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La vida sin Dios… ¿más fácil y más feliz?

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El escritor y filósofo suizo, Alain de Botton, ateo declarado, ha imaginado una sociedad verdaderamente secular, incorporando sí, ideas de la religión, a través de una “religión para ateos”. Botton reconoce que los no creyentes se pierden muchas de las ventajas de pertenecer a una fe. De ahí que propusiera rescatar de las religiones, consignas sobre cómo construir un sentido de comunidad, hacer que nuestras relaciones perduren, superar los sentimientos de envidia, etc. Esto, con el fin de no terminar abrazando “doctrinas peculiares”. Y es que ya lo decía Chesterton, “Cuando un hombre deja de creer en Dios, no es que deje de creer en nada, sino que empieza a creer en cualquier cosa”.

 

En una reciente columna hallé este párrafo: “en estos tiempos en que la religión, sobre todo en el epicentro del mundo occidental, ya no juega un rol preponderante, se han desmontado una serie de tabúes que han hecho la vida más fácil o más feliz a las personas”.

 

Varios estudios científicos coinciden, no obstante, en que, en comparación con los creyentes, quienes carecen de fe tienen menores probabilidades de gozar de buena salud y felicidad. Esas investigaciones, presumo, observan dos elementos que ayudan a alcanzar algo de bienestar: tener un propósito trascendente -que evita el vacío existencial- y contar con una comunidad firme. El sociólogo de Harvard, Chaeyoon Lim, anota que “parece haber algo especial en tener amigos en la iglesia”.

 

Aquel artículo de opinión trataba sobre la eutanasia aplicada hace unos días en Barcelona a la joven Noelia Castillo, quien tuvo una dura infancia y estaba diagnosticada con trastornos siquiátricos, agudizados por abusos y agresiones sexuales que la condujeron a un intento fallido de suicidio que la dejó parapléjica.

Puedo entender a aquellos que no vieran otra salida (existen casos en los que no hay vuelta). Sin embargo, la respuesta verdaderamente humana ante el sufrimiento no debería ser provocar la muerte, sino ofrecer cercanía, acompañamiento y cuidados. Aunque pensar esto me inclina a darle la razón a quien afirma que los no obligados a obedecer mandamientos (que no simples preceptos morales), la tienen más fácil, pues no sienten culpa al abandonar al prójimo.

En Bolivia, como en varios países de Latinoamérica y en España, el catolicismo es aún fundamental en la vida de la mayoría. Aquí, el 95% profesa algún credo cristiano (un 75% el católico). Entonces, los que ven en el nihilismo europeo en boga una escuela a seguir, tendrán que esperar un buen rato para que la religión se diluya como los glaciares.

De hecho, el intelectual paceño Ernesto Bascopé escribió un post a propósito de la Semana Santa, en el que compartía, con cierto entusiasmo -desde su agnosticismo discreto y bien madurado- los datos que anunciaban que “los esfuerzos por erradicar la fe no están dando resultados”. Y que pese a que es cierto que Europa parece perdida y algunos lugares del continente americano siguen el mismo camino, el número de creyentes se multiplica en Asia y África.

La sociedad occidental, coincide el teólogo Marcelo Miranda, se encuentra en una crisis cultural y moral: “Occidente padece la incapacidad de otorgar sentido al sufrimiento humano”. Por eso no comparto eso de que “la humanidad es más generosa hoy que nunca antes” o que “la sociedad occidental, fundada sobre las bases del cristianismo, se ha superado a sí misma”.

Si San Agustín, uno de los arquitectos de la filosofía europea; Santo Tomás de Aquino, que logró una síntesis fenomenal entre la razón aristotélica y la fe cristiana; o el fraile franciscano Guillermo de Ockham, representante máximo del nominalismo leyeran tales afirmaciones se revolcarían en sus tumbas.

Y qué sentiría -con esas premisas sobre la superación de las bases cristianas- ese párroco de algún pueblo en Andalucía, Tegucigalpa u Oruro, que trabaja con grupos de adolescentes drogadictos en rehabilitación; conversa a diario con mujeres abusadas, y participa de velorios en los que papás y hermanos encuentran en sus palabras la luz para continuar.

Presumo que los optimistas que ven un desgaste sin retorno de lo cristiano se frustrarían al ver a quienes, extasiados, se bancan kilómetros de caminata para llegar a la Catedral de Santiago de Compostela; al saber que la ciudad francesa del santuario de Lourdes es la segunda más visitada después de París, o que millones de peregrinos abarrotan Fátima en Portugal cada año. Tal vez en Europa el cristianismo no está del todo desaparecido, ni sus preceptos completamente desmontados…

El piloto de la misión Artemis II de la NASA, Victor J. Glover, llevó -entre los pocos objetos- a su viaje espacial una Biblia; y rezó en esos minutos en los que la nave, detrás de la Luna, perdió contacto con la Tierra. Él, como el resto de su equipo, conocía las condiciones extremas que atravesarían: temperaturas de 2800°C y velocidades mayores a los 40.000 km/h. Pero él gozaba de una ventaja: su confianza absoluta en Dios. Cargaba consigo la esperanza. Esa palabra que, a diferencia de su sentido secular, supone en el cristianismo “un don infundido por Dios en el alma”, y que a los creyentes (en lo íntimo, en la práctica, en la ocasión desesperada, o en la devoción) nos acerca a la felicidad o, en el peor de los casos, a la resignación. Así que por ello a los religiosos quizás, hasta nos dure menos la desdicha.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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