Opinión

Los reinos que vivimos

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“El conocimiento de la existencia los gulags y pogromos en la entonces esfera comunista de la Unión Soviética, dejaba escaso margen para la duda sobre esa realidad o para contemplación acrítica del rumbo de la Revolución Cubana, más allá de los logros de sus primeros años, y los mitos ideológicos-mediáticos  en torno a sus más emblemáticas figuras.” Octavio Paz  

En el reino de los Cielos, no hay grandezas que conquistar, afirmó el cubano universal Alejo Carpentier, en su famosa novela, El Reino de este Mundo. Ubicó el escenario en el Haití revolucionario, entre 1790-1804, primer país de este continente en liberarse del yugo esclavista; también del colonial. Luego vendrían otros yugos aciagos como aquellos.  

Hoy Haití y el mundo miran conmovidos el magnicidio contra su presidente y Haití duele más que de costumbre por su recurrente deriva sin mejor destino, a pesar de que ahí, precisamente, Carpentier creó lo real maravilloso”, como patrimonio natural de esta América mestiza, toda mezclada: india, cobre, negra, blanca que crea y cree en milagros. Milagros pensados como cambios benévolos ante realidades dañinas, pues la historia humana está sometida a ciclos de opresión y liberación, quizás sin fin, escribió el autor. Cuando el personaje principal, el esclavo negro Ti Noel, reconoce desilusionado que el cambio para desterrar ese ciclo vicioso no llega, se transforma y escapa a los reinos de animales e insectos. No obstante, siempre esperará, como su coterráneo libertario, Tousaint L’Overture, que “retoñe el tronco del árbol de libertad”. Aun espera.

Es en El Reino de este Mundo, en el que existen otros reinos, donde el hombre, “agobiado de penas y tareas”, puede alcanzar “su grandeza, su máxima medida”, afirmó Carpentier.  Es aquí en la tierra, donde el hombre –también las mujeres-  se dan a la tarea de conquistarlas, aunque su “máxima medida” muchas veces redunda más en su beneficio personal que en el bienestar colectivo. Pueden sembrar buenas y amables nuevas; también miserias y tormentos de la mano de grandes mentiras y no pocos crímenes que infectan el alma de la tierra. Por eso desechan la doctrina del Derecho como ciencia de lo justo y de la justicia, del Estado Democrático de Derecho como convivencia entre diferentes, para lo cual el Derecho no debe ni puede estar sujeto a la coerción política directa ni de partidos políticos ni de gobiernos. 

Y pienso en la Cuba actual hambrienta de comida, que hasta “nos comimos el miedo” sentencia la bloguera Joany Sánchez. Hambre de medicinas acuciada por la pandemia, de energía eléctrica, de humanidad y de libertad. De libertad que grita “Patria y vida” en calles abarrotadas de ciudadanía, y destierra el suicida “Patria o Muerte” que se llevó del reino de este mundo a mucha gente en la primavera de sus vidas. Quienes sobrevivimos, llevamos décadas dolidas, no porque la utopía no hubiese sido, sino porque sigue siendo el fracaso de la izquierda acrítica, como previó Octavio Paz. 

La utopía convertida en distopía hoy es Nicaragua que, según escribe Almudena Grandes, sufre “inmersa en la enloquecida orgía de detenciones de opositores decretada por Ortega”, como la última degradación de la revolución sandinista. Es el naufragio revolucionario acrítico, con un denominador común: la concentración de poder, que deviene en poder despótico”, aun cuando ese poder provenga de representantes políticos electos en votación popular, bien definió Thomas Jefferson.  Es despótico porque concentra el poder y al concentrarlo, desecha la opinión de la sociedad heterogénea, diversa, producto de múltiples determinaciones étnicas, de clase, de cultura, religiosa, regional, identitaria, de género y etaria.

En Argentina devastada aun sin revolución, pero herida por la corrupción y el populismo, le hacen juego a su par ideológico, el ex presidente Evo Morales, en un inventado e indigesto ‘golpe de Estado’ que no hubo: Morales huyó cobardemente de Bolivia porque hizo fraude. 

Hoy está de vuelta no en el reino del Poder Ejecutivo, sino en su santuario, en su Reino Cocalero, en el trópico de Cochabamba, presidente vitalicio de las 6 Federaciones de campesinos que cultivan la materia prima que será luego mercancía cocaína: la hoja de coca. Esa hoja, convertida en ‘sagrada’ por ideologización política, es el primer eslabón de la cadena de la producción capitalista ‘coca-cocaína’, una de las que genera mayor reproducción ampliada del capital, amarrada al crimen organizado global. Desde ahí reina Morales por encima del presidente formal, Luis Arce. 

Desde su reino cocalero, refleja su estrecha medida, como en sus casi 14 años de presidente. Desde su santuario afirma que “no habrá reconciliación” mientras no entendamos que “su ideología y su programa están bien para Bolivia”. Es decir, pretende la liquidación de la sociedad civil y la sociedad política -partidos políticos y agrupaciones ciudadanas-, de sectores sindicales, gremiales, empresariales, medios de comunicación, iglesias, entre otras expresiones sociales de la Bolivia pluri y multi. Morales quiere borrar la diversidad, las memorias históricas y “robarnos el alma”, vía el terror, a sangre y fuego, como quiso hacer con La Paz, o vía el terror judicial abusivo, implacable, oscuro y despótico.  Esa es la medida del reino en el que reina Morales.   Otra vez hay que decirle NO.

*Este artículo fue publicado originalmente en El Dia, 22 de julio de 2021.

*La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición oficial de Publico.bo


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