmica o con una super-IA) exige, por definición, desplazar al menos parcialmente las decisiones de sus propietarios al órgano decisor. Si el propietario conserva la facultad de decidir qué producir, con quién contratar, qué comprar, qué vender y a qué precio, seguimos esencialmente dentro de un orden de mercado. Si esas decisiones pasan al planificador, sea éste un funcionario o una super-IA, los derechos de propiedad se reducen en esa misma medida y, con ellos, los intercambios que permiten formar precios de mercado para los medios de producción.
La secuencia del argumento de Mises es sencilla: sin propiedad privada sobre los medios de producción no existe un verdadero mercado para ellos; sin mercado no se forman precios que expresen sus valoraciones relativas; y sin esos precios no existe una unidad de cálculo que permita comparar racionalmente los innumerables usos alternativos de recursos escasos.
Una super-IA podría conocer las características físicas de cada recurso, calcular millones de combinaciones posibles y anticipar sus consecuencias con una precisión extraordinaria. Pero una mayor capacidad de procesamiento no resuelve por sí misma este problema. El punto de Mises nunca fue que el planificador careciera de suficiente capacidad para hacer cálculos, sino que, al sustituir la propiedad y el intercambio, elimina progresivamente los precios que necesita para realizar el cálculo económico.
No basta entonces con que una IA pueda calcular millones de veces más rápido que un ser humano. Debe disponer de aquello sobre lo cual calcular. Por eso Mises y Hayek deben leerse conjuntamente: Hayek explica por qué el conocimiento relevante se encuentra disperso, es parcialmente tácito y cambia constantemente. A su turno, Mises agrega una cuestión diferente: aun si concediéramos al planificador una capacidad extraordinaria para reunir y procesar información, el cálculo económico necesita precios formados mediante intercambios entre propietarios que deciden sobre recursos escasos.
La secuencia completa es importante: valor subjetivo, utilidad marginal, elección, propiedad, intercambio, precios y cálculo económico. Esa secuencia no puede reducirse simplemente a un problema de capacidad computacional. La inteligencia artificial puede observar ese proceso, aprender de él y mejorar las decisiones de quienes participan. El problema aparece cuando se pretende sustituir el proceso y, al mismo tiempo, asumir que las magnitudes económicas que éste producía seguirán existiendo independientemente de él.
V
La información que produce el mercado
Esto conduce a una dificultad adicional: ¿de dónde obtendría la super-IA la extraordinaria información que Sandbu imagina?
De precios, compras, ventas, inventarios, decisiones de inversión, movimientos de capital, elecciones de consumidores, éxitos y fracasos empresariales y millones de otras interacciones. Es decir, en gran medida, del propio proceso de mercado.
La IA puede observar que millones de consumidores abandonan un producto. Puede descubrir la tendencia mucho antes que cualquier analista. Puede anticipar una escasez, encontrar ineficiencias logísticas o identificar una oportunidad empresarial que ningún ser humano había advertido. Puede relacionar millones de decisiones aparentemente inconexas y extraer de ellas información que ningún participante individual posee.
Todo eso puede hacer al mercado mucho más eficiente. Pero existe una diferencia fundamental entre utilizar inteligencia artificial para interpretar las señales producidas por millones de decisiones independientes y eliminar esas decisiones para sustituirlas por una asignación central.
Aquí aparece la gran paradoja. La super-IA necesita del proceso de mercado que pretende sustituir. Su extraordinaria capacidad predictiva se alimenta de información generada por personas que eligen, intercambian, invierten, ahorran, consumen, innovan, aciertan y se equivocan. Los precios, las cantidades y los patrones que procesa no aparecen de la nada: son el resultado de esas decisiones. Naturalmente, podría intentar sustituir esas señales por precios sombra, preferencias inferidas o simulaciones contrafactuales. Pero entonces ya no estaría observando valoraciones reveladas mediante intercambios reales, sino estimando las decisiones que los individuos habrían tomado.
Ahora bien, si transferimos progresivamente esas decisiones a la super-IA, modificamos también el proceso que genera su información. Habrá menos decisiones independientes que observar, menos intercambios de los cuales extraer valoraciones y, si la planificación alcanza los medios de producción, menos precios genuinos sobre los cuales realizar cálculo económico.
Se genera así una suerte de círculo vicioso. Cuanto más sustituye la IA al mercado, más debilita la fuente de información que necesita para sustituirlo. Y cuanto más intenta compensar esa pérdida mediante nuevas estimaciones, simulaciones y predicciones, más depende de inferencias sobre las decisiones que los individuos habrían tomado si todavía hubiesen podido decidir por sí mismos.
Naturalmente, una super-IA podría intentar reproducir esos mecanismos. Podría permitir elecciones descentralizadas, modificar precios conforme cambia la demanda, introducir competencia por recursos, experimentar con diferentes asignaciones y reasignar recursos según los resultados.
No veo ninguna razón para descartar tecnológicamente esa posibilidad.
Pero entonces surge un dilema interesante. Cuantos más mecanismos incorpora el sistema para volver a generar la información que perdió (elecciones descentralizadas, precios variables, competencia, experimentación, ganancias y pérdidas), más se aproxima precisamente al proceso que pretendía sustituir. Y si además conserva derechos de propiedad e intercambio voluntario, la distancia respecto de una economía de mercado empieza a reducirse considerablemente.
Esto no significa que la inteligencia artificial sea irrelevante para el viejo debate. Todo lo contrario. Sandbu acierta al obligarnos a abandonar una defensa demasiado sencilla de Hayek. Ya no resulta convincente afirmar que la planificación fracasará simplemente porque ningún gobierno puede reunir suficientes estadísticas o porque ninguna computadora puede procesarlas. La inteligencia artificial está reduciendo rápidamente esas limitaciones y puede hacer posibles grados de coordinación que hace apenas algunas décadas parecían inimaginables.
También hará posible una mejor planificación dentro de empresas y gobiernos. Permitirá administrar redes, infraestructura, inventarios o cadenas logísticas con mucha mayor precisión. Ayudará a consumidores, empresarios e inversionistas a tomar decisiones mejor informadas.
El argumento liberal no necesita negar nada de esto.
Pero existe una distancia importante entre afirmar que la IA mejora extraordinariamente la capacidad de planificación y concluir que puede sustituir el mecanismo de mercado para una economía en su conjunto. El mercado no es simplemente una computadora rudimentaria utilizada por falta de una computadora mejor. Es también un proceso de descubrimiento.
El conocimiento relevante está disperso, parte de él es tácito y otra parte todavía no existe. Las preferencias son subjetivas y cambiantes. Los individuos valoran de manera distinta el presente y el futuro. La propiedad hace que sus elecciones tengan consecuencias. Y el intercambio confronta esas valoraciones y los precios que emergen permiten realizar cálculo económico sobre recursos con usos alternativos. La inteligencia artificial puede procesar cada vez mejor la información que ese proceso genera. Lo que no ha demostrado es que pueda sustituir el proceso que la genera.
Por eso, Sandbu plantea una objeción importante que merece incorporarse al viejo debate, pero no lo clausura. La pregunta relevante ya no es si una autoridad central puede reunir y procesar cantidades suficientes de información. Cada vez resulta más plausible que pueda hacerlo. La pregunta es otra: si una mayor capacidad para procesar información permite prescindir del proceso mediante el cual esa información se descubre.
La inteligencia artificial puede conocer cada vez mejor el mercado, aprender de él y mejorar las decisiones de quienes participan. Pero de esa capacidad no se sigue que pueda reemplazar el proceso que genera buena parte del conocimiento sobre el cual ella misma opera. Por ahora, la conclusión parece bastante menos revolucionaria que la que propone Sandbu: la inteligencia artificial puede hacer mucho más poderoso al mercado. No ha demostrado que pueda hacerlo innecesario.
Fuentes bibliográficas
Hayek, Friedrich A. (1945). “The Use of Knowledge in Society”. The American Economic Review, vol. 35, n.º 4, pp. 519–530. Disponible en: https://www.econlib.org/library/Essays/hykKnw.html
Huerta de Soto, Jesús (2020). Socialismo, cálculo económico y función empresarial. 6.ª ed. Madrid: Unión Editorial.
Mises, Ludwig von (2015). Burocracia: gestión empresarial frente a gestión burocrática. 2.ª ed. Madrid: Unión Editorial.
Mises, Ludwig von (2019). El socialismo: análisis económico y sociológico. 8.ª ed. Madrid: Unión Editorial.
Mises, Ludwig von (2020). La acción humana: tratado de economía. 13.ª ed. Madrid: Unión Editorial.
Sandbu, Martin (2026). “Could AI revive the socialist dream?”. Financial Times, 29 de agosto de 2026. Disponible en: https://www.ft.com/content/cd3fcbff-8512-41cf-90eb-f87840c7c20c?syn-25a6b1a6=1
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